Sobre el reconocimiento y la verdad del ser humano

Un ser humano o grupo humano que no es reconocido por otro u otros como seres humanos iguales, les brota el deseo poderoso de luchar por lograr ese reconocimiento. Por eso, podemos decir que en buena medida la historia de la humanidad no solo está formada por la lucha de clases sociales contrapuestas.

Camilo García Giraldo

septiembre 6, 2026 - Actualizado septiembre 6, 2026

Descartes, al inaugurar la filosofía moderna, mostró con razón que el ser humano adquiere la certeza interior subjetiva de su existencia cuando piensa, cuando razona sobre algo de sí mismo o del mundo exterior; pensamiento que expresó en su famosa sentencia “Pienso, luego existo”. Sin embargo, Hegel, un tiempo después, consideró también con razón que esta certeza subjetiva de su existencia que adquiere todo ser humano cuando piensa no es suficiente para constituirse en un hecho verdadero por sí mismo, en un hecho válido para todos los demás. De ahí, que pensó que todo ser humano tiene que conseguir que, por lo menos, otro le reconozca como verdadera esa certeza que tiene de su existencia como ser humano, para el carácter humano de su ser y existencia sea verdadero.

Aunque en principio parece suficiente que esa persona le exponga a otra un pensamiento, le comunique un razonamiento sobre algo de la realidad, para que obtenga de él ese reconocimiento que necesita de sí mismo como un ser humano, Hegel pensó que no lo era. Para él cada ser humano necesita, además, probar ante otro la condición humana de su ser librándose del miedo natural, propio de todos los animales, a morir, y en especial, a morir violentamente a manos de otro. Y, para lograrlo, tiene que exponer su vida en un combate a muerte con ese otro de quien desea obtener ese reconocimiento. Pues, solo cuando un hombre se libera de esta condición natural original exponiendo su vida adquiere la posibilidad y, sobre todo, el derecho de ser reconocido como tal por su rival.

Dice Hegel en su famoso texto La dialéctica del amo y esclavo que hace parte de su libro La fenomenología del espíritu: “Por consiguiente, el comportamiento de las dos autoconciencias se halla determinado de tal modo que se comprueban por sí mismas y la una a la otra mediante la lucha a vida o muerte. Y, deben entablar esta lucha, pues deben elevar la certeza de sí misma de ser para sí a la verdad en la otra y en ella misma. Solamente arriesgando la vida se mantiene la libertad, se prueba que la esencia de la autoconsciencia no es el ser, no es el modo inmediato como la conciencia surge, no es hundirse en la expansión de la vida, sino que en ella no se da nada que no sea un momento que tiende a desaparecer, que la autoconciencia sólo es un puro ser para sí. El individuo que no ha arriesgado la vida puede sin duda ser reconocido como persona, pero no ha alcanzado la verdad de este reconocimiento como autoconsciencia independiente”.

Sin embargo, cada ser humano no prueba la verdad de su ser, de que es tal, arriesgando su vida en un combate a muerte con otro, es decir, superando el temor natural que tiene a morir, como sostiene Hegel. Es más bien, luchando consigo mismo, con los impulsos agresivos que forman su naturaleza interior, para vencerlos, es decir, para reprimirlos o controlarlos, como cada ser humano se forma como tal, y, por lo tanto, adquiere la certeza de que lo es. De ahí, que el acto de combatir a muerte con otro no le da esta posibilidad, como piensa Hegel, porque al hacerlo tiene que emplear y desplegar la fuerza agresiva de su naturaleza, tiene que usar precisamente esta fuerza que no lo separa a su naturaleza sino, al contrario, lo mantiene arraigado a ella.

Pero, además, un ser humano, en principio no necesita arriesgar su vida en un combate a muerte con otro para lograr que lo reconozca como tal cuando éste decida retirarse del combate impulsado por miedo a morir. Y, no lo necesita porque nace con dos capacidades que lo definen como tal ser y lo diferencian sustancialmente a sus antepasados animales: la capacidad de lenguaje, es decir, de hablar usando palabras, frases y expresiones cargadas se sentido que otros pueden comprender, y la de actuar, o mejor, de interactuar con otros de manera racional. Estas dos capacidades son los dos atributos propios y específicos de todos los hombres que conforman su SER. 

De ahí, que en principio solo necesita emplear estas dos capacidades en su existencia diaria, con quienes trata y lo rodean, para que éstos de manera directa, espontánea y natural lo reconozcan como un ser humano semejante. Éstos, sin ninguna coacción, lo reconocen como un verdadero ser humano cuando escuchan los sonidos lingüísticos de las frases con sentido que emite, o, cuando lo observan actuar de modo racional orientado por un objetivo establecido de manera clara y consciente.

Sin embargo, esto no ha ocurrido siempre así. Con mucha frecuencia ha pasado en la historia que, algunos seres humanos se han negado a reconocer la condición humana de otros que encuentran y tratan en el curso de sus vidas. Las diferencias, étnicas, de género, culturales o socioeconómicas que los separan se convierten en los motivos que se dan a sí mismos para desconocerlos como seres humanos, por los menos, como seres humanos iguales a sí mismos. Y, al hacer esto, se sienten o consideran autorizados y legitimados para maltratarlos, esclavizarlos o aniquilarlos, para despojarlos de su libertad y de su vida. Fue lo que llevaron a cabo, por ejemplo, los nazis con los judíos.

