El llamado que nos hace la encíclica Magnifica Humanitas

Marcos Fonseca

junio 6, 2026 - Actualizado junio 5, 2026
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La encíclica Magnifica Humanitas de León XIV constituye, sin duda, una de las intervenciones más importantes que la Iglesia católica ha realizado sobre la inteligencia artificial (IA) desde el surgimiento de las tecnologías digitales contemporáneas. Pero su relevancia excede con mucho la cuestión técnica de la IA. En realidad, se trata de una reflexión integral sobre la condición humana en una época marcada por la expansión de lo que en varios trabajos hemos llamado el capitalismo post-humanista.

Lo primero que llama la atención es que León XIV no aborda la IA como una herramienta aislada, puramente técnica, sino como parte de una transformación civilizatoria. La pregunta central de la encíclica no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué tipo de humanidad emerge cuando las tecnologías digitales, los algoritmos y las grandes corporaciones tecnológicas comienzan a reorganizar la vida social, económica, política y cultural en torno a la IA. En este sentido, la encíclica se distancia de las visiones tecnoutópicas – más todavía de las tecnofascistas – predominantes en Silicon Valley y se sitúa explícitamente en continuidad con la crítica del “paradigma tecnocrático” desarrollada por Francisco en Laudato Si’.  

Desde una perspectiva filosófica, el texto identifica el problema fundamental de la transformación de la técnica en criterio supremo de racionalidad. Cuando la eficiencia, el cálculo y la optimización se convierten en los valores dominantes, la persona deja de ser un fin en sí misma para convertirse en un objeto administrable. León XIV advierte que la técnica deja entonces de ser instrumento y pasa a convertirse en una lógica de organización del mundo. Esta observación es extraordinariamente importante porque coincide con muchas de las críticas desarrolladas por la Escuela de Frankfurt, la teoría crítica y, más recientemente, por las corrientes críticas que analizan el “capitalismo red” y su transformación digital.

Sin embargo, la encíclica va más lejos. Su diagnóstico no se limita a la tecnocracia y lo que ahora Washington mismo designa con el nombre oficial de “Pax Silica”. Identifica explícitamente al transhumanismo y al posthumanismo como narrativas ideológicas que acompañan la revolución digital contemporánea. León XIV sostiene que estas corrientes constituyen el trasfondo cultural presente en algunos de los principales centros de poder tecnológico y que están colonizando el imaginario colectivo mediante la promesa de una humanidad mejorada, aumentada o fusionada con la máquina.  

Aquí es donde la encíclica entra directamente en diálogo con el análisis del capitalismo post-humanista. Lo que el Papa describe como “trasfondