El eco del exilio y la primavera que no he vuelto a ver

Flor de María Gálvez

agosto 4, 2025 - Actualizado agosto 4, 2025
Flor de María Gálvez

El exilio no es solo la distancia de una tierra; es la fractura de una vida. Lo aprendí en carne propia, a miles de kilómetros de mi hogar, de mi Guatemala. Nos dicen que la primavera es eterna allá, pero mi primavera se interrumpió hace tres años, justo en el momento en que tuve que partir. Y la peor parte del desarraigo no es solo sobrevivir, sino la amarga lección de descubrir quiénes, de verdad, caminan contigo.

En la distancia, las risas de antes se convierten en un eco lejano. Es doloroso ver cómo algunas amistades se desvanecen en el silencio, cómo otras solo se acercan buscando migajas de información. El estigma es un compañero constante. Te señalan, te acusan de huir, como si el exilio fuera una elección y no un acto de desesperación. Cada palabra es una punzada, cada juicio un peso más sobre los hombros.

La soledad del exilio es cruel, y se vuelve insoportable en los momentos de mayor vulnerabilidad. Cuando mi hermano estuvo gravemente enfermo, lejos de mí, sentí una impotencia que aún me lastima, así como a muchas personas que han tenido que ver a sus familiares morir y sufrirlos desde la distancia. ¿Un simple suero para un dengue hemorrágico? La impotencia, la rabia, la desesperación, la distancia… la injusticia. Esa es la realidad que enfrentamos, la indiferencia de un sistema que nos da la espalda incluso en los momentos más críticos.

A veces, siento que mi vida quedó en pausa. Mi proyecto de vida se detuvo y, aunque me levanto cada día, hay mañanas en las que la desesperanza de aquellos primeros meses regresa a mi. El dolor del exilio es una herida que solo quien la ha sufrido puede entender. Y la rabia es la única forma que encuentro para expresarlo, porque es mi única compañía en muchos de mis días. Rabia por lo que me arrebataron, rabia por un futuro que no pude vivir.

Hoy, mi única esperanza es la justicia. Anhelo el día en que pueda ver a aquellos responsables enfrentar las consecuencias de sus acciones. Anhelo que el Estado reconozca el daño que nos han hecho, que se disculpen por su silencio, por su inacción, por habernos obligado a abandonar nuestra tierra.

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