¿Alguna vez se han preguntado qué significado real tiene el progresismo o “ser progre”? Me imagino que sí, ya que estos términos están muy en boga, sea a favor o en contra. En este bello terruño tropical, un buen número de personas lo asocian con la llamada “izquierda rosa”, aunque, por supuesto, hay muchos matices, coloridos y descoloridos.
Para aquellos con una formación marxista, el progre no es más que un conservador que, en apariencia, tiene cierta conciencia social. A su vez, para quienes profesan el liberalismo, el progre es una modalidad para no sonar tan troglodita. Algo así como decir: “soy una buena persona y no estoy de acuerdo con todo lo que promueve e implanta el capitalismo, pero jamás seré un chairo”.
La expresión más socorrida -por cómoda- es la de aquel que reniega de la izquierda o de la derecha, definiéndose pomposamente como de centro, ignorando que, en el plano cartesiano, el centro no es más que un punto de partida, o sea, nada. Otra variante, muy cómica es: «no soy ni de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario».
Según la opinión popular, a nivel nacional, los ejemplos de progres podrían ser: Vinicio Cerezo, Álvaro Colom y el actual presidente. A nivel internacional, podemos mencionar a Xiomara Castro en Honduras, Gabriel Boric en Chile o Pedro Sánchez en España. La jerga común los califica como: un poquito a la izquierda, pero no tanto que luego resulten peligrosos para el Establishment.
Ante la variedad de interrogantes sobre este tópico, decidí elaborar un breve análisis técnico, lo más sencillo posible. Algunas referencias bibliográficas nos dicen que el progresismo es una doctrina política y social que defiende las ideas avanzadas, en especial aquellas que propugnan el estado de bienestar, el desarrollo cultural, la defensa de los derechos civiles y un cierto reparto de la riqueza. Como se puede advertir en esta definición, el concepto se diluye en algunas reformas sin posturas radicales. Otras fuentes nos dicen que es la adhesión a prácticas o principios ligados al liberalismo y, actualmente, a tendencias socializadoras o cuando menos, innovadoras en algún aspecto de la vida social.
La cuna del concepto surge dentro del partido demócrata en Estados Unidos, siendo famosa la disputa entre Hillary Clinton y Bernie Sanders, cada uno, queriendo arrogarse la denominación de progre. Como nota aparte, en cuanto a partidos políticos en EE.UU. se refiere, para muchos ingenuos, los demócratas son de izquierda y los republicanos de derecha, clasificación que no comentaré, por burda.
Otras tendencias asocian el progresismo con las posturas políticas de una supuesta nueva izquierda, así como con ideas y actitudes de bondad social y multiculturalismo, coexistiendo bandos autoritarios o libertarios. Al respecto me viene a la mente la graciosa autodefinición política del expresidente argentino Alberto Fernández: “Soy de la rama del liberalismo progresista peronista” y agregó: “el Estado debe estar muy presente para equilibrar lo que el mercado desequilibra».
Esta ambigüedad conceptual se debe a la convergencia de varias doctrinas filosóficas, éticas y económicas que provienen de la socialdemocracia y el socioliberalismo. Los progresistas persiguen principalmente la libertad personal; por ello, fomentan reformas en lo socioeconómico, lo político y lo institucional, con lo cual pretenden profundizar en la libertad del individuo ampliando sus capacidades dentro de la sociedad, a lo que denominan libertad positiva. Sin cambiar drásticamente la realidad, el progresismo propone que el Estado o el mismo conglomerado social, generen condiciones que permitan a las personas, superar paulatinamente (muy importante la velocidad) la desigualdad social por medio de procesos inclusivos, lo que, por supuesto, solo beneficia a unos cuantos.
Más que una postura política, el progresismo se centra en lo socio-moral, aunque esto devenga en una posición política al final, la cual, se entiende como pragmática y por ello, más cercana a lo conservador y de derechas. Sin perjuicio, claro está, que algunos lo ubiquen en el llamado centro-izquierda, como ya se apuntó. El escenario en el que se da el auge progre, es la batalla cultural.
En síntesis, la ontología del progresismo se basa en afirmaciones como: Siempre el futuro es mejor que el presente y el pasado; debemos ir hacia adelante, nos dicen, siguiendo el ejemplo de la tecnología, que se desarrolla exponencialmente brindando progreso. Aclaran, eso sí, la importancia de los valores centrados en el ser humano, para que ese empuje no se salga de las manos. Parodiando a Hegel, el futuro sería una autopista hacia la bueno.
En todo progresismo hay una utopía; todo aquel que se opone a los cambios, es enemigo del futuro, el nuevo enemigo de paja. Si no se está de acuerdo, lo que nos mueve es el miedo al futuro, ya que este está representado por el progreso, hasta llegar a una utopía (un mundo feliz), un pensamiento único basado en la razón humana. En términos de gobernanza, los progres se decantan por una administración tecnocrática y no popular, donde priven los mejores, los más aptos y calificados académica e intelectualmente. Sin embargo, en laboratorios como en Guatemala, los espacios no los consiguen los mejores, sino los adeptos, mejor si son millennials o centennials, con habilidades demostradas en redes. Como corolario, el progre afirma que la realidad no existe, porque es una construcción social.
Espero que, a estas alturas, usted tenga claro que el progresismo no tiene nada que ver con posturas revolucionarias que propugnen el cambio del modelo económico y la estructura de desigualdad que impone. En realidad, es una mezcla de ideas que no aterrizan, pero que le dan oxígeno al sistema imperante. Es una herramienta estratégica para hacer creer que la prosperidad está en el futuro, no en el presente, como un espejismo que nunca se alcanza…
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