Elon Musk es, sin duda, uno de los políticos más influyentes del mundo. Sí, político. No lleva corbata de senador ni promesas de campaña, pero su proyecto es eminentemente político: tiene una tesis, una estrategia y una táctica política. Claro, también tiene un séquito de admiradores que juran que lo suyo es sólo “innovación”. Como si reinventar el capitalismo subsidiado fuera un simple hobby. Su genialidad tecnológica está basada en un simple juego: saber que comunicacionalmente logra tal atención que siempre tendrá financiamiento después de la siguiente estupidez que fracasa. Y es que la política de Musk se cocina en la comunicación, con la tecnología como fetiche, y en un ecosistema de empresas donde él es amo y señor. Salvo Tesla, sus compañías no tienen directorios fuertes ni regulaciones duras. Son pozos negros en la toma de decisiones, financiados por fondos de grandes tecnológicas o de Arabia Saudita. Es así como Musk es el único vocero de sus empresas y busca ser el único decisor. Un ejemplo de democracia empresarial, donde el único voto que importa es el suyo. A veces parece que Musk leyó “El Príncipe” de Maquiavelo, pero pensó que era un manual de empresa resumido por la inteligencia artificial.
Como buen político de ejercicio en los recovecos, del financiamiento de sus aventuras no sabemos mucho. Dice tener el salario más grande del mundo, pero no es confirmable. Lo que sí está claro que ese salario nunca ha existido, sencillamente porque es imposible. Pero en una época inflamada de ingenuidad, logra aparecer como una promesa de un futuro de película. Lo suyo no es la utopía, sino el apocalipsis donde solo sobrevivirán los ricos, ya sea en Marte o en un lugar aún más lejano. Pero por mientras está preocupado de que le paguen por sus ocurrencias cifras astronómicas. Y es así como el dinero viene de lugares tan misteriosos como la fe en sus promesas. Su imperio flota en la política porque, cuando se miran los números, sus empresas tienden más a las pérdidas que a la rentabilidad. Como todo buen genio del mercado libre que prefiere no decir en voz alta que el mercado solo no le alcanza y que para que funcione necesita ese asqueroso monstruo llamado Estado.
El éxito de Musk, entonces, no se basa en la producción industrial sino en la capacidad de comunicar sueños y negociar rescates estatales. Así, Elon Musk puede proclamarse libertario mientras firma contratos multimillonarios con los gobiernos. Una especie de anarquista que jamás olvidaría cobrar su cheque del Estado. Un anarquista que busca un cargo en el estado. Un anarquista que aprovecha la foto de su producto en la puerta del palacio de gobierno para salir de la crisis de su empresa.
La mayor parte de los políticos tienen enormes conflictos de interés, pero se avergüenzan. No es el caso. Musk carece de esa emoción. Los subsidios, que según Musk corrompen el mercado, han llovido sobre sus proyectos en cantidades siderales. Sin embargo, su talento es hacer que parezca que fue el Estado quien, con su torpeza, lo necesitaba a él. Algunos reciben ayuda del gobierno; otros, como Musk, logran que parezca que ellos son los que están haciendo un favor.
Desde la NASA hasta la defensa norteamericana, pasando por contratos de inteligencia satelital, su negocio nunca ha sido verdaderamente privado. El libre mercado, al parecer, es muy libre siempre que tenga detrás una billetera pública que asegure los riesgos. Y, como todos sabemos, nada dice independencia como tener al Pentágono en marcado rápido.
Su relación política ha sido camaleónica: coqueteó primero con los demócratas y el feminismo woke para, dos años después, dar un portazo y abrazar al Partido Republicano. Apoyó a los palestinos y terminó abrazado con Netanyahu. Apoyó a Ucrania y terminó de vocero de un acuerdo conveniente a Rusia. Musk no tiene ideología, sólo conveniencias. Un pragmatismo tan puro que haría sonrojar a un camaleón de feria.
Predije hace años que Musk buscaría un gran medio de comunicación. No tardó mucho en adquirir Twitter, hoy X, para salvar, supuestamente, la libertad de expresión. Claro, salvarla del mismo modo en que un pirómano “salva” un bosque llevándose un par de árboles para plantarlos en su jardín.
Su cruzada contra los sindicatos y las regulaciones es feroz. Ha contratado a expertos en destruir regulaciones, como un Napoleón del mercado que detesta cualquier tipo de Waterloo laboral. La verdadera revolución industrial del siglo XXI parece, consiste en volver a las condiciones laborales del siglo XIX. Es la generación que ha convertido el despido en una virtud cardinal.
En política internacional, su brújula moral oscila según el viento. Apoyó a Ucrania al inicio de la guerra con Rusia, pero no dudó en cortarles el acceso a internet en un ataque crucial que habían tardado en planificar hacia los puestos rusos de Crimea. La culpa no es solo de él: dejaste a un privado conociendo todo lo que estabas haciendo. Y, además, dejaste a un hombre de la oposición a cargo de las acciones del gobierno norteamericano de turno. Musk brindó internet a Gaza, generando sospechas de apoyo a Hamas, para después reunirse sonriente con Netanyahu. La coherencia, en su caso, sólo molesta la velocidad de las negociaciones.
Proclamando su odio al “Estado profundo”, su ácida crítica a la gestión pandémica y al pensamiento woke, Musk ha dibujado su identidad política sobre la base del emprendimiento y la ideología de la técnica como salvadora. Claro, su idea de mérito empieza después de recibir un par de miles de millones en ayudas estatales. Nada más meritocrático que una red de seguridad dorada.
Ha tenido roces incontables con autoridades políticas de todo el mundo, investigaciones abiertas sobre el funcionamiento de Starlink, revisiones sobre basura espacial de NASA y problemas legales en varios países. Eso sí, en cada conflicto internacional logra salir en las fotos como si acabara de inventar la paz mundial. Porque Musk es un genio comunicacional. Y sus habilidades políticas se limitan a sus propios intereses. Trump es un ser de luz al lado del egoísmo de Musk.
Elon Musk ha abierto el debate sobre el poder de los privados en el mundo. Y lo ha hecho a la antigua usanza feudal: sin necesidad de la bendición papal, pero feliz de recibir contratos públicos como quien acepta indulgencias plenarias. Si alguien pensaba que el feudalismo había muerto, Musk demuestra que sólo cambió los castillos por servidores.
En los últimos años, ha abrazado el aceleracionismo: la idea de que todo debe colapsar para que surja un nuevo orden tecnológico. Un pequeño detalle: ese nuevo mundo, devastado y reconfigurado, estaría dirigido, casualmente, por tipos como él. De hecho, por él y sus socios (no digo amigos, porque ese término puede ser inapropiado). El Apocalipsis, versión Silicon Valley: destruiremos todo para salvarnos… nosotros mismos, por supuesto.
Así es Elon Musk: el político que odia a los políticos, el empresario que desprecia al Estado mientras firma contratos con él, el libertario que vive del subsidio. O, dicho de otro modo, un auténtico héroe de nuestro tiempo.
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