Existen dos maneras de posicionarse ante la realidad nacional; el desafío frontal al sistema, con todas las dificultades que ello implica, o la complicidad con una estructura diseñada para perpetuar la desigualdad. Mientras unos buscan la transformación desde la búsqueda de la verdad y el bien común, otros se acomodan para asegurar sus privilegios. En este sentido, Zamora y Arévalo personifican estas trayectorias divergentes, cuya contraposición resulta esencial para reflexionar.
La valentía de figuras como José Rubén Zamora pone de manifiesto la vulnerabilidad de quienes deciden no callar, frente a las represalias del poder, es impresionante incluso cuando el costo de su integridad física está en juego, llegar al punto de ser privado de su libertad, es un costo muy alto que se debe pagar en Guatemala. Actuar de forma correcta y ser integro, es un riesgo inminente, que pocos están dispuestos a resistir.
Periodistas, estudiantes, ex operadores de justicia y autoridades de pueblos originarios constituyen los pilares de una resistencia legitima, frente a un Estado que promueve la criminalización sistemática, es repugnante notar la forma en que las mafias trabajan desde las cortes.
Por otro lado, se observa en la gestión del presidente Bernardo Arévalo de León una tendencia recurrente a la tibieza excesiva, priorizando la aceptación de las elites empresariales tradicionales por encima del interés superior de la nación. Una de las decisiones de su mandato fundamentales (elección de magistrados a la Corte de Constitucionalidad) ha servido como evidencia de los sectores a los que realmente responde. Tras este proceder, las expectativas sobre la gestión de Arévalo se ven reducidas, al proyectar la imagen de una presidencia subordinada, postergando así las necesidades del pueblo.
La coyuntura nacional exige analizar la idoneidad de quienes nos representan, el perfil que necesitamos es el de un líder capaz de anteponer el bienestar general a las agendas de grupos minoritarios de poder. Más que políticos de turno, la sociedad reclama cuadros técnicos y éticamente preparados, cuya gestión se base en el respeto irrestricto al Estado de derecho, los grupos empresariales históricamente han priorizado sus intereses sobre el bien común. Ante eso, es imperante contar con gobernantes convencidos en trabajar por una administración pública libre de presiones.
El legado del binomio Arévalo-Herrera, quizás carezca de grandes escándalos de corrupción de sus predecesores, ha consolidado en gran manera al statu quo de los poderes fácticos. Por lo que, la utilización del nombre del expresidente Juan José Arévalo Bermejo resulta, en este contexto, un insulto a ese legado democrático reformista cuando el gobierno actual se limita a administrar el sistema sin proponer una sola reforma de fondo.
Ante la realidad que atravesamos, no parece que lleguemos a apreciar la primavera prometida, más bien, estamos presenciando un ciclo más del Estado que nos oprime, excluye y mantiene en constantes crisis. La tibieza no debe ser una característica de un mandatario que busca cambios reales, la tibieza no es aceptable ni siquiera en una taza de café.
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