Quienes lo tenemos en significativo y profundo aprecio, cada 5 de septiembre recordamos el cumpleaños de Mario Roberto Morales; pero también septiembre es el mes de su viaje eterno, porque el 16 de ese mes en el 2021 partió al infinito.
Mario Roberto mantuvo a la largo de su vida la importante coherencia entre su quehacer cotidiano, sus actividades académicas y el oficio de escritor, a través de una pedagogía de praxis revolucionaria, crítica y humanista. En cualquier campo y momento era un intelectual, pero también un humanista y un revolucionario crítico, y principalmente un maestro, un profesor y un pedagogo.
El pensamiento crítico guio sus ideas y su hacer, tratando de corresponder al planteamiento marxista-leninista que expresaba con mucha frecuencia para referirse a cómo pensar la realidad: siempre recurrir al análisis concreto de la realidad concreta. Esto le permitió construir una obra literaria, filosófica, sociológica, antropológica, estética, artística, periodística y política sin pretensiones de quedar bien con nadie, pero tampoco nihilista o pesimista, como algunos quisieron etiquetarla muchas veces conducidos por las descalificaciones.
Al contrario, la obra de Mario Roberto Morales, escrita y también hablada a través de sus cátedras y conversaciones, era rompedora (si se me permite utilizar ese término), disruptiva, es decir generadora de rupturas, pero al mismo tiempo constructiva de posibilidades para obtener análisis de una compleja realidad, para lo cual se necesitaban muchos ejercicios de abstracción que Mario Roberto practicó y enseñó a tantas personas a través de métodos intelectivos diversos.
Sus columnas de opinión, por ejemplo, se estuviese o no de acuerdo con su contenido, eran ejercicios semanales que invitaban a pensar críticamente, a reflexionar y a debatir. Recuerdo sus clases en el doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad de San Carlos de Guatemala, del cual Mario Roberto fue uno de los creadores y organizadores, y en el cual un grupo diverso tuvimos el privilegio de ser la primera cohorte. En una de sus cátedras empezó diciendo “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, evocando lo que dijeron Marx y Engels en el proceso de construcción del Manifiesto del Partido Comunista y del método materialista histórico.
La frase, contundente en todo su sentido, hacía referencia, explicó Mario Roberto, a dos momentos: uno menos largo que el otro, era el del dominio de las relaciones feudales que conllevaban el pensamiento patrístico y escolástico dominados por la Iglesia, pero que a pesar de mil años de considerarse como lo único y la verdad absoluta solidificada como una piedra, se empezaba a romper hasta hacerse añicos, debido a la irrupción de otras relaciones en el avance indetenible del desarrollo de las fuerzas productivas y de otros acontecimientos decisivos para los cambios cualitativos y cuantitativos.
Pero también aquella frase tenía una connotación de tiempo más largo: nos referimos al tiempo histórico en su conjunto o en toda su expresión. Mario Roberto siempre hizo conciencia de que todo está en un constante cambio y lo que se presentaba como una verdad irrefutable, puede transformarse, lo cual es difícil de entender por nuestro pensamiento, pero que precisamente la práctica constante de la metodología crítica nos permite ampliar esas capacidades de comprensión de la realidad en permanente cambio. La aplicación de la dialéctica y sus principios siempre fue una preocupación genuina de Mario Roberto, expresada en su obra, en sus intervenciones pedagógicas directas con grupos grandes y pequeños, y en su vida.
Y es que, como muchas otras personas queridas, puedo decir esto con plena convicción ya que conocí a Mario Roberto en esa cercanía de la amistad nacida a través del Grupo Intergeneracional y fortalecida por la participación militante en espacios como la Coordinadora de Solidaridad con Cuba, el Comité de Desarrollo Campesino (Codeca) y el Movimiento para la Liberación de los Pueblos (MLP). Así mismo, abonada esa amistad con las relaciones académicas dentro de la Universidad de San Carlos de Guatemala, como la del doctorado en Ciencias Sociales a la cual me he referido y el trabajo entre la Comisión de la Universidad de San Carlos sobre el Bicentenario de la Independencia, que coordinó Mario Roberto, y los Programas de Estudios Transdisciplinares del Instituto de Investigaciones de la Escuela de Historia, los cuales dirigimos con los colegas y amigos Jaime Chicas Zea y Rafael Castillo Taracena, y en los que Mario Roberto siempre nos brindó un apoyo importante así como su confianza académica y personal.
Los cuatro principios de la dialéctica estaban presentes en el discurso de Mario Roberto, pero no solo como conocimiento de ellos, sino también para aplicarlos en cualquier interpretación, análisis, abordaje o lectura. Fuese para hablar de una canción de José Alfredo Jiménez, de su militancia en el movimiento armado revolucionario, sobre todo en el Movimiento Revolucionario del Pueblo Ixim, o de los complejos textos de Emil Cioran, no digamos de Marx, del comandante Efraín, del comandante Édar Palma Lau, de la defensa de la causa del comandante César Montes, de Cintio Vitier, de Rodó, de Asturias, de su amistad con Luis de Lión, de la cultura cinematográfica popular mexicana o de los poemas de Roberto Obregón, el manejo de la dialéctica en Mario Roberto era ya natural, ejerciendo el pensamiento crítico con seriedad o risas, sin dejar de lado que la militancia revolucionaria tampoco reñía con el hedonismo y con la sátira, como planteó muchas veces, para ser coherentes con nuestra humanidad.
