La desconfianza como sistema político

Hugo Maul R.

noviembre 10, 2025 - Actualizado noviembre 9, 2025
Hugo Maul R.

En Guatemala, la paranoia dejó de ser una patología individual para convertirse en un mal colectivo. En su sentido clínico, la paranoia es un trastorno de pensamiento caracterizado por la desconfianza extrema, la interpretación hostil de las intenciones ajenas y la creencia de que uno es objeto de persecución o conspiración. En un sentido político o social, el término se usa como metáfora de una patología colectiva: una sociedad o grupo que vive interpretando cada acto del otro como una amenaza.

La paranoia distorsiona la realidad. El paranoico no inventa hechos; los selecciona e interpreta bajo un patrón persecutorio. Del mismo modo, una sociedad paranoica no miente deliberadamente, pero interpreta toda acción del adversario como parte de un plan oculto. La paranoia sustituye la razón por el miedo. Toda desconfianza se convierte en necesidad de “purificar” o “salvar” algo. En el contexto político, esa ansiedad se traduce en polarización. La paranoia impide el diálogo. Si creo que el otro actúa con mala fe, no tengo motivos para negociar ni confiar. Eso paraliza la acción colectiva y erosiona las instituciones: nadie coopera si teme ser traicionado.

Como sociedad, se reacciona antes de pensar; se sospecha antes de escuchar y; se levantan trincheras donde deberían tenderse puentes. La vida pública, tanto política como social, se mueve más por el miedo y la desconfianza que por la búsqueda de acuerdos. Cada actor político, económico o social se ha acostumbrado a ver en el otro una amenaza, no un interlocutor. Y como en toda sociedad anómica, el conflicto ya no se procesa institucionalmente, sino emocionalmente: el adversario no se vence con argumentos, se destruye moralmente. El país se ha convertido en un ecosistema de sospechas. Dentro de las élites económicas muchos creen que toda política redistributiva es comunista; dentro de los sectores progresistas muchos creen que todo empresario es corrupto; el Estado teme a la sociedad civil, y la sociedad civil teme al Estado. En este ambiente, cualquier reforma se vuelve un campo de batalla ideológica. Nadie quiere discutir los detalles técnicos o económicos: lo que importa es de qué lado está cada uno en el nuevo mapa tribal.

Esta es la paradoja: un país que clama por Estado de Derecho, pero que no confía en sus instituciones; que exige justicia, pero no cree en los jueces; que reclama inversión pública, pero sospecha de toda obra pública. Así, la paranoia política paraliza el desarrollo igual que la corrupción. Porque si todo el mundo teme ser traicionado, nadie invierte capital político ni económico en proyectos de largo plazo. El resultado es un Estado al que le cuesta gobernar y un sector privado al que le cuesta hacer crecer sus negocios; ambas partes atrapadas en la supervivencia de corto plazo. La desconfianza se convierte en un impuesto invisible sobre cada decisión. El empresario teme al funcionario, el funcionario teme al juez, el juez teme al periodista. Nadie teme al fracaso colectivo.

Por eso, más que un problema moral, la crisis guatemalteca es un problema de confianza. En Guatemala, los de un extremo prometen salvar al país del comunismo; los del otro extremo, de la corrupción. En ambos casos, la salvación requiere eliminar al otro. Más que salvarse de las amenazas de sus enemigos, Guatemala necesita salvarse de sí misma. Como advirtió Hannah Arendt, las ideologías son historias que explican el mundo como si su fin fuera inevitable: cada una promete redención a cambio de obediencia. Ningún proyecto nacional puede construirse desde la paranoia, porque la paranoia destruye la posibilidad misma del pacto. La confianza no se decreta ni se impone: se cultiva con instituciones que funcionen, leyes que se cumplan, liderazgos que no mientan y ciudadanos que no renuncien al pensamiento crítico.

Quizás la gran tarea política de esta generación no sea derrotar a ningún enemigo, sino reaprender a confiar. Volver a creer que el diálogo no es un síntoma de debilidad, sino de madurez; que el desacuerdo no implica traición. Recomendaciones que, en un país donde las instituciones han sido capturadas una y otra vez, suenan naíf pero que apuntan al corazón del asunto: no se pueden ofrecer soluciones mágicas porque no las hay. La confianza no se reconstruye con discursos ni con leyes nuevas; se reconstruye con pequeñas victorias repetidas donde alguien cumple lo prometido y no es castigado por ello. Y eso requiere liderazgos que estén dispuestos a pagar el costo político de tender puentes en vez de quemarlos.

De no hacerlo,  como recordaba Dahrendorf,  cuando se cae en una “anomia vigilante”, la pérdida de normas compartidas conduce a una vigilancia constante entre los actores. Nadie confía porque todos saben que el sistema no protege a nadie. En palabras de este mismo autor, una democracia sin demócratas no necesita enemigos para autodestruirse: se basta a sí misma.

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