La Asamblea Legislativa salvadoreña, dominada por Nuevas Ideas, aprobó una reforma que permite la reelección presidencial indefinida, extiende el mandato a seis años, elimina la segunda vuelta y sincroniza todas las elecciones para 2027 — todo en una sola jugada exprés, sin discusión, con 57 votos a favor y solo tres en contra. Así de simple. Sin más; algo así deberían ser las sesiones plenarias acá.
No hubo ningún tipo de consulta, debates ni necesidad de complicarse con tecnicismos como la separación de poderes o el Estado de derecho. Se votó, se ratificó, y el Salvador del siglo XXI quedó listo para que el poder ejecutivo se sirva a la carta. Si usted, estimado lector, desea ver cómo se establece un “presidente eterno” con una coartada legal, solo cambie a los jueces, haga que declaren que la reelección es un derecho humano, y luego eliminen cualquier restricción formal en la Carta Magna. ¿Qué más es necesario?
La diputada Ana Figueroa, de Nuevas Ideas, explicaba que esto le devuelve el poder total al pueblo —¿qué pueblo?—-, aunque todo indica que el poder se queda en la misma oficina y en las mismas manos. La oposición se limitó a gritar desde sus tres curules vacías de influencia. Una diputada de ARENA, dijo que con esta reforma la democracia en El Salvador ha muerto, y no se equivocó: murió, fue enterrada y encima le colocaron una estatua del estimado presidente como lápida.
Organizaciones de “derechos humanos” y los medios no tardaron en reaccionar y gritar. Human Rights Watch denunció la destrucción sistemática de la democracia salvadoreña, mientras ONGs que han sufrido ya el exilio administrativo han advertido que esta reforma abre la puerta al autoritarismo sin retorno. Pero, en una democracia sin contrapesos, las advertencias suenan como ecos.
Si alguna vez ha dudado que El Salvador se encaminaba hacia un modelo perpetuo y hasta tétrico, tras esta reforma ya no hay necesidad de dudas.
La legalidad terminó en jaula, y la democracia quedó mirando por el cristal.
Bukele cae en un bucle, y el bucle recae nuevamente en Bukele. ¿Para qué fingir institucionalidad cuando el espectáculo va lleno y el público aplaude de pie? Lo que preocupa, no es solo el acto, sino la ovación. La narrativa oficial ha logrado que la democracia parezca algo molesto, burocrático y elitista —e incluso ya lo he visto así—. En cambio, se presenta la figura del “líder necesario” como un remedio místico: el pater, el guardián, el CEO y el dictador más cool del mundo.
Un algoritmo de poder sin fecha de caducidad.
Por ahora, sigamos observando al mesías salvadoreño (raramente se parece más a Jesucristo mismo). Aplaudiendo, claro, no sea que estemos a punto de convertirnos también en parte del decorado.
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