Y es que Mario Roberto fue de esos pedagogos que no se ufanan de serlo, aunque no conociera a quienes estaba dándoles grandes sacudidas de cabeza, de corazón o, porque no decirlo también, de ego. Fue así como muchos le buscamos y supimos encontrarnos con él, porque nunca cerró las puertas para intercambiar ideas con nadie, pero sí despreció a los oportunistas y arrogantes, que abundan por mucho en nuestros ámbitos. Y fue claro con eso. De ahí que algunos no hayan soportado el ritmo de debate que Mario Roberto proponía, a veces siendo más polemista que filósofo, pero la mayor parte de las veces lo segundo, y entonces se retiraban con el bajo recurso de las descalificaciones porque confunden el ser provocador con otras cosas, algo muy común en una Guatemala golpeada por las cooptaciones y el intelicidio, siendo esta una de las categorías mejor propuestas por Mario Roberto.
En todas sus obras siempre fue coherente con su decisión valiente de debatir profundamente y de manera recia con esa praxis crítica que proponía, la cual estaba basada, por supuesto, en una lectura seria y amplia de Marx, Engels, Luxemburgo, Gramsci, Federici, pero también del pensamiento latinoamericano como Martí, Rodó, Zea, Salazar, Mariátegui, Sandino, El Che Guevara, Fidel Castro, Galich. Su obra literaria, con libros como “El esplendor de la pirámide” (1986) y “Señores bajo los árboles” (1994) no fueron anécdotas o posiciones solamente personales, sino expresiones críticas que desde su experiencia como sujeto de la historia contextualizan acontecimientos fundamentales para la historia reciente de Guatemala, haciendo grietas en las visiones lineales románticas que ya no aportan casi nada a debates que se demandan y se necesitan con urgencia.
En “La ideología y la lírica de la lucha armada”, Otto René Castillo y Roberto Obregón son estudiados desde las relaciones sociales e históricas de praxis revolucionaria, pero también existenciales y por lo tanto subjetivas, por lo que ese sentido de colocar al sujeto en la historia y dejar de hacer historia sin sujeto como lo dicen Denise Jodelet y Hugo Zemelman, caracterizó la obra de Mario Roberto. Esto para algunos fue nuevamente confundido, debido a que si no se está en la corrección política es un pecado capital a veces llegando al punto de establecer tribunales inquisitoriales a los que Mario Roberto siempre enfrentó. Por ello fue que trabajos como “La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón: los discursos literarios y políticos del debate interétnico en Guatemala” les movió el piso a los defensores de posiciones esencialistas, llegando al punto de que varios de ellos prefirieron descalificar que entrar al debate serio que era lo que un texto de esta envergadura buscó y merecía.
Así, el Mario Roberto antropólogo y sociólogo no vino a plantear una antropología conveniente, sino honesta en el sentido de proponer debate sobre la mesa, en un momento en que se estaban perdiendo de vista categorías fundamentales como la lucha de clases, el movimiento y los sujetos, el debate étnico situado y la cultura. Mario Roberto insistió en que la cultura no debe ser vista como un fetiche, como sucede con el fetichismo de la mercancía, que son grandes trampas que no permiten desarrollar un análisis crítico de la situación concreta para que los movimientos de luchas sociales se desarrollen o se reorganicen. Pero en vez de debatir, muchos descalificaron y eso ahora forma parte de los estudios que debemos seguir haciendo sobre momentos históricos de la generación de ideas y pensamiento social en Guatemala, donde Mario Roberto, se esté o no de acuerdo con él, es un sujeto fundamental para el pensamiento social de los últimos 40 años en Guatemala.
El debate y la invitación a ese pensamiento social crítico fue uno de sus principios, manteniendo hasta el último día de su vida la coherencia de la autonomía, tanto intelectual como moral. Eso no es de la comprensión e incluso del agrado de muchos, porque en un país golpeado por diversas formas de violencia, nos hemos convertido muchas veces en sujetos de “si no estás de acuerdo conmigo estás en contra mía como mi enemigo”. Y claro que hay antagonismos y enemigos de clase y de múltiples relaciones, pero se necesita de un ejercicio crítico fundamental para saberlos distinguir y no confundirse para hacerles el favor a los grupos de poder. En eso Mario Roberto insistió siempre, pero como Cioran, pasó por la incomprensión debido a complejidades que había de resolver con una columna más fuerte, con el cinismo bien fundamentado o bien puesto, con una explicación más didáctica, con una canción, un palíndromo, una cena entre amigos, la ironía, la meditación o el retiro.
Nunca dejar de ser humanos, lo que implica vernos desde las contradicciones y no negarlas sino más bien abordarlas y enfrentarlas, fue posiblemente la lección más concreta, dentro de tantos aportes fundamentales, que nos dejó Mario Roberto, tanto en sus obras como en su ser cotidiano. Siempre se le recuerda, amigo y maestro, o más bien maistro, como comúnmente nos decíamos entre varios de quienes convivimos con él de manera cercana. Se le extraña, hace falta, pero con sus recuerdos y sus textos tenemos para pasar el rato que nos queda entre la vida y la eternidad donde tal vez lo cuántico, que Mario Roberto estudiaba en los últimos años, pueda reunirnos de nuevo para cantar, escucharnos y decir.
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