Cuando en la segunda mitad del siglo XIX se desarrollaron en Alemania, Francia y Estados Unidos los primeros motores que se instalaron en modelos de dos ruedas, dando origen a las motocicletas, nunca pensó la humanidad que estaba surgiendo lo que en el siglo XXI es uno de los medios de transporte más utilizado en todo el mundo, conocido actualmente con el nombre simple de moto. Se ha planteado la hipótesis de que la primera motocicleta en Guatemala haya entrado al país a finales de la segunda década del siglo XX, habiendo sido probablemente de la marca Cleveland, la cual se fabricó y comercializó de 1915 a 1929.
Posteriormente, en nuestro país empezó a ser conocida la motocicleta Harley Davidson, debido a que las élites la trajeron para su uso personal, siendo uno de los personajes más famosos en utilizar una el presidente Jorge Ubico Castañeda. El uso posterior de estos aparatos por los cuerpos de policía y el ejército para facilitar la movilización de agentes y oficiales, pero también para realizar maniobras acrobáticas en exposiciones de la Escuela Politécnica y en el Campo de Marte en días festivos, estableció la idea de que eran estas instituciones las que dominarían el manejo de las motos. Paulatinamente, otras entidades estatales fueron haciéndose de motocicletas, debido a que gastaban menos combustible y permitían llegar más rápido a determinados lugares. La Dirección General de Caminos, Ferrocarriles de Guatemala, el Ministerio de Comunicaciones, la Municipalidad y el sistema de salud pública fueron adquiriendo motos, lo cual también hicieron varias empresas privadas. Mensajeros, técnicos y repartidores fueron dotados de motocicletas, por lo que en la segunda mitad del siglo XX estas se convirtieron en un medio que fundamentalmente era para el trabajo de determinados sectores, con la excepción de grupos socioeconómicos acomodados que las tenían para la diversión.
Sin embargo, basándonos en datos oficiales del Estado de Guatemala, se estima actualmente en todo el país hay más de 2 millones 600 mil motocicletas, siendo una cifra que rápidamente podrá cambiar en incremento. Hoy en día, la moto dejó de ser solamente para trabajos específicos, siendo el medio de transporte más utilizado en el territorio guatemalteco. La falta de un sistema de transporte público amplio en estructura, alcance y horario; la inseguridad; el encarecimiento de la vida; la búsqueda desesperada de la sobrevivencia, pero también el individualismo impulsado y reforzado a diario por las ideas neoliberales que son parte integral del capitalismo salvaje, son factores que han hecho que el aumento del parque vehicular esté fuera de control, siendo el de las motocicletas el de más crecimiento.
Todo ello es aprovechado por quienes dominan el mercado de los automotores en el país, para que aumenten sus ganancias. En vez de que existan proyectos concretos y factibles para una movilidad digna en los mayores centros urbanos del país, ha ganado la idea de que cada quien se salve como pueda, encontrando las soluciones de manera individual, cuando se pagan impuestos que podrían resolver el problema del transporte. Y si bien, en la ciudad capital existen opciones como el Transmetro y TuBus, estas son insuficientes, por lo que han proliferado todo tipo de taxis, legales e ilegales, y con precios que no pueden pagar todas las personas, aunque tengan la necesidad de movilizarse. El «moto taxi» ha sido una de las soluciones, pero solamente en precio y tiempo, y no en seguridad. La motocicleta presenta más riesgos que un automóvil y no digamos si se compara con un autobús o un tren. La persona va con menos protección, lo que aumenta el peligro si no se lleva casco, rodilleras y coderas. Y es aquí donde quiero tocar el tema de la «subcultura» de la motocicleta que aventuradamente ha surgido en los últimos años y que es observable en Guatemala como en otras ciudades latinoamericanas.
El incremento de las motos ha hecho que su control sea menos efectivo. Restaurantes que las implementaron para satisfacer a la clientela con el denominado servicio a domicilio, han decidido dejar la estrategia en manos de compañías de entregas que han surgido dentro de la flexibilización del trabajo, provocando graves perjuicios a la clase trabajadora que ve cómo se reducen sus derechos, aumentando la máxima cuota de ganancia del capital porque los motoristas no gozan de prestaciones laborales y se mueven a altas velocidades en las calles, con el objetivo de realizar más trabajo y recibir un poco de más pago: el riesgo de sufrir un accidente es permanente y las posibilidades económicas son bajas, lo mismo que la calidad de vida de estos trabajadores. Esas empresas funcionan con pagos a destajo o por productividad y no con regímenes salariales, haciendo que los pilotos de motocicleta se desvivan por llegar a cubrir la mayor cantidad de puntos y rutas.
