Byron Quiñónez (Guatemala, 1969). Foto: Luis Echeverría
Como ha sucedido con muchos literatos, antes de ser escritor Byron Quiñónez (Guatemala, 1969) era un apasionado lector. Esa afición, que según asevera, se convirtió en un vicio, nació desde su infancia de manera natural. “En mi casa no estuvieron dándome terapia para que yo leyera, fue por puro ejemplo. Muchos miembros de mi familia leían como algo cotidiano”, afirma.
Recuerda que su madre se sentaba a almorzar acompañada por un libro o una revista. “Podía ser desde una obra literaria, una revista Selecciones o un libro de recetas, pero le gustaba leer mientras comía”, rememora. También tenía un tío que compraba desde revistas como National Geographic hasta las novelas clásicas de la colección Bruguera, que tenían ilustraciones en blanco y negro. “Yo leí, a muy corta edad, La máquina del tiempo, de H. G. Wells. Me gustó tanto ese libro que se lo fui ‘decomisando’ poco a poco y ahí lo tengo todavía de recuerdo”, confiesa.
Con el tiempo, se aficionó a los dinosaurios. “Cada 15 días o cada mes iba a la librería Altamira, que estaba cerca de Prensa Libre… Ahí encontraba libros de animales prehistóricos, ya fueran dinosaurios o mamíferos, y comenzaba con mi labor de convencimiento con la clásica: ‘es que ese no lo tengo’”. Al final lograba convencer a su familia para que le comprara los ejemplares.
Las enciclopedias también le brindaron elementos al intelecto del futuro escritor y periodista cultural. “Mi abuela paterna tenía la enciclopedia Time-Life. Cada vez que íbamos a visitarla, saludaba a todos e, inmediatamente, me iba a la sala a leer los ejemplares”.
Otra fuente de la que Byron bebió fueron los cómics de colecciones como Fantomas y Joyas de la Mitología. También vienen a su memoria algunas historietas, que califica como “extrañas, porque eran de terror en los tiempos de la Revolución mexicana”, describe. Señala que de este tipo de materiales aprendió cómo cambiar de una escena a otra dentro de un relato. “Te van enseñando en qué momento podés hacer esa transición o ese corte para que no se sienta tan brusco. La parte visual de los cómics es también muy creativa y didáctica”, añade.

El arranque, el cine y la música
Más allá de libros, enciclopedias, cómics y revistas, Byron también se hizo aficionado al cine. A través de la gran pantalla conoció historias como las de los viajes de Simbad y los monstruos a los que ese personaje se enfrentaba. Corría el tiempo en el que se hicieron populares las películas de stop motion y al futuro escritor le llamaba la atención el extraño movimiento de los personajes. “Todo eso ha ido cayendo en mis libros, en los que hasta el heavy metal ha influido”, afirma el escritor, quien según sus biografías publicadas, entre 1995 y 1996, integró la banda de trash metal Sore Sight, como bajista.
El salto de lector a escritor se dio alrededor de los 14 años. “Recuerdo que había visto una cinta de ciencia ficción en el cine, cuando hacían las matinales de doble función de los domingos. No recuerdo el nombre de la película, pero hubo una escena donde un tipo aparece con un casco y se para en una columna. Él, firme, solo movía la cabeza y lanzaba rayos hacia los que estaban abajo”. Esa imagen se le quedó grabada y pensó en describirla de forma escrita.
“Empecé a hacer mis primeros tanes. Al principio eran solo de ciencia ficción”, asegura. Entre los primeros personajes que salieron de su imaginación había un jaguar mecánico y un robot minotauro. “Desde que empecé a escribir siempre he buscado el elemento fantástico”, acepta.
Byron explica que el uso que hace de la ficción, tanto en sus textos para adultos como para jóvenes, surge de una convicción: “La literatura debe ser un escape de la vida diaria… que haga que por un momento te olvidés de las telenoticias y de lo feo que hay en la realidad, y te imaginés un mundo distinto, donde las cosas fantásticas son cotidianas”.
Su primera publicación la hizo en 2001, a través de Editorial X, fundada por el también escritor Estuardo Prado. De este autor, Byron comenta: “Es un escritor parteaguas en la literatura guatemalteca, porque con él hubo una ruptura del canon muy educado y sin malas palabras que hasta entonces se usaba en el país. En este nuevo estilo ya se hablaba de drogas, delincuencia, personajes marginales y situaciones violentas o grotescas”. Su primer libro de relatos publicado con esa casa editora fue Seis cuentos para fumar, dentro de la colección Después del fin del mundo. El nombre de esa serie, según expresa, se debe a que comenzó después del año 2000, cuando muchos pronosticaban el fin del mundo. “Ha habido muchos fines del mundo y siempre nos quedan mal”, bromea Byron.