En efecto, los nazis, como lo mostró bien Hanna Arendt mostró en su libro Los orígenes del totalitarismo, antes de proceder a incinerar a los judíos en los hornos crematorios les desconocieron su condición humana, lo volvieron seres infrahumanos, despojándolos de sus nombres que los identificaban y de los derechos formales que las normas jurídicas del Estado les había reconocido. Y reducirlos a esta condición los prepararon sin dificultad para consumar su aniquilamiento físico definitivo.

Sin embargo, de lo que no se percataron fue del hecho fundamental, que al despojarlos de su condición humana y matarlos, lo que hicieron en realidad fue despojarse a sí mismos de manera definitiva de su propia condición humana de la que se preciaban o afirmaban tener por excelencia. Pues, así cuando alguien reconoce a otro como un ser humano en tanto constata las capacidades-atributos casi naturales que tiene de lenguaje y acción, también cuando, hace lo contrario, y, le desconoce esa condición, como en este este caso, se niega y desconoce a sí mismo esa condición humana que reclama para sí. Esta fue la mayor verdad sobre sí mismos que los nazis fabricaron con este acto de exterminio de 6 millones de judíos en los hornos crematorios.

Este caso, nos muestra, además, a los judíos que sobrevivieron y escaparon de este enorme genocidio les surgió con más fuerza el deseo de ser reconocidos por todos los demás seres humanos y pueblos, como seres humanos, para evitar que esto los volviera a ocurrir en el futuro Y, sobre todo, para asegurarse a sí mismo la condición humana que los nazis habían gravemente puesto en cuestión o negado.

Reconocimiento, que obtuvieron de inmediato por la totalidad de los pueblos del mundo, y, en especial, por los gobiernos y pueblos occidentales. Y, que, les demostraron apoyándolos a emigrar a las tierras palestinas, y, a construir su propio Estado ahí. Sin embargo, los judíos y todos los que les apoyaban, cometieron, a su vez, una grave injusticia contra el pueblo palestina que la habitaba desde hace más de dos milenios, la de desconocerlos como seres humanos iguales. Desconocimiento, que les sirvió de fundamento para despojarlos a la fuerza de esas tierras. Así, como los nazis los desconocieron como seres humanos iguales, los judíos, desconocieron a los palestinos también como seres iguales, repitiendo así con los palestinos, el grave acto de injustica que habían sufrido. Y, a partir de este momento, los palestinos han librado una lucha férrea por lograr que los judíos, y, la comunidad internacional, los reconozcan como un pueblo igual que tiene el derecho a vivir y formar su Estado en la tierra que han habitado desde siempre. 

Esto significa, que un ser humano o grupo humano que no es reconocido por otro u otros como seres humanos iguales, les brota el deseo poderoso de luchar por lograr ese reconocimiento. Por eso, podemos decir que en buena medida la historia de la humanidad no solo está formada por la lucha de clases sociales contrapuestas. Sino también, y, sobre todo, por la lucha de los que no han sido reconocidos como seres humanos, o por lo menos, como seres humanos plenos e iguales, por otros, en especial por quienes disponen de medios de poder y de riqueza económica, por lograr ese reconocimiento que demandan en justicia.

Así, los esclavos lucharon por que sus amos que se negaban a reconocerlos como seres humanos iguales los reconocieran, y, así librarse, de esa esclavitud a que los tenían sometidos. Los trabajadores modernos, a su vez, han luchado para que los dueños de los medios de producción los reconozcan como verdaderos seres humanos, pagándoles el valor justo por el desempeño de su fuerza de trabajo que les han vendido. Las mujeres, por su parte, también han luchado, en especial en los tiempos modernos, por lograr que los hombres y las instituciones jurídicas del Estado les reconozcan como seres humanos plenas e iguales.

Los grupos étnicos minoritarios y distintos, como los negros y los indígenas en el continente americano, han luchado hasta hoy también para que el resto de la sociedad en la que viven los reconozcan como seres humanos iguales. Y, los grupos de homosexuales luchan para que los demás, también les reconozcan su condición diferente como parte integrante legítima de la humanidad. En este sentido, Hegel, tiene plena razón al mostrar que uno de los sentidos más importantes de la existencia de todo ser humano es lograr que el otro o los otros con los que trata y se relaciona, lo reconozcan como lo que es: como un ser humano igual o semejante, es decir, como un ser capaz de lenguaje y de acción.

Ahora bien, el reconocimiento que un ser humano logra de otros de su condición humana nunca es permanente y definitivo. A partir de ese momento adquiere la obligación consigo mismo, y, con los otros, de reafirmar, renovar y probar siempre de nuevo en el curso de su vida la verdad de esa condición que le han reconocido. Y, para probar una y otra vez esa condición, debe usar bien esas dos capacidades de lenguaje y acción que lo constituye y definen como tal, es decir, no debe ofender con las palabras y maltratar con sus actos a los demás con los que convive. Pues, cuando no las usa bien, cuando maltrata física o psicológicamente a otro u otros con sus actos o con sus palabras, se expone a perder el reconocimiento que le han otorgado de su condición humana y que “naturalmente” tiene desde sus orígenes. Pues, precisamente al usar mal estas capacidades pierde o se disminuye ese reconocimiento que ha recibido; y al perder o ponerse entredicho su condición humana, se queda sin la confirmación que prueba su verdad.

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