Mi experiencia del terremoto de 1976, aunque no tenía conciencia

Yo era un bebé recién nacido. Sin lo que hicieron mis mayores, las adultas, los adultos y quienes eran adolescentes no habría podido sobrevivir.

Mauricio José Chaulón Vélez

febrero 22, 2026 - Actualizado febrero 21, 2026

Derrumbe en la zona 2 durante el terremoto de 1976. Foto: Wikipedia

Nací el 18 de enero de 1976, por lo que mi edad es la misma que los aniversarios del terremoto del 4 de febrero de 1976, denominado como de San Gilberto por corresponder dicho santo a esa fecha según el santoral cristiano. Tenía 17 días de vida cuando ocurrió el trascendental acontecimiento. Por lo tanto, no era, ni por asomo, un ser humano consciente. Sin embargo, la psicología demuestra que, aunque no se tenga conciencia de los acontecimientos, la experiencia vivida se guarda en el inconsciente, que es eso tan profundamente complejo que forma parte de nuestra humanidad y que resulta decisivo en nuestros actos. Mi esposa, extraordinaria psicóloga, me ha señalado varias veces lo que significa que un niño haya experimentado una situación como un terremoto, fuese lúcido o no de lo que estaba ocurriendo, haciéndome ver que al encontrarse en la dinámica de angustias y necesidades que provoca un evento de tal magnitud es inevitable que mucho quede en la persona. No nos referimos a que la memoria será capaz de ejercerse, porque con dos semanas de nacido esto es imposible, pero los refugios más recónditos del cerebro guardan la experiencia y de eso no nos desprendemos.

Cada conmemoración del terremoto del 76 nos muestra datos cuantitativos que evidencian el grave alcance de la tragedia. En mi caso personal, desde hace muchos años mi familia ha sido clara en decirnos que somos sobrevivientes, lo cual he tenido perfectamente sabido. Y en este 50 aniversario, siendo ya un historiador y antropólogo dedicado al trabajo académico, comprendo más y mejor lo que eso significa. Eso me permite tomar más conciencia de lo que pasó mi familia, siendo yo el más pequeño de todas las personas que habitábamos la casa donde vivíamos, y, en general, siendo el menor de todo mi conjunto familiar extendido. El grado de agradecimiento al cuidado que me dieron, con lo que significaba el contexto, es inconmensurable; pero esto no pasa solamente por el elemento moral y mucho menos decir que era la obligación de mis mayores, sino tener siempre presente la concepción de los trabajos y sacrificios que tuvieron que hacer para que sobreviviéramos, sobre todo un recién nacido, que era yo.

Los miedos y preocupaciones que sintieron por mí los han de haber tenido millones en el país por sus niños y niñas. Lo peor de todo, es que fueron muchos quienes vieron morir a sus infantes. Entre adultos y menores de edad, la cantidad de muertos se aproxima a los 25 mil y la de personas afectadas significativamente de distintas formas fue de 2 millones, o sea el 33 % de los habitantes de la república, considerando que la población era de 6,262,404 según datos históricos estadísticos a nivel nacional. ¿Cómo no iba a haber intranquilidad en mis mayores?

