De la autonomía, la libertad y la moral

Camilo García Giraldo

julio 12, 2026 - Actualizado julio 12, 2026

Nos constituimos en sujetos autónomos cuando somos capaces de usar nuestra razón para dar razones con las que sustentamos -explicamos o justificamos- los actos que realizamos o las opiniones que emitimos. La capacidad de usar la razón es la capacidad de dar razones a sí mismo o a los demás para sostener estos actos de nuestras vidas. Así, cuando una persona da alguna razón para sostener sus actos u opiniones, demuestra que es un ser racional, que se ha convertido en realidad en un sujeto de razón. Nuestra madurez o nuestra mayoría de edad como seres humanos, comienza precisamente cuando probamos, que usamos la facultad de razón que nos caracteriza dando y exponiendo razones. Por eso, solo en este momento podemos comenzar a pensar y actuar de acuerdo a nuestra voluntad. Las razones que damos para sustentarlos le dan a nuestra voluntad una existencia primordial, soberana y legítima en nuestro ser y existir.

Sin embargo, esta condición no es suficiente para constituirnos en sujetos autónomos. Se requiere una más, que, Kant, expuso con gran claridad: la de que seamos capaces de darnos libremente leyes o normas morales para guiar y ordenar nuestros actos; normas morales, que, tengan un valor universal, es decir, que, sean reconocidas por todos los demás, como normas válidas y necesarias. Es la decisión voluntaria y libre de darnos nosotros mismos esas normas morales de carácter universal, que aceptamos obedecer, la que nos da nuestra auténtica y decisiva autonomía. Un ser humano es autónomo, cuando obedece las normas morales, que libremente se da.

Dice Kant en el capítulo segundo de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres: Veíase al hombre atado por su deber a las leyes; más nadie cayó en pensar que estaba sujeto a su propia legislación, si bien ésta es universal, y que estaba obligado solamente a obrar de conformidad con su propia voluntad legisladora, si bien ésta, según el fin natura, legisla universalmente. Pues cuando se pensaba al hombre sometido solamente a una ley (sea la que fuere), era preciso que esta ley llevase consigo algún interés, atracción o coacción, porque no surgía como ley de su propia voluntad, sino que esta voluntad era forzada, conforme a la ley, por alguna otra cosa a obrar de cierto modo. Pero esta consecuencia necesaria arruinaba irrevocablemente todo esfuerzo encaminado a descubrir un fundamento supremo del deber. Pues nunca se obtenía deber, sino necesidad de la acción por cierto interés, ya fuera éste interés propio o ajeno. Pero, entonces, el imperativo había de ser siempre condicionado y no podía servir para el mandato moral. Llamaré a este principio el de la autonomía de la voluntad, en oposición a cualquier otro que, por lo mismo, calificaré de heteronomía”.

Pero, esta condición esencial de nuestra autonomía, es también, la de nuestra libertad. En efecto, somos libres, cuando podemos realizar los actos y expresar las ideas u opiniones que queramos, cuando los actos que realizamos o los pensamientos que expresamos, responden a nuestra voluntad libre. Pero, también, en tanto esos actos que realizamos y esas opiniones que expresamos, obedezcan o respetan las normas morales universales, que nos hemos dado. La verdadera libertad la conseguimos, por lo tanto, sometiendo nuestra voluntad a los mandatos morales que tienen una validez universal que hemos reconocido. Esta condición de la libertad es incondicional en términos estrictos.

Por eso cuando alguien lleva a cabo un acto que viola o desconoce un mandato normativo-moral pierde su libertad, deja de ser libre, así ese acto responda a su “libre” voluntad. Los seres humanos dejamos de ser libres cuando otros con mayor poder nos impiden obrar en función de nuestra voluntad. Y, también cuando nosotros mismos decidimos obrar en contra de alguna norma moral de carácter universal que hemos aceptado como válida, es decir, cuando realizamos actos con los que les hacemos algún daño a otros al despojarlos de algo que les es propio o les pertenece como su vida, su propia libertad, su integridad física y psicológica o sus bienes.

Pero, además, dejamos de ser libres porque al obrar así, al violar o desconocer alguna norma moral, mostramos que quedamos, en cambio, sometidos a alguna pasión, a un impulso agresivo, a un interés egoísta, a un sentimiento de odio o a un deseo de muerte, etc. Son estos factores, y, no las normas morales que hemos aceptado obedecer, los que rigen y ordenan en ese momento nuestros actos y pensamientos. Y, al ocurrir así, nos volvemos sus esclavos, que negamos de hecho, la libertad que nos preciamos tener, y que, el respeto a esos mandatos morales, nos garantizan.

El cumplimiento de esta condición se convierte, entonces, en el límite infranqueable de nuestra libertad. Tenemos la obligación o el deber perentorio de cumplirla, si queremos ser libres. Por eso, en los tiempos modernos, la lucha que los hombres han librado, y libran aún, para obtener y lograr, que, los demás y que las instituciones político-jurídicas del Estado, les reconozcan y garanticen su libertad es, al mismo tiempo, el deber, que adquieren ante ellos, ante esas instituciones y ante sí mismos, de someterse incondicionalmente a esos mandatos morales, que, de modo autónomo se han dado, cuando al adquirir uso de razón, es decir, cuando se han tornado capaces de dar razones para sostener los actos que realizan y los pensamientos que expresan y comunican. No podemos ser libres si no nos sometemos de manera voluntaria a los mandatos morales de validez universal que nos hemos dado.

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