Un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU. (ICE) apunta con un arma antidisturbios a un manifestante el martes 14 de octubre en la esquina de la calle 105 Este y la avenida Sur N, en el barrio East Side de Chicago. Los manifestantes se congregaron mientras el ICE esperaba la retirada de su vehículo tras estrellarse durante una persecución. Foto: Anthony Vazquez/Chicago Sun-Times
Durante los últimos cinco meses, Estados Unidos ha sido escenario de una transformación siniestra. Lo que durante años fue una pesadilla en la frontera se ha convertido ahora en una realidad aterradora en el corazón de sus ciudades principales. Lo que comenzó en Los Ángeles se extendió por Nueva York, Washington, D.C., Memphis y ahora recientemente en Chicago o Portland.
Para nosotros en Guatemala, que miramos desde la distancia, es crucial entender la magnitud de este asalto, no sólo por los miles de millones de dólares en remesas que sostienen nuestra economía (ese flujo vital que, irónicamente, es fruto del trabajo de aquellos mismos que ahora son cazados) sino por el profundo componente humano que representa una escalada autoritaria y fascista que nos debe preocupar a todos.
Lo que comenzó en mayo con redadas “dirigidas” se ha convertido, hoy a mediados de octubre y a penas diez meses de iniciada la nueva administración Trump, en una ocupación militar abierta. No se trata de policías arrestando a personas; se trata de agentes de ICE y la Patrulla Fronteriza, con rifles de asalto y apoyados por helicópteros Black Hawk, asaltando edificios de apartamentos en Chicago o estableciendo sitios de detención encubiertos en varios puntos del país. La estrategia es clara: el terror como política. Han allanado hospitales donde las familias visitaban a sus seres queridos, han arrancado a padres e hijos de las puertas de sus escuelas y, en un acto de crueldad particularmente grotesco, han detenido a niños autistas, desapareciéndolos en un laberinto de centros de detención sin informar a sus familias.
Esta maquinaria no está satisfecha con la violencia física; hoy, libra una guerra psicológica. Las cuentas oficiales del gobierno en redes sociales publican videos cinemáticos de las detenciones, poniendo música de rap como si fuera un tráiler para una película de acción hollywoodense, cogiendo un tono burlón frente al dolor de las comunidades. Como explica la académica Ruth Wilson Gilmore, una de las principales teóricas del abolicionismo penal, “el racismo organizado es la exposición prematura a la muerte”. Esto es exactamente lo que estamos presenciando: la creación de condiciones donde la vida de las y los migrantes (y cada vez más, de las y los ciudadanos estadounidenses que se parecen a lo que las fuerzas de seguridad imaginan como un “inmigrante”) es deliberadamente precarizada, aterrorizada y despojada de su humanidad. Es más, ProPublica reporta que agentes de inmigración han arrestado ilegalmente a más de 170 ciudadanos estadounidenses. Los han pateado, arrastrado y detenido durante días.
Para comprender la magnitud de este desafío, es necesario desentrañar la red de agencias que ejecuta este terror. El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) actúa como el brazo político, mientras que sus subagencias, la Patrulla Fronteriza (CBP), Investigaciones de Seguridad Nacional (HSI) y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), son los instrumentos de ejecución en las calles, apoyados por la Guardia Nacional y un Departamento de la Guerra (antes Departamento de Defensa) cada vez más involucrado. ICE, en particular, ha operado como un cuerpo paramilitar: realiza incursiones con equipamiento táctico y también con agentes vestidos de civiles; establece puestos de control internos domésticamente; y prioriza la aprehensión mediante el uso de la fuerza y el miedo.
No es casualidad que historiadores, analistas, políticos y jueces dibujen paralelismos con la Gestapo. La similitud no reside sólo en las tácticas: allanamientos, detenciones arbitrarias y la creación de una atmósfera de delación. También se parecen en el objetivo fundamental de identificar, aislar y eliminar de la vida pública a un grupo humano considerado indeseable, utilizando el aparato del Estado para fines de purificación social.
Frente a este leviatán, ha surgido una resistencia que es tan formidable como inspiradora. Pero a diferencia de mediados de año, la resistencia no es pasiva. Son comunidades que se han organizado con una sofisticación táctica impresionante. En Chicago, las redes de respuesta rápida, estructuras ya existentes desde la era Trump pero ahora perfeccionadas, se activan al instante cuando se reporta la presencia de ICE. Vecinos organizados han convertido la ciudad en un campo de batalla por la dignidad de las personas indocumentadas. Usan sus automóviles para seguir, acorralar y perseguir a los vehículos de ICE, una táctica de intervención directa que impide las detenciones en medio de la calle. Esta resistencia, articulada a través de aplicaciones y grupos de alerta comunitaria, se moviliza en cuestión de minutos, haciendo sonar una sinfonía de cláxones y pitos que advierte del peligro y demuestra una coordinación milimétrica. Es una defensa comunitaria descentralizada y profundamente arraigada, difícil de desmantelar.

