Rosa María Pascual de Gámez: Sus murales con temas católicos

. En sus obras hay vida, esperanza, alegría, dolor, muerte, los colores de Guatemala, nuestro mundo mágico, y muchas cosas más que las hacen trascendentales para quienes nos hemos preguntado quienes somos y como somos, nuestra cosmovisión y nuestro mestizaje de sangre y de culturas.  

Max Araujo

noviembre 9, 2025 - Actualizado noviembre 8, 2025

Detalle de la pintura Jesús Resucitado, de Rosa María Pascual, en la iglesia de San Francisco en la Antigua Guatemala. Foto: Flickr

La asociación y el movimiento “Módulos de Esperanza” fueron para mí una experiencia de vida, por lo que aprendí de su fundador, el sacerdote Ramón Adán Stürtze, por su filosofía. Fue conocido en Guatemala como el columnista Víctor Pabsch del diario El Gráfico. Escribió durante la última época de este medio de comunicación social, que se cerró después de la muerte trágica de Jorge Carpio Nicolle, su director y propietario.   

El Padre Ramón fue un místico, escritor y catedrático universitario, que decidió vivir en un asentamiento en la Península de Bethania, de la ciudad de Guatemala, que se formó después del terremoto de 1976. Vivió en   condiciones similares a las de sus habitantes. Desarrolló ahí una extraordinaria labor social y apostólica.   

La sede-vivienda de este personaje, así como las distintas instalaciones de la asociación, que se fundó para darle continuidad a su trabajo, se convirtieron en lugares de encuentro para intelectuales y artistas, nacionales y extranjeros. Fue así como conocí a la pintora Rosa María Pascual de Gámez.   

Perteneciente a familias españolas emigradas a Guatemala, relacionadas con papelerías y librerías, casada con Francisco Gámez, presidente en ese momento de Casal Catalá de Guatemala, esta artista guatemalteca se dedicó durante un tiempo a pintar bodegones, pero siendo una practicante católica, recibió de algunos sacerdotes el encargo para que pintara murales, en paneles, para las paredes de los templos católicos de Cubulco y San Miguel Chicaj. Esas comunidades sufrieron el enfrentamiento armado de la historia reciente de Guatemala. Les provocó muertes, desarraigo y descohesión social. Después de ese periodo se tuvo que restaurar el tejido social de sus habitantes. 

Estas solicitudes y otras posteriores para otros templos, en otros lugares de Guatemala, generaron en Rosa María varios hechos. El primero, desarrollar su talento artístico en otras temáticas. El segundo, encontrar un lenguaje, visual, apropiado para las comunidades destinatarias de su obra, y el tercero, la realización de grandes murales, en paneles, para las paredes de los templos. 

Del primero hay poco que decir puesto que dominaba el arte de la pintura. El segundo, y esto es lo más valioso, que para recuperar y mantener la memoria individual y colectiva de los destinatarios, decidió incorporar a sus obras: tradiciones, alimentos, vestimentas, rostros mayas y mestizos para los personajes de sus obras, e incluso fue mucho más allá. Conocedora de la historia de Guatemala, incorporó en algunas de sus pinturas cementerios clandestinos y las figuras de sacerdotes católicos mártires de la guerra fratricida de Guatemala. En sus obras hay vida, esperanza, alegría, dolor, muerte, los colores de Guatemala, nuestro mundo mágico, y muchas cosas más que las hacen trascendentales para quienes nos hemos preguntado quiénes somos y cómo somos, nuestra cosmovisión y nuestro mestizaje de sangre y de culturas.  

