Tríptico El jardín de las delicias de El Bosco.
La imagen que elaboraron los autores de la Biblia del paraíso terrenal es la de un lugar en la tierra, en el que Dios, creó a los primeros hombres, Adán y Eva, donde vivieron en un estado de permanente inocencia feliz, hasta que un día, Eva se dejó convencer de una serpiente para que comieran del fruto de la sabiduría del bien y del mal, que Dios, les había prohibido probar.
Si aceptamos como verdadera la existencia en la tierra alguna vez en el pasado, de este lugar paradisiaco, tenemos que reconocer, que fue un lugar conformado, necesariamente por muchas de las formas naturales inorgánicas, vegetales y animales que existen en la tierra, por la presencia abundante y rica de las diversas formas de la naturaleza. Pues solo se puede ser o vivir feliz, cuando se vive rodeado por abundantes bienes naturales, que garantizan, sin dificultad e interrupción la vida, es decir, cuando se vive permanentemente integrado a la naturaleza. Esta es una condición o presupuesto racional, para la existencia de este paraíso terrenal.
Este presupuesto lógico o racional fue el que consideró, sin lugar a dudas, el gran artista renacentista Jerónimo Bosco, cuando pintó su inmortal tríptico, El jardín de las delicias. En el lienzo central de esta obra, el artista flamenco precisamente, imaginó o recreó, la existencia de ese paraíso terrenal, lleno de las diversas y abundantes formas de vida tanto natural como humana. Y, una de estas formas, es el contacto sexual entre los seres vivos, y, por lo tanto, entre los seres humanos, que son los mayores y más “perfectos” seres de la naturaleza. Y, así como existió una abundancia, casi inagotable, de bienes naturales en ese lugar, debió existir también, una abundancia, desmedida y excesiva, de los actos sexuales, que practican los hombres. Actos sexuales, que son la expresión más significativas de sus naturalezas interiores, de sus impulsos vitales naturales. Pues la presencia rica, variada y abundante de las formas naturales no solo abarca la naturaleza externa que rodea a los hombres, sino también, y, sobre todo, sus naturalezas interiores, dadas por sus impulsos y deseos sexuales. Y, es esta abundancia desmesurada de vida sexual de los seres humanos en la que se da, lo que llamó, con razón, George Bataille la continuidad natural de los seres vivos, la que plasma, el Bosco, en la imagen del paraíso terrenal de esta obra artística.
Pero, como el propio relato bíblico lo menciona, Dios considera una falta contra su voluntad normativa, la práctica desmesurada y desordenada, de los actos sexuales de sus creaturas, los hombres, la imagen del paraíso, pintada por el Bosco, es una imagen, que no corresponde a la imagen paraíso terrenal creado por Dios. Pues, este paraíso, es un lugar en donde la vida de los hombres debió ser completamente ajena a la práctica natural y corporal de los actos sexuales, o por lo menos, ajena a las prácticas excesivas, desordenas y des-diferenciadas que brotan de su naturaleza interior y original. Pues, los primeros hombres merecieron vivir en este lugar paradisiaco, porque respetaban y obedecían esta voluntad normativa divina de ordenar, de manera racional y mesurada sus actos sexuales, es decir, de controlar y reducir la fuerte carga y energía natural de sus impulsos sexuales. O, lo que es lo mismo, porque fueron capaces de liberarse del dominio que estos impulsos ejercían en sus vidas. De ahí, este mandato normativo de Dios, no es otra cosa, que la traducción o la expresión simbólica de la obligación que deben cumplir siempre los seres humanos, para acercarse a él, para ser semejantes a Él, por lo menos, para elevarse por encima su propia naturaleza.
