Feministas en la cocina

Es pertinente observar cómo es físicamente y dónde se ubica el fuego donde celebramos el sagrado ritual de la preparación de alimentos.

Ana Cofiño

mayo 4, 2025 - Actualizado mayo 3, 2025

Los prejuicios y la ignorancia hacen que alguna gente crea que las feministas no sabemos hacer “cosas de mujeres”, como surcir, planchar o cocinar. Quizá tienen la idea de que somos inútiles, como los hombres, incapaces de hacer un arroz o pegar un botón. En todo caso, hay feministas reputadas como grandes cocineras, así como las hay que detestan ese campo de los oficios domésticos. Puse ese título al artículo para darle una miradita a ese trabajo necesario para la vida que históricamente ha recaído sobre las mujeres como un atributo de género.

Empiezo por aclarar que mi apetito y el gusto por la comida son tan voraces como mi interés por los libros y el conocimiento. En casa hay libros de diferentes temas por todas partes. En la cocina tengo varios libros que han transitado el paso de los años conmigo. Uno de ellos, el más entrañable, es un cuaderno de pasta dura, escrito a mano por mi abuela, con recetas básicas para una joven que odiaba la cocina.

A mi mamá se le quemaba el agua, era capaz de comer frío con tal de no acercarse a la estufa. La vi en la cocina con su delantal en raras ocasiones: para la primera comunión de mis hermanos y en algún evento familiar importante. Tuvo la dicha de contar siempre con alguien que le preparara sus platillos predilectos. De su parte, no heredé secretos ni recetas de guisos deliciosos, pero sí recibí su amor por la lectura, y de esa cuenta viene derivando este artículo.

Locas por la cocina es uno de los inseparables libros que guardo junto a las canastas y las ollas. Formó parte de la colección Biblioteca de las Mujeres de Editorial Biblos, publicado en Argentina en 1997. Las autoras son escritoras de narrativa, poesía, docentes, periodistas, feministas que decidieron compartir sus miradas sobre la cocina para evidenciar los mitos engañosos y compartir experiencias y saberes, con alto sentido del humor. Lo primero que encontramos, es un relato sobre Lou Andreas Cartés, quien escribió veinte tomos de una preceptiva culinaria en el siglo XVII, considerada un referente de la cocina francesa. No hay recetas con medidas y condimentos, pero sí hay historias sobre la buena mesa y el placer.

 Con mis amigas del Sur, L y A, siempre hablamos de libros y de comida. Las tres somos de buen diente para la lectura y para la ingesta de alimentos. Tengo guardadas recetas suyas, como la de chauchas (ejotes) y papas que nunca me salieron como las suyas. Gracias a sus generosos consejos en ambos ámbitos, he conocido libros maravillosos y degustado buenas comilonas.

 Recientemente anduve buscando algo ligero de leer, y me topé con Una escritora en la cocina de Laurie Colwin, que motivó este artículo y una serie de preguntas que me gustaría compartir aquí. En principio, siempre tengo la imagen de María Moliner trabajando en la mesa de cocina familiar, con cientos de fichas llenas de palabras que reunió en familias, en su obra cumbre, el Diccionario de usos del español, que valoro como un auténtico tesoro. Igual me imagino a Virginia Woolf, añorando su habitación propia.  Puedo verme en muchas cocinas diferentes, sosteniendo conversaciones nutricias con amigas, mientras preparábamos algo sabroso.

Es pertinente observar cómo es físicamente y dónde se ubica el fuego donde celebramos el sagrado ritual de la preparación de alimentos. Qué hay allí, qué utensilios, qué elementos. Qué ingredientes se utilizan a diario, cuáles son los necesarios y los contingentes. Quiénes y en qué calidad habitan la cocina. Quién consigue los insumos, quién los lava y almacena, quién los adereza, quién los sirve y cómo… Un sinfín de detalles que varían de casa en casa, de clase en clase, de cultura en cultura.

 No existe todavía un libro de cocina escrito por feministas en Guatemala, pero sí doy fe que tenemos recetas que nos pasamos de boca en boca, consejos sobre recados y salsas, formas de conservar los alimentos, sabores que nos comunican, hierbas que sanan. El maíz, en Mesoamérica es constitutivo de nuestras vidas. Es nuestra fuente fundamental de alimentación, pero también simboliza la fuerza y la diversidad de la naturaleza. La milpa es un organismo vivo donde crecen animales y plantas, un sistema que permite la continuidad de la vida.  Tortillas, atoles, masas, tamales, envoltorios, cañas y refugio para semilas son producto de ese cosmos.

Conscientes de la necesidad de cuidar las redes de la vida, promovemos alimentación sana, es decir, evitando productos artificiales y toxinas, aunque sabemos que la salud integral es un ideal difícilmente alcanzable para la población. ¿Qué huella dejamos al ingerir carne? ¿Sabemos cómo se cultivan el café y el azúcar que mueven al mundo? ¿Conocemos la química de los alimentos? Nuestras cocinas son laboratorios donde podemos experimentar otras maneras de relacionarnos.

 Con feministas en Iximulew proponemos constituirnos en colectivos sociales capaces de construir comunidades de bienestar. Esto significa unir esfuerzos y recursos para hacer realidad los sueños de vivir en armonía con la naturaleza, con condiciones para desarrollar nuestras potencias en favor del bien común. La cocina feminista puede imaginarse también como un espacio donde se mezclan los ingredientes para preparar un placentero festín, el de la paz y la libertad.

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