Ese primer libro presentó a los lectores el estilo del escritor con una estética de contracultura. “Sentó las bases de lo que sería mi novela El perro en llamas, porque hay dos cuentos ahí que básicamente terminaron dentro de la novela”.
Uno de esos relatos es Paseo, que cuenta la historia de una mujer que vive en la avenida Simeón Cañas en la zona 2. Sale a recorrer esa avenida, atraviesa la pasarela y se dirige a la Avenida Elena. En el camino se cruza con niñas de la calle y después, con unos adolescentes que la siguen. Ella llega a una casa abandonada donde empuja una puerta y encuentra a El señor de los perros, que luego será el villano de El perro en llamas.



El otro cuento, En casa de Pauli, describe cómo es el mundo de hombres lobo de donde vienen tanto Pauli como El señor de los perros. “En una escena, unos hombres lobo están consumiendo una droga que luego se convirtió en el tema central de El perro en llamas: Lup 66, un alucinógeno que hace sentir a quien lo consume como que se convierte en hombre lobo. De ese libro de cuentos nació la novela”, indica.
Acerca de cómo se realizó la publicación de esa primera novela, Byron cuenta que le pidió al escritor Francisco Morales Santos, quien era editor de Editorial Cultura en 2008, que leyera una muestra de la obra. “Me dijo: ‘le voy a echar una mirada’. De repente, un día me dice: ‘al fin, ¿sí va a querer publicar El perro en llamas aquí?’ ‘Sí, gracias’, le dije y al poco tiempo se publicó”, comenta.
El escritor admite que fue la fe que Morales Santos le tuvo al libro lo que la hizo surgir en el panorama literario guatemalteco. “A él le pareció una trama bastante nueva para el estilo de literatura que se acostumbraba acá hasta ese momento”, expone.
Byron asegura que en el país ya había habido novelas policíacas como El hombre de Montserrat, de Dante Liano, y que Francisco Alejandro Méndez comenzaba con sus relatos policiales, “aunque todavía no había establecido su serie del comisario Wenceslao Pérez Chanán, que es su personaje recurrente, como el Sherlock Holmes guatemalteco”, detalla.
Además, dice, ya había relatos de terror folclórico como los de La calle donde tú vives, de Héctor Gaitán. Sin embargo, el mérito de su libro fue, precisamente, mezclar ambos géneros en un libro. “A muchos lectores ese fue el detalle que les atrajo y les hizo querer más libros míos”, expresa.
Otro elemento que atrae a los guatemaltecos, sobre todo capitalinos, es la ubicación de las historias en escenarios reconocibles para ellos. “Hay quien me ha dicho: ‘ahora me da miedo pasar de noche por aquí, porque siento que están los perros detrás’”, cuenta.
El deseo de los lectores por contar con más relatos de Quiñónez se vio complacido con su siguiente novela, Aquí siempre es de noche (2009), publicada por Magna Terra, en la que el detective José Abel Rosanegra, protagonista en El perro en llamas, enfrenta el caso de una joven asesinada por una red de pornógrafos internacionales. Nuevamente, la mezcla de misterio, sarcasmo y humor negro de Quiñónez se impuso y no solo convenció a sus seguidores, sino también al jurado del Premio Nacional de Novela Corta Luis de Lión 2009, que le otorgó el galardón de ese año.

En 2011, Byron volvió a los relatos cortos con Guatemala, ciudad matadero, que es una serie de crudos retratos de una ciudad cooptada por la violencia, el crimen y la droga, desde la estética propia del autor, publicada por Editorial Alambique.
La Editorial Cultura volvió a apostar por Quiñónez en 2013 al publicar El ángel de la muerte, una serie de cuentos en los que seres abismales ocupan espacios físicos y mentales, y donde la angustia y los temores se enseñorean.

Con Fauces, publicada en 2014, Byron cerró la trilogía de novelas en las que el detective Rosanegra fue el protagonista. En esa novela, el investigador va más allá al descubrir dimensiones siniestras y peligrosas.