En la casa que habitábamos, la cual estaba ubicada en la colonia Ciudad Nueva de la zona 2 de la ciudad capital, vivíamos mi madre, mi padre, mi abuela materna, tres de mis tíos maternos y, por supuesto, yo. La información primaria del terremoto la he tenido siempre por mi familia y luego durante mi vida a través de otros medios, hasta llegar a la investigación científica social y de otras especialidades. El relato de la memoria de mi madre y de mi padre, así como de mis tíos y otros familiares, ha sido muy importante. Cuenta mi mamá, quien en ese entonces era una joven mujer de 20 años y próxima a cumplir los 21, que acababan de colocarme en la cuna luego de uno de mis despertares como neonato en la madrugada, los cuales son muy comunes a esa edad en la que no existe regulación del sueño, cuando ocurrió el fatídico temblor. Mi padre, quien también era bastante joven ya que contaba con 22 años, relata que fue un movimiento que nunca habían experimentado en otros temblores. Ambos cuentan que en esa oscuridad que se volvió peor, en lo primero que pensaron fue en mí y que mi mamá me tomó para bajar al primer nivel, mientras mi papá también intentaba ubicarme para salir los tres de la habitación rápidamente. Esos dos progenitores novicios, ambos dedicados al magisterio, tuvieron mucho temor en esos 33 segundos del gran sismo y no era para menos, ya que más allá de todo, su bebé debía de ser protegido. Ese era su centro. El relato familiar, con algunas variaciones dependiendo de quién lo dice, coincide en que todos se reunieron ya no en el primer piso de la casa sino en la calle, porque la fuerza del movimiento telúrico fue tal que los hizo salir sin pensarlo, y el encuentro fue con todos los vecinos de la cuadra y de las calles aledañas. Los grados de destrucción se fueron conociendo a las horas, por medio de la radio y de lo que iba diciendo la gente. La televisión estaba restringida debido al corte de energía eléctrica, por lo que las radios, los testimonios y más tarde la prensa daban cuenta de la catástrofe.

Nosotros estábamos bien, pero la mayor preocupación la constituíamos el pequeñísimo ser humano que era quien esto escribe y mi tío José Daniel, hermano menor de mi madre, Patricia Vélez Arce, porque era un niño de seis años. Y cómo no iba a serlo, si no sólo el temblor había sido tan grosero, sino que las réplicas eran terribles, aunado al hecho de que lo que se iba sabiendo era muy serio. Mi abuela materna, Emma Vilma Arce Abdo, era una mujer de 44 años con una buena condición física, por lo que tenía mucha energía. Mis otros dos tíos eran adolescentes en los últimos grados del Colegio de Infantes: René David y Jaime Estuardo, con 17 y 15 años, respectivamente. Mi padre, Mauricio José Chaulón Lagos, fungía como profesor de ambos en la secundaria y mi mamá era maestra de educación primaria en una institución privada. Esas éramos las 7 personas que vivíamos en la misma casa cuando ocurrió el terremoto. Tratando de velar por un niño y un bebé, varios vecinos se preocuparon y ofrecieron sus casas para refugio, porque se decía que varias viviendas de la colonia habían caído al barranco, lo cual tristemente fue cierto, provocándose varias muertes. Fue la casa de una entrañable vecina amiga, doña Olguita Sarti de Colón, la que eligieron mis mayores para resguardarse, porque tenía un garaje amplio. Aunque el inmueble que habitábamos no sufrió mayores daños, fue la preocupación enorme por mi tío Daniel y por mí lo que motivó a trasladarnos a la hospitalidad de doña Olguita y su querida familia, los Colón Sarti.

Algo en lo que insiste mi madre tiene mucha significación para lo que escribo y lo que vale la memoria de nuestra familia sobre el terremoto: casi todas mis pachas se quebraron. Fui un bebé que tomó leche de fórmula desde muy temprano, por lo que esos artefactos eran indispensables. Imagino la ansiedad que tuvieron mi madre y mi padre con esa situación, la cual resolvieron con la única pacha de plástico, pero eso implicaba que debían de conseguir más y pronto, porque un recién nacido necesita tomar de biberones esterilizados y sólo tener uno puede ser un problema grande. Era una época en la que el vidrio era el material principal para muchas cosas, por lo que mi familia se vio en esos pesados apuros. Y esto me lleva a la reflexión de todo lo que hubo que hacer para resolver la logística complejísima que significa tener un bebé en casa. Las condiciones eran adversas, aunque si se compara nuestro caso con el de muchas otras familias, éramos privilegiados. Sin embargo, no significa que no tuvieron que reacomodarse las prácticas, lo que conllevó intranquilidad, aflicción y sacrificios. Mi abuela Vilma (abuelita Vilma como le dije siempre) me sostenía en sus brazos para dormir, durante varias horas. Esto facilitaba el trabajo de mi madre y de mi padre para mi bienestar. Mi abuela hacía funcionar la casa en el hospedaje que nos daban nuestros queridos vecinos. Como la gran cocinera que era, veló porque las comidas estuvieran a tiempo y bien, sin descuidar al pequeño hijo, mi tío Daniel, y al nietecito, es decir mi persona. Mi madre se ocupaba primordialmente de mí, con la enorme pena de esas réplicas sísmicas que hacían pensar que nunca se terminaría el suplicio geológico. Entre mi mamá, mi abuelita Vilma, mi papá y doña Olguita, los niños estuvimos a salvo. Mis tíos René y Jaime también colaboraban dentro de lo que podían hacer como adolescentes, enfocados en sus tareas escolares dentro de un ambiente de incertidumbre, pero siempre dispuestos a cumplir con los roles que mi abuela designaba para la emergencia que el hogar vivía.

