El 3 de mayo, siguiendo el rito romano o calendario litúrgico de la Iglesia católica, se celebra el Día de la Cruz, que conmemora, de acuerdo con la tradición cristiana, el hallazgo de la cruz de Cristo por Elena de Constantinopla, en el año 326 durante su viaje a Jerusalén. De ese hecho, cuya única fuente, insisto, es la tradición, surge el nombre Vera Cruz o Veracruz, que significa «la verdadera cruz». Por ello es por lo que el nombre de la celebración puede ser también de la Santa Cruz o de la Invención de la Cruz, haciendo referencia este último nombre al descubrimiento de la cruz, ya que la palabra en latín invenire se traduce al castellano como «encontrar» y puede utilizarse el término «invención» como un sinónimo. Debido a que se trata de un acontecimiento que no puede demostrarse con alguna fuente escrita, no se ha podido asegurar la fecha del supuesto hallazgo e, inclusive, si el evento ocurrió; pero el peso de la tradición es grande porque se combina con la fe y es desde ahí que se le otorga veracidad por parte de la Iglesia, estableciéndose que fue el tercer día del mes de mayo que se dio el suceso.
Dentro de la tradición existe el relato que una de las cruces encontradas fue colocada a una mujer enferma y que inmediatamente sanó, lo cual confirmó que se trataba de la Vera Cruz, porque antes había estado en contacto con partes de las otras dos cruces halladas -que corresponderían a san Dimas, el Buen Ladrón, y a Gestas, el Mal Ladrón, crucificados junto a Jesús- y no causaron ningún efecto en ella. Al realizarse el milagro de la sanación de la mujer, la tradición dice que Elena de Constantinopla y sus ayudantes comprobaron que se trataba de la cruz de Cristo. También la tradición dice que en ese viaje a Jerusalén se encontraron los clavos con los que se crucificó a Cristo, el rótulo que se colocó arriba de la cruz, las reliquias de los Reyes Magos y el Santo Sepulcro.
En Roma se construyó un templo que recibe el nombre de Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén, siendo una de las iglesias principales en la capital italiana y sede del Vaticano, que custodia partes de la Vera Cruz, la corona de espinas de Jesús, fragmentos de los clavos con los que Cristo habría sido crucificado, el rótulo que se colocó en la punta del madero que se conoce popularmente como INRI, la esponja con la que se le dio a beber vinagre a Jesucristo durante su pasión poco antes de morir y una de las cruces de los dos ladrones, todo ello supuestamente llevado por Elena de Constantinopla. Se dice también desde la tradición que muchos fragmentos de la cruz y otros de los clavos se encuentran distribuidos en varias iglesias alrededor del mundo y en otros lugares especiales, todo lo cual se considera así por fe y por validación de la oralidad tradicional eclesiástica. Elena de Constantinopla fue canonizada en el siglo IX y se le conoce en adelante como santa Elena o santa Elena de Constantinopla, madre del emperador romano Constantino, quien en el año 313 decretó el Edicto de Milán, que otorgaba la libertad religiosa en el Imperio Romano y detenía las persecuciones a los cristianos. Para el cristianismo, esto fue fundamental, ya que permitió su amplio desarrollo. Constantino se convirtió como cristiano al igual que su madre, aunque no existe certeza si ella lo hizo primero; el dato más aceptado ha sido que Constantino fue bautizado pocos días antes de su muerte, en mayo del año 337. Elena de Constantinopla, quien también mandó a que se edificase, con la autorización de su hijo el emperador Constantino, un santuario en el lugar que consideraron como el del sepulcro de Cristo y que hasta la fecha es uno de los más importantes para la cristiandad, conocido como el Santo Sepulcro, es venerada como santa en la Iglesia católica, la Iglesia católica apostólica ortodoxa, el anglicanismo y la Iglesia luterana. Se le representa con una cruz, debido al supuesto hallazgo, y puede ser nombrada como santa Elena, santa Elena de Constantinopla, santa Elena de la Cruz o santa Elena de la Vera Cruz, siendo su festividad el 18 de agosto en el rito romano y el 21 de mayo en el rito bizantino.