Aunque ese podría haber sido el final de la trilogía, se abrió la puerta para trasladar sus relatos a otra dimensión: fiel a su afición por las historias gráficas, decidió darle a sus novelas la oportunidad de ser vistas de otra manera y escribió los guiones para la versión en cómic de El perro en llamas y Aquí siempre es de noche, ilustradas por el artista Byron Zúñiga y publicadas en 2015 y 2016, respectivamente, por la editorial Amorfo Comics.
Aunque el contenido de los relatos de Quiñónez podría parecer controversial, asegura que nunca se ha enfrentado a censura porque, en medio de la crudeza de las tramas siniestras, siempre ha procurado mantener el buen gusto y no ser ni demasiado chocante ni vulgar. “Cuando algo puede ser demasiado desagradable o fuerte lo dejo como detrás de la cámara… es parte del juego, dejar que el lector lo piense”, confiesa. Ese juego coincide con lo que refiere como uno de sus objetivos latentes: darle estímulo a la imaginación de quienes leen sus narraciones.
La única ocasión en la que recuerda haber recibido un reclamo fue el de un lector del cuento La naturaleza de la bestia, que está escrito en primera persona. El señor llegó a pensar que era Byron quien se manifestaba contra Charles Darwin y la teoría de la evolución. El autor cuenta: “El personaje de la bestia le tiene fobia a los simios y los considera animales malignos que han sido personas que, por sus maldades, fueron convertidas en monos… Además, el personaje llega a decir: ‘Y todavía dicen que venimos del mono, y eso, claro, ¿a quién se le podría ocurrir sino a un satanista como Darwin, que era un mono encubierto que está poniendo en duda las Santas Escrituras?’”.
“El lector lo tomó como que era yo quien decía eso y él se puso a defender la evolución. Le tuve que explicar que era pura ficción”, relata.
Hacia las nuevas generaciones
En 2016 se abrió para Byron la posibilidad de extender su fantasía hacia las nuevas generaciones con la colección Loqueleo, de la editorial Santillana. “El objetivo era que los libros que les pidieran en las escuelas a los niños fueran escritos por autores más contemporáneos”, cuenta.
Para ello se convocó a cerca de diez escritores. “Hubo mesas redondas en las que cada uno exponía acerca de la historia que quería contar y los demás aportábamos”, explica. Dentro de esa iniciativa, Byron publicó Gabriela y el Reino Submarino.

En 2022 llegó su segunda obra dedicada a los más jóvenes, titulada Las viajeras del tiempo, con la que obtuvo el primer lugar en la rama juvenil del Certamen de Literatura Infantil y Juvenil Marilena López. En 2025 volvió a presentarse en este concurso, pero esta vez en la rama infantil, con el cuento El gato de las nieves, con el que ganó el premio principal.

Acerca de este relato, que será publicado a través de Editorial Cultura, Byron comenta que El gato de las nieves se desarrolla en la taiga (bosque boreal) siberiana. Ahí, en una pequeña cabaña, vive una familia formada por una chica de 14 años, un niño de 10 y su abuela. Como está a punto de llegar el intenso invierno, ellos recopilan comida porque habrá un tiempo en el que quedarán encerrados por la nieve.
“Conocen a un cazador llamado Basili que les obsequia una pierna de alce, que se convierte en el problema central de la historia… Ahí entran en escena lobos, un oso, un búho blanco e incluso se menciona a un tigre que se comió a alguien. También está el gato del cazador, que durante el invierno ayuda a sobrevivir a esas tres personas”, describe.
“En los libros para adultos, los perros son villanos y en los de los niños los gatos son los héroes”, observa el artista.
Byron indica que tanto cuando escribe para niños y jóvenes como cuando lo hace para público adulto mantiene estándares altos de calidad. “La única diferencia es que cuando escribo para público más joven les quito la desnudez, la droga y la muerte… los monstruos siguen ahí, en forma de animales peligrosos… siempre busco que la mente del lector vaya a otros lugares, tiempos y que se divierta. Para mí la literatura es un acto lúdico y educativo integral”, detalla.
Quiñónez, quien es periodista cultural y corrector de estilo y ha escrito en medios de comunicación como elPeriódico, Siglo Veintiuno y Diario de Centroamérica, asegura que “cada historia va abriéndose paso a codazos hasta llegar adelante y dice: ‘ahora me toca a mí’, y ya me pongo a trabajarla”.
Además de los relatos que hace a través de sus libros, algunos de sus escritos han aparecido en publicaciones como las páginas de Lunapark, Te Prometo Anarquía y EsQuisses; en las revistas Magacín, Monitor, Hasta Atrás y Oscurus; en las antologías La grandeza de lo breve (Centro PEN Guatemala y Centro Toluqueño de Escritores, 2010), Ni hermosa ni maldita (Editorial Alfaguara, 2012), Lectures du Guatemala (en francés, Editorial Calameo, 2013) y en el CD-ROM Literatura Límite (Editorial X, 2002).
En la actualidad, según cuenta, está a punto de ver la luz un nuevo relato en el que hay un personaje cuya construcción requería saber cómo se consumía el opio en tiempos antiguos, por lo que debió hacer una investigación sobre los rituales que se realizaban. Esa práctica de investigar todos los detalles tiene dos objetivos. “No solo darle realismo a la historia, sino para que no venga nadie a decir ‘eso no es así’. Porque no hay que darle piedras al enemigo, como dicen. Hay que tener bien fundamentados los datos”, concluye.
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Los libros de Byron Quiñónez se encuentran en diversas librerías entre ellas La Casa Cervantes, Fondo de Cultura Económica, Librería Catafixia y a través de las redes sociales del autor, quien ofrece entregar los ejemplares con autógrafo si así lo desea el lector.
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