El tercer hecho, a mi juicio, también importante, es que sin proponérselo ayudó a continuar con el arte del muralismo católico en Guatemala, tan característico de los templos de la época colonial española, que casi se había perdido en la época republicana, pero con una personalidad distinta. El resultado es que hoy día vemos obras en murales de Rosa María en templos como el de San Francisco el Grande y de las obras sociales del hermano Pedro, en la ciudad de La Antigua Guatemala, pero también en otros de la ciudad de Guatemala. Incluso los vemos en templos de la periferia de nuestra ciudad capital como sucede con la construcción en arquitectura contemporánea del Monte de San Francisco, en la aldea Puerta Parada de Santa Catarina Pinula, a donde asisto a misa los domingos, cuando estoy en mi residencia habitual, en el que en su altar mayor se ve del lado izquierdo un cuadro de la  Sagrada Familia vestida con trajes regionales mayas y con elementos de la cultura guatemalteca, y del lado derecho otro con objetos de carácter religioso arropados en textiles mayas.  

 Es cierto que del muralismo católico, en otros templos hay ejemplos anteriores a la obra de Rosa María, tal el caso del Sagrado Corazón, en la zona 8 de la ciudad de Guatemala, construido por los salesianos en los años sesenta del siglo pasado, donde se encuentran unos murales estilizados del Viacrucis pintados directamente en uno de los muros laterales. Este templo fue construido con una arquitectura vanguardista.  Estuvo a cargo del arquitecto salvadoreño Benjamín Cañas.  Algunos de los materiales empleados para la decoración del templo provienen de Italia, Alemania y España. De niño, como estudiante del mencionado colegio, fui testigo de cómo se fue desarrollando la edificación, desde sus inicios hasta su culminación.   

La presencia de Rosa María en las instalaciones de Módulos de Esperanza no fue solo de ayuda a la obra social del padre Ramón, o de asistencia a las reuniones de amigos, o de la amistad que se generó entre quienes éramos asiduos al lugar, sino que se concretó también en varias pinturas para el templo dedicado a la santa Edith Stein, judía conversa, que el padre Ramón construyó en la colonia El Granizo. Este templo fue reconstruido totalmente hace cinco años por el Padre Pedro Jaramillo; también español, quien le ha dado continuidad a la obra social y pastoral del padre Ramón, con sus propias características. La serie de pinturas de Pascual de Gámez para ese pequeño templo forman una especie de cruz, en donde aparecen objetos del judaísmo y de la iglesia católica, así como el rostro de la santa en su parte central.  

Soy un admirador de la obra de Rosa María, no solo por la calidad de la misma, sino porque fomenta un sentido de orgullo y de pertenencia a muchos guatemaltecos, entre los que me incluyo, pero además restituye dignidad e historia a comunidades excluidas y violentadas por el enfrentamiento armado, que hizo que muchas personas las abandonaran por mucho tiempo, por un exilio forzado que provocó descohesión social. Ayuda además para que veamos con respeto algunas expresiones culturales y reconozcamos derechos culturales de las distintas etnias que habitamos el país.  Ella ha resaltado, sin falsos paternalismos, de manera honesta y auténtica, parte de nuestra diversidad étnica y cultural. La mayoría de sus obras las ha realizado de manera gratuita. La generosidad es uno los valores personales que la distinguen.  

 Como una anécdota especial narro lo siguiente: En una ocasión, antes de enviar uno de sus murales a uno de los municipios de Baja Verapaz, Rosa María montó, con parte de los mismos, una exposición en el Club Alemán. Fui uno de los invitados, pero me acompañó Carlos René García Escobar, quien quiso comprobar si era cierto lo que yo le había comentado al respecto del trabajo de la pintora. Este antropólogo, escritor y estudioso de la cultura popular guatemalteca, quien dejó un valioso legado cultural a su muerte, acaecida en el 2018, estuvo observando con detenimiento cada pintura y cada detalle.  En un momento fijó su atención en un “Tzijolaj” pintado con mucha minuciosidad   -este objeto es uno de los instrumentos musicales que acompañan la presentación del etograma Rabinal Achí-, que estaba en una de las pinturas, junto a otros objetos culturales. Carlos René, experto en danzas tradicionales de Guatemala, y uno de los coautores del trabajo que sirvió para la postulación de esa danza como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, -declarado en su momento por la UNESCO–se acercó a mí, con un vaso con wiski en su mano derecha, y me dijo: “Esta mujer sabe lo que pinta”.

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