Por eso, esta imagen del paraíso terrenal que creó el Bosco, encierra una de las primeras críticas en el mundo occidental, del relato bíblico de su existencia. Pues, si el paraíso terrenal realmente existió alguna vez en el pasado remoto, como lo afirma el relato bíblico, no solo debería estar integrado y compuesto por los seres naturales, animales y plantas, que habitan la tierra, sino, además, los primeros seres humanos deberían vivir en estado natural, es decir, gobernados entera y completamente en sus actos por sus impulsos naturales de placer y supervivencia. Y, si fue así, tal como El Bosco lo supuso y lo plasmó en su lienzo, este paraíso no pudo ser obra de Dios, porque la conducta natural-sexual de sus integrantes, en especial, de los seres humanos, contradice de plano, su voluntad normativa. Es esta inconsistencia lógica que encierra la imagen bíblica del paraíso terrenal, que pone en evidencia este lienzo, la que le da su potencial crítico, y, que, sin embargo, un monarca tan creyente católico como el español Felipe II, no percibió hasta el punto, que lleno de admiración, lo compró en 1593, para colgarlo en el palacio del Escorial que construyó para realzar y reafirmar simbólicamente su poder imperial sobre las Américas.
En la tercera parte del tríptico, el Bosco representa la imagen del infierno, del lugar oscuro y sombrío, en el que los hombres viven sufriendo, atormentados y llenos de angustia. Lugar en que Dios los condenó a vivir para siempre, para castigarlos, porque le desobedecieron su mandato normativo de tener una vida sexual ordenada diferenciada y mesurada, cuando vivían en el paraíso terrenal, en donde los había creado. Es decir, por haber incurrido en el pecado o la falta de la lujuria. Este parece ser el sentido de esta parte del infierno de su tríptico. Sin embargo, este es solo un aspecto del significado de ese cuadro, que aparece en su superficie, que es fácilmente visible, y, que, fue el seguramente, el que captó el monarca español Felipe II.
Sin embargo, detrás de esta superficie, se esconde su más auténtico significado: el sinsentido que tiene la vida real de los hombres. En efecto, cuando los seres humanos dejan o se separan de su estado natural original de sus vidas, o mejor, de las condiciones naturales en que vivieron en los orígenes, en el que disfrutaban, en exceso, y, sin mayores límites normativos, de los placeres sexuales, debido a la necesidad de conservar y reproducir sus vidas diariamente, dejan de ser felices. Cuando comienzan a vivir de verdad en la realidad de la tierra, comienzan a sufrir, debido al dolor que les causa esa separación de su origen en el que vivían plenamente integrados a la naturaleza exterior e interior de su ser. Pero, también, comienzan a sufrir porque sienten de manera consciente los múltiples dolores que les ocasionan sus enfermedades, las muertes de sus seres queridos, las carencias de bienes que necesitan para sobrevivir, la violencia destructiva que ejercen las fuerzas naturales o la que ejercen otros seres humanos, etc. Y, en ese momento la tierra en la que viven, que antes era el paraíso en que eran felices, se convierte en su contrario: en el infierno, en el lugar en el que viven sufriendo permanentemente. Pero si para el Bosco la vida real de los hombres en la tierra está marcada por sus sufrimientos, ¿por qué puso instrumentos musicales en la imagen del infierno de su cuadro que simboliza la realidad de esa vida humana? Hecho aparentemente extraño e “incomprensible” que, sin embargo, no lo es.
Podemos decir, que la razón que lo empujó a integrar la música al “infierno”, que es para él, la realidad de la vida humana, fue la de que comprendió muy bien, que, solo cuando los hombres escuchan los sonidos armoniosos y melódicos de la música pueden aliviar, así sea en parte, sus múltiples penas y sufrimientos. Y, al aliviárselos, sienten, que regresan a ese estado natural de felicidad, de integración plena consigo mismos y con la naturaleza, en que el que vivieron alguna vez en el pasado de sus orígenes. Aunque, es un regreso corto, temporal y esencialmente ilusorio, es también, suficientemente significativo, para darles las fuerzas que les permitan seguir viviendo. Por eso, para él la música es el género artístico por excelencia que ofrece a los hombres una luz de alegría y felicidad, una luz de sentido, en medio del sinsentido de la oscuridad de sus existencias marcadas y dominadas por los sufrimientos. Y, al comprenderlo así, el Bosco se anticipó a la comprensión del papel de la música en la vida de los seres humanos, que 300 años el filósofo alemán, Arturo Schopenhauer, y, que expuso, de modo discursivo y conceptual, en su libro El mundo como voluntad y representación.
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