Todo este conjunto de elementos históricos, tradicionales, religiosos y de profundos mitos se combinan en la cristiandad para fortalecer en su expansión la veneración a la cruz, convertida en el símbolo más importante aproximadamente entre los siglos IV y V. Para el cristianismo católico fue una herramienta simbólica importante en el proceso de la denominada conquista ideológica y la colonización en el llamado Nuevo Mundo, es decir en América. Puede afirmarse que la cruz constituye el signo más relevante que identifica al cristianismo en la mayoría de sus denominaciones, siendo para las iglesias con mayor mística ritual, como por ejemplo la católica romana, de suma importancia. De ello deriva que en la época colonial americana se hallan erigido muchas cruces en distintos lugares, tanto como significado del poder como también en la búsqueda de una imbricación sociocultural y cosmogónica, la cual se tradujo en sincretismos. Sería inexacto asegurar categóricamente que la cruz únicamente fue impuesta, sin que se tenga en cuenta la significación que los pueblos indígenas le dieron al símbolo. La cruz representa muy bien los cuatro puntos cardinales, aunque ese no haya sido el objetivo de los romanos ya que era un instrumento de castigo mediante la tortura y la muerte. Sin embargo, la reinterpretación permitió darle varios significados, tanto para el cristianismo como para otras espiritualidades. Las representaciones del tiempo y del espacio en los pueblos indígenas son de suma importancia y varias de ellas fueron relacionándose con la cruz, lográndose con ello un poderoso sincretismo. La valoración que la cristiandad católica le fue dando a la cruz presenta distintas formas, muchas de las cuales también son producto de los sincretismos en la misma Europa. Recordemos que no todos los pueblos europeos eran cristianos en el momento de la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 d.C., por lo que el proceso de diez siglos de expansión del cristianismo conllevó guerras, pactos, tensiones y sincretismos. La veneración al árbol, como símbolo de vida, sobre todo en la primavera y en el verano, era significativa para varios pueblos germánicos y nórdicos, incluyendo a los grecolatinos que tenían tradiciones similares relacionadas con el cambio de las estaciones. Se adornaban árboles y a veces ramas o palos derivados de estos, con flores y otros materiales que simbolizaban lo primaveral y el estío, en plena representación de los ciclos de la vida por medio de las cosechas. La cruz también es vertical, como si fuese un árbol, y el cristianismo la representa así con la muerte de Cristo que abre la puerta de la vida eterna, de acuerdo con sus dogmas teológicos. La cruz se integra muy bien al sentido del árbol: Cristo, aunque muere en ella y es por tanto una figura dramática, representa también el florecimiento.
Cuando la cristiandad fue expandiendo la veneración a la cruz en la Europa medieval, tuvo que ir ejerciendo mecanismos de poder y también de negociaciones, es decir, de coerción y de consensos; con ello, se logró la hegemonía del símbolo. Se fueron integrando representaciones y simbologías; es decir, se integraron cosmogonías en la complejidad del poder y de las relaciones interculturales. Lo mismo sucedió con los pueblos indígenas americanos. De esa manera, el Día de la Cruz fue tornándose con cruces floridas, expuestas en diversos espacios públicos e íntimos, tanto en Europa como en América.
Por lo que hizo santa Elena en promover las excavaciones para encontrar la cruz de Cristo, se le otorgó el patronazgo de los obreros que excavan en las construcciones y que edifican, lo que generó que los obreros de la construcción, denominados albañiles en muchos lugares de Latinoamérica tomen a la Santa Cruz como su símbolo religioso principal y el Día de la Cruz como una fecha de patronazgo a celebrar.

Los avances del capitalismo salvaje y arrollador han ido diluyendo celebraciones tradicionales, por lo que ya no se observan muchas cruces adornadas o no se les presta la debida atención a estas simbologías sincréticas de las importantes relaciones interculturales históricamente establecidas en países como Guatemala. Sin embargo, en las construcciones se mantiene la cruz adornada. Los obreros de la construcción, cuyo origen de clase es popular y étnicamente muchos de ellos son indígenas o mestizos con alta ascendencia indígena, se han constituido en los guardianes de la tradición de exponer la cruz adornada. Ellos representan al pueblo que custodia la tradición y lucha por mantenerla, dentro de un mundo de significaciones nuevas que el sistema dominante establece de manera impetuosa. En la época colonial, la fuerza de trabajo o mano de obra para la construcción era fundamentalmente indígena, adquiriendo una fuerte importancia la celebración del Día de la Cruz con un símbolo que fuese adornado con colores y elementos sincréticos que representaran la vida en la integración cosmogónica del cristianismo y las espiritualidades y religiosidades indígenas. Puede interpretarse también como una forma de resistencia frente a un objetivo de mostrar la muerte y la culpa, devolviéndole al símbolo una resignificación desde la vida. De esa manera también lo hicieron muchos pueblos y comunidades en Europa que se integraron al cristianismo y, por medio de aplicar sus representaciones cosmogónicas integradas y sincréticas, manifestaron la sobrevivencia de su cultura y procuraron su continuidad.
En el sistema actual, así como lo hicieron los pueblos indígenas y muchos pueblos de la Europa en transición compleja durante el medioevo, en el caso de Guatemala los obreros de la construcción se constituyen hoy como guardianes de una tradición que simboliza múltiples elementos integrados, siendo uno de los principales el de la vida. En este país, aunque en varios templos católicos se adornan las cruces, es en las construcciones donde sobrevive la tradición con fuerza. Las cruces adornadas con papel, con flores, con pintura y con rótulos les otorgan sentido identitario a los trabajadores que casi nunca gozan de lo que construyen, pero que sin ellos no existe el espacio necesario de la infraestructura. Entonces, la cruz adornada el 3 de mayo no sólo es símbolo religioso sino también de clase trabajadora, que en condiciones de trabajo sumamente duras continúa mostrando culto a la vida, lo que debe ser motivo de toma de conciencia por la sociedad. Aprovecho el espacio para rendir agradecimiento a los trabajadores y trabajadoras de la construcción, y a los arqueólogos y las arqueólogas, quienes también celebran su día el 3 de mayo.
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