Debido a la división social del trabajo y a los papeles que cada uno y cada una tenían de acuerdo con lo establecido históricamente en aquel momento, mi padre debió salir al Colegio de Infantes, donde laboraba como profesor, el 6 de enero, para reunirse con el rector, y mi madre con mi abuela fueron a realizar compras de víveres. Alrededor del mediodía se dio la peor de las réplicas, que fue prácticamente otro terremoto. La zozobra de mis mayores que no se encontraban en el mismo lugar fue muy grande. A pesar de las circunstancias lograron salir con bien, llegando a donde teníamos la vivienda temporal a relatar todo lo que vieron en la calle: mayor destrucción, riesgo de que cayera el campanario sur de la Catedral Metropolitana sobre el edificio del Colegio de Infantes, mercancías tiradas, vidrios rotos, casas que terminaron de derrumbarse, pánico generalizado, entre otras afecciones. Todo eso era lo que se hablaba en mi entorno, sin yo darme cuenta, pero absorbiéndolo en el inconsciente y guardándolo. Al mismo tiempo se vivía en congoja, no obstante se daban acciones paliativas que eran posibles gracias a que teníamos el privilegio de no encontrarnos en las malas condiciones en que se encontraban muchísimas otras personas.

Se hacían guardias nocturnas entre vecinos y se aprovechaba para fortalecer el tejido social; se recurría a los juegos de mesa; se jugaban béisbol, chamuscas de fútbol y baloncesto en la calle; se contaban historias de múltiples temas, unos más fantásticos que otros, y se hacían comidas colectivas. Pero la tragedia con todo lo que conllevaba en las emociones y la psiquis estaba presente. No cesaban las oraciones religiosas, que al mismo tiempo que buscaban transmitir esperanza y reforzar la fe, también generaban un ambiente de misticismo angustiante, lo que es ineludible en situaciones como las que se vivían en el terremoto.   

Mi padre relata que en la mañana del mismo 4 de febrero fue a visitar a su madre y a su abuela, quienes vivían en el barrio de Jocotenango también en la zona 2 de la capital. Las encontró asustadas, pero bien. Eran mi abuela Elsa Manuela Lagos y Lagos y mi bisabuela Mercedes Lagos Escalante (abuelita Elsa y abuelita Mercedes, como les decía). Les ofreció trasladarse donde estábamos nosotros, pero prefirieron permanecer en su casa. Así sucedió con muchísimas personas, que no querían abandonar sus viviendas por todo lo que implicaba el movimiento y dejar sin cuidado el lugar. Ellas eran dos mujeres de 45 y 79 años, respectivamente. La comunidad de vecinos estuvo atenta a ellas, sobre todo a mi bisabuela Mercedes, porque mi abuela Elsa debió ir a trabajar al Hospital Roosevelt a los pocos días, sitio donde se desempeñaba como cajera y contadora en la consulta externa.

