En los tiempos turbulentos, la idea de la resistencia es parte de la sobrevivencia colectiva. Mientras tratamos de terminar de poner en cuestión la mediocridad y la mentira que nos ha traído hasta aquí, en el despertar en una realidad convertida en pesadilla, tenemos que traer desde el futuro todo o lo poco que verdaderamente hemos aprendido. Para los mayas el tiempo es circular, cuestionando la idea de la línea del tiempo y del progreso; sus valores, aunque los creemos del pasado, nos hablan del único futuro.
Buscamos lecturas de la vida, ángulos, pronósticos, pero toca, como dice un amigo uruguayo, hacer como los monjes en los monasterios en la Edad Media, esa época que hoy se decreta como si fuera el porvenir. Los monjes protegieron el tesoro de tantas sabidurías, mientras las guerras asolaban los pedazos de lo que en el futuro sería Europa. Lo hicieron con la paciencia y la convicción, transcribiendo libros a tinta, despacio y con esa suave firmeza que junta el espíritu y el trabajo.
Vivimos en tiempos que conjugan la Edad Media y el nazismo. En Diálogos sobre refugiados, de Bertolt Brecht, dos refugiados dialogan en una estación de tren en el exilio de Alemania en 1940. Como están en guerra, miran también siempre hacia los lados, aunque estén en Finlandia. En El gran dictador, de Charlie Chaplin, el mundo es un gran globo que pasa de una mano a un pie, en una metáfora de lo que ya está aquí.
Los refugiados hablan de las ventajas del desorden, de la desobediencia que ha salvado a miles de personas. Uno de ellos, Kalle, dice que en la guerra un ligero incumplimiento bastó muchas veces para que una persona escapase con vida. Porque la orden era de bombardear un edificio y el aviador pensó en las futuras víctimas que estaban tiritando debajo de su botón de descarga de bombas, y él también tembló porque no estaba hecho para ver la virtud de apegarse al orden. La ideología del orden está en el discurso de todas las dictaduras.
En este mercado emergente de las personalidades autoritarias, la codicia es la hermana del desprecio, y el garrote de quien manda en ese mercado es el miedo. Conocí en Colombia militares que, en épocas de permiso para la muerte, se negaron a seguir órdenes o inercias de ejecutar a un detenido indefenso. Fiscales se negaron a dejar la investigación tirada en el polvo del tiempo. Investigadores del CTI que se tomaron en serio su trabajo y no acudieron al llamado de cerrar filas para dejar paso a la impunidad, a algunos les costó la vida. A algunas de estas personas que dijeron no, les cortaron su carrera; otras fueron amenazadas y esa ética también tiene su parte de exilio; las llevó a tener que dejarlo todo para no dejarse a sí mismas, como dice María Zambrano.
En Guatemala, hay periodistas que dijeron no al mandato de mentir o de callar; Rubén Zamora lleva tres años en la cárcel por eso. Líderes comunitarios mayas que no se dejaron llevar por la voz del silencio están detenidos o en el exilio. También fiscales, jueces, investigadores, policías que hicieron bien su trabajo, personas que se negaron a recibir dinero o a dejar las cosas como están, precisamente para que sean. He entrevistado a muchas de ellas y me he quedado con esa pregunta que traspasa el exilio en tantos países: ¿qué país sería, con ellas y ellos dentro, con su enorme valor, y que ahora están en el exilio? La definición de la resistencia es no tener precio. Así no hay forma de comprar ni la colaboración ni el silencio.
En estos tiempos viejos que quieren imponerse como futuro, vivimos días de órdenes y dedos que señalan aquí y allá, insultos y desprecios, redes antisociales; en esta cultura de la coacción y la amenaza, nos queda ser conscientes de la fuerza de una palabra: “no”. En la ecuación de gobiernos y economías de la codicia, falta siempre una variable que lo cambia todo: la gente, el pueblo, tú y yo.
Ahora que creemos que todo lo vemos y que nada podemos, toca tomar distancia y tener tiempo para un sentimiento siames. Uno del que nos habló Virginia Wolf, el de la extrañeza en la guerra en la que no nos reconocemos. Y el otro, que nos dice que en todo este discurso de barbarie, donde se trata de acabar con los derechos humanos, en realidad los derechos de los otros, el único antídoto es ampliar el círculo del nosotros.
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