Conocí a Juan Francisco Solórzano Foppa el 5 de marzo de 2003, cuando iniciaba mi pasantía en el Ministerio Público como parte de mi práctica procesal penal. Llegué a la agencia 19 de la Fiscalía Metropolitana, con el licenciado Jorge Mario González, mientras él salía hacia una plaza de oficial en la agencia 2, a cargo de la maestra Colindres, gran formadora de fiscales.
Después trabajé en varias fiscalías y, cuando llegué a la unidad que se convertiría en la FECI, Foppa salía de ella para incorporarse a una agencia que investigó la masacre de El Boquerón. Seguimos coincidiendo por amigos en común y porque durante una temporada compartimos un grupo especial de amigos.
Cuando Claudia Paz y Paz creó la Dirección de Análisis Criminal y lo nombró al frente de ella, las investigaciones que gestionábamos nos permitieron trabajar juntos nuevamente. De su paso posterior por la SAT recuerdo una atención muy concreta: mis obligaciones me habían impedido actualizar el NIT y él facilitó que pudiera hacerlo a las ocho de la noche.
También compartimos durante años eventos familiares, pues él y una tía muy querida habían formado parte del mismo equipo de trabajo. Por eso su ausencia me golpea en tantos espacios: el trabajo, los amigos y la familia.
Cuando fue perseguido por el Ministerio Público dirigido por Consuelo Porras y estuvo detenido, yo todavía era fiscal. Pese a los riesgos de aquel momento, fui a la carceleta a verlo a él y a su gran compañero de fórmula, Aníbal Argüello. Me dolió profundamente encontrarlos allí.
Foppa también estuvo cuando yo lo necesité. Aun con sus propias dificultades, acompañó las manifestaciones en mi apoyo y, después de mi salida de Guatemala, me visitó por lo menos tres veces en Estados Unidos. En el exilio, esas visitas tienen un valor inmenso: permiten sentir cerca, por unas horas, la vida y los afectos que quedaron lejos.
Tuvimos peleas por diferencias de criterio. Ambos defendíamos nuestras convicciones y a veces lo hacíamos con dureza, pero también hubo cariño y solidaridad. Cuando fue detenido por segunda ocasión, le supliqué que saliera del país porque temía por su seguridad; hoy recuerdo esa conversación con una tristeza insoportable.
Estoy destruido, devastado. Me cuesta aceptar que lo asesinaron y que ya no tendremos otra conversación, otro encuentro, incluso otra discusión de esas que uno supone que siempre habrá tiempo de resolver.
En mi ímpetu por conocer la verdad señalé en redes sociales que uno de los detenidos había tenido vínculos con el Ejército. Mi imprudencia estuvo en la forma y el contexto en que compartí ese dato, que contribuyeron a estigmatizarlo y pudieron sugerir una responsabilidad que corresponde esclarecer mediante una investigación. Por ello ofrezco disculpas; mi dolor no me exime de actuar con cuidado.
Los ataques en X arrecian y muestran el odio que atraviesa nuestra sociedad, pero no me impedirán seguir exigiendo verdad y justicia. Su familia merece respuestas y una investigación seria que esclarezca su muerte y determine todas las responsabilidades.
Después de más de veintitrés años, vuelvo a aquel 5 de marzo y quisiera poder hablar con él una vez más. Descansa en paz, Foppa. Gracias por haber estado cuando lo necesité. Me duele profundamente despedirte.
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