Parte de mi familia más amplia pasaba también sus propias penas en sus particulares espacios. Mi tía Jovana, hermana mayor de mi madre, estaba embarazada de mi prima Claudia y se encontraba a muy poco tiempo de dar a luz; los abuelos maternos de mi madre, Julio Tomás Arce Vásquez y Emma Julia Abdo Marves de Arce, de 71 y 68 años respectivamente, vivían solos y debieron trasladarse a la casa de su hijo mayor y de su nuera, mi tío abuelo Julio Armando (el tío Armando) y mi tía abuela Rosa Gordillo de Arce, la tía Rosita. El hijo de ambos era adolescente, Juan Pablo, con quien he tanido varias conversaciones sobre la experiencia del terremoto. Mi otro tío abuelo, Édgar Francisco (el tío Canche) y su esposa, mi tía abuela Odilia, la tía Ody, debían velar por sus seis hijos, jóvenes también, la mayoría adolescentes y una todavía niña. Al mismo tiempo, mi bisabuelo Julio, el tío Armando y el tío Canche eran activos dirigentes cucuruchos en hermandades y asociaciones de la Cuaresma y la Semana Santa, por lo que también estaban con las preocupaciones por el resguardo del patrimonio histórico religioso. Mi abuelo materno, padre de mi madre, René Oliverio Vélez Canout, vivió los sucesos en Puerto Barrios, Izabal, donde trabajaba, y con él vivía mi tío Juan Carlos, uno de los hermanos de mi mamá. Las comunicaciones se desestabilizaron, por lo que por varios días no fue fácil comunicarse con ellos, lo que generó inquietud en mi madre y mis tíos.

En la familia no tuvimos que lamentar ningún muerto por el terremoto. Eso ya era algo para estar bien, a pesar de las dificultades. Tampoco se destruyó ninguna de las casas en que cada núcleo familiar vivíamos, lo cual sumaba al bienestar. Teníamos las condiciones materiales e inmateriales adecuadas, pero era inevitable la preocupación y en ciertos momentos la incertidumbre. Los relatos coinciden en que mi núcleo familiar mantuvo el buen humor, sus miembros se organizaron y buscaron afianzar los lazos de comunidad, hacia adentro y hacia afuera.

Yo era un bebé recién nacido. Sin lo que hicieron mis mayores, las adultas, los adultos y quienes eran adolescentes no habría podido sobrevivir. Si el cuidado de un pequeño ser humano absolutamente vulnerable y dependiente requiere tantas cosas puntuales y exige un alto compromiso en condiciones normales, no imagino todo lo que tuvieron que pasar quienes me cuidaron en el contexto de un terremoto y sus consecuencias. Les agradezco todo lo que hicieron, ya que sus acciones permitieron que fuese un sobreviviente. Si bien no sufrimos los efectos que cientos de miles sobrellevaron, las condiciones para un recién nacido eran complicadas. Sin embargo, no me enfermé, mantuve mi alimentación y recibí amor. Aparte del trabajo por sus propias vidas y las de otras personas, se dedicaron a mí y eso merece siempre mi reconocimiento, porque lo que tuvieron que pasar fue difícil por lo que implica tener un neonato en casa. Esa es la significación trascendente del cuidado, como práctica esencial del bienestar social. Y ese bebé de apenas 17 días de nacido, sin capacidad de memoria en aquel momento, formaba parte ya de la población guatemalteca que vivió el terremoto. Yo sin conciencia, pero con un inconsciente que internalizó la compleja experiencia, reflejándose en mí de diversas maneras, y, sobre todo, haciéndola consciente desde la memoria familiar, que es una fuente de profunda importancia para la reconstrucción de la historia.

Mi experiencia del terremoto de 1976, aunque no tenía conciencia, es una de las múltiples piezas que conforman lo vivido en aquel grave acontecimiento que transformó profundamente este país, pero que también evidenció sus enormes contradicciones históricas, como las desigualdades, la corrupción y el oportunismo. Pero como todo es dialéctico, también mostró la solidaridad, la lucha por la vida y el amor, del cual fui testigo inconsciente y de lo que hoy tengo en clara conciencia.

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