Lo mismo sucede con los llamados «moto taxis», ya que los pilotos necesitan realizar cuantos viajes puedan para obtener algo de dinero, lo cual tampoco es mucho. Y si a esto le sumamos que no existen prestaciones laborales para estas personas, el nivel de estrés que manejan es sumamente alto, lo cual aumenta el riesgo en la conducción de la motocicleta, tanto para ellos como para quien transportan, así como para otros automovilistas y para los peatones. Muchas personas que utilizan la moto como medio de transporte simplemente para movilizarse, aunque no trabajen con ella, han optado por llevar a otras personas en el automotor: a su pareja, a un amigo o amiga, al compañero o compañera de trabajo, e incluso a la familia entera. Es común ver ahora hasta cinco personas en una moto, incluyendo niños y niñas de distintas edades; y los cascos no alcanzan para todos, por lo que muchos van desprotegidos.
Lamentablemente se ha empezado a configurar una especie de «subcultura» respecto a la motocicleta, lo cual propongo como un debate no sólo conceptual sino desde la acción social, pero que para efectos de esta columna el término me permite exponer las ideas que me surgen con relación a la problemática. Y esto lo expongo también por las observaciones que he realizado en mis tres recientes visitas a la Ciudad de México, dos de ellas junto a mi esposa, con quien hemos dialogado el fenómeno. Del 2024 al presente año, ha aumentado el número de motocicletas que circulan en la capital mexicana, una gigantesca urbe en la que, hace no mucho tiempo, las motos eran un medio de transporte poco común. Esto se debía a que en la Ciudad de México existen múltiples opciones públicas muy dignas para movilizarse, siendo ellas el Metro, el Metrobús, el Tren Ligero, el Trolebús, el Cablebús y la Red de Transporte de Pasajeros que se agrupan todas en el Sistema de Movilidad Integrada; pero también están los camiones más pequeños, los taxis, las bicicletas y los scooter, pudiendo utilizar estos dos últimos en determinados sectores a través de una tarjeta como parte de la movilidad pública.
Se supone, entonces, que en la Ciudad de México no tendría mayor crecimiento la motocicleta, pero no ha sido así. En mi última visita en octubre del 2025 he comprobado que cada vez más son más motocicletas, de todo tipo, las que circulan por las calles y avenidas de la capital mexicana. Y la manera de manejar de muchos motoristas es igual a Guatemala: pasar el semáforo en rojo, transitar en las banquetas, quedarse sobre la línea de cebra del paso peatonal, incrementar la velocidad límite, lanzarse de forma temeraria en calles de alto tráfico entre vehículos a riesgo de provocar accidentes, circular en contra de vía y manejar sin casco, entre otras situaciones. También me tocó presenciar un accidente entre un vehículo y una motocicleta, habiendo tenido la responsabilidad la segunda. Aunque fue así, otros motociclistas llegaron a acuerpar al afectado, no obstante él cometió la infracción, y entre todos comenzaron a increpar de forma agresiva al piloto del carro, quien optó por retirarse. Esto sucede con frecuencia en muchas partes de Guatemala también. Pareciera que, en el caso de la Ciudad de México, el sentido del individualismo y las prisas promovidas por el avance del capitalismo salvaje han hecho lo suyo, afectando al sentido de comunidad y del uso de lo público que ha sido característico en tan hermosa, rica, compleja y profunda metrópoli. Parte de sus complejidades actuales, lamentablemente, es esta manera de desenvolverse de muchos motoristas, situación que en la Ciudad de Guatemala vivimos desde hace mucho tiempo.
No es mi objetivo generalizar, porque sería irresponsable y simplista pretender afirmar que todos los motociclistas son imprudentes. Pero temo que se esté construyendo una «subcultura» de la motocicleta que tenga muchos elementos perjudiciales. Por ello, la proyecto como peligrosa, no porque quiera crear un estereotipo del motorista, sino porque si no somos conscientes de la escala que está tomando el problema, será más difícil resolverlo. Un dato preocupante, como ejemplo, es el gasto fuerte que tiene el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) en el Hospital General de Accidentes, en la ciudad capital, debido a los percances en motocicleta. Esto constituye para el IGSS un serio problema, que se traduce en utilización de más recursos. La cantidad de motoristas sin licencia y sólo con el mínimo de conocimientos en manejar una moto es alta, y muchos de ellos y de ellas tienen este automotor como medio principal de trabajo y de movilidad. No fue fácil que las personas y las compañías aseguradoras aceptaran los seguros para las motos, pero se logró; sin embargo, paradójicamente circulan muchas motos que no garantizan seguridad ni para sus conductores ni para los demás, aunque cuenten con los seguros del caso. Muchos motoristas creen que al viajar en ese tipo de transporte pueden violar las leyes de tránsito, generando complicaciones para peatones y otros automóviles. El individualismo que el sistema neoliberal, así como los fetiches que promueve cada vez con más intensidad el capitalismo salvaje han coadyuvado a que surja esa especie de subcultura de la motocicleta que estoy poniendo aquí a discusión, con indicadores concretos que deben de ponernos en reflexión social sobre la problemática de la movilidad en las urbes.
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