¿Qué pasa cuando una rana asiste a una protesta? Inicia una revolución de risas. Foto: Stephen Lam/San Francisco Chronicle vía Getty Images y Axios
En Portland, la resistencia es cultural; actos de puro ingenio y creatividad. Frente a un centro de detención, manifestantes se disfrazan con trajes inflables de animales: vemos jirafas, dinosaurios, ranas, axolotls. Bajo la mirada de la Secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, bailan al ritmo de “La Chona” o el “Yakety Sax” de Benny Hill. ¿Es un acto de protesta o un carnaval? Es ambas cosas. Es la alegría como acto de desafío, la ridiculez como arma contra la brutalidad. Como argumenta el antropólogo Jason De León en su trabajo sobre la violencia fronteriza, la resistencia a menudo reside en estos “actos de presencia” que desafían la deshumanización.
Y la resistencia es también institucional. El alcalde de Chicago, Brandon Johnson, ha declarado “Zones Libres de ICE” en la ciudad, que se ha convertido en un foco de tensiones a nivel nacional. La Senadora de la Cámara del estado de Illinois, Karina Valle, se ha interpuesto físicamente entre los agentes y sus constituyentes, yendo a los vecindarios asediados y sonando la alarma. Están también las imágenes de Tiffany Cabán, la concejal de la Ciudad de Nueva York, siendo esposada junto a otros 50 representantes de la ciudad por su audacia de protestar en una corte de asuntos migratorios. Este no es un movimiento marginal; es el tejido de la ciudad defendiéndose a sí mismo.
Para Guatemala, esto no es una noticia lejana. Es un espejo y una advertencia. A la gente le encanta hablar de las remesas, ese pilar de nuestra economía que supera el 20% de nuestro PIB, sin reconocer que hoy son enviadas por migrantes que hoy temen salir a comprar pan. Son el fruto del trabajo de personas que ahora son tratadas como desechables por el mismo país que se beneficia de su labor. Apoyar una postura abolicionista—la creencia de que debemos desmantelar el sistema de encarcelamiento y deportación, no reformarlo—no es un radicalismo abstracto. Es un imperativo práctico y moral. La académica Angela Davis nos recuerda que “la libertad es una lucha constante”, no un estado que se concede. La lucha por la libertad de nuestros cientos de miles de compatriotas en el norte es nuestra lucha también.
Debemos mirar más allá de lo que representa el dinero. Debemos ver a Jocelyn, la joven de Cicero arrastrada de un auto frente a una escuela primaria. A Dariana Fajardo, ciudadana estadounidense detenida por el “crimen” de tener un aspecto que no agradó a los agentes. Marina Arteaga, la organizadora en Calexico que exige respuestas por la muerte de Huabing Xie bajo custodia federal.
La maquinaria fascista en Estados Unidos no se detendrá en la frontera de la inmigración. Su lógica es la exclusión, la pureza étnica y el poder del estado sobre el cuerpo humano. Si permitimos que nuestras hermanas y hermanos sean devorados por este monstruo, no solo traicionamos nuestro propio corazón, sino que ignoramos la lección de la historia: el fascismo, una vez que echa raíces, siempre busca nuevos objetivos. Primero migrantes, luego activistas y ciudadanos. Nuestra solidaridad, nuestra voz y nuestra acción deben estar con la valiente resistencia que, desde las calles de Los Ángeles, Nueva York, Chicago y Portland, nos está dando una lección al mundo sobre lo que significa defender la humanidad.
Frente a esta realidad, la pregunta apremiante para los guatemaltecos, tanto para nuestra diáspora en primera línea como para nosotros en el país, es: ¿qué podemos hacer? La respuesta yace en la solidaridad activa y la exigencia legal.
Es crucial entender que los agentes de ICE no gozan de inmunidad calificada ante ciertos cargos federales. Son personalmente responsables por violar el Título 18 del Código de los EE. UU., Sección 242: Privación de Derechos Bajo Color de Ley, y la Sección 241: Conspiración contra Derechos. Estos son delitos graves, y si la violación implica lesiones corporales, el uso de un arma peligrosa o resulta en muerte, las penas pueden incluir prisión de hasta siete años, cadena perpetua o, en casos extremos, la pena capital.
Nuestro deber es documentar todo de manera impecable (grabar, recopilar testimonios, identificar a los agentes) y presionar al Departamento de Justicia para que eventualmente ejerza acción contra estos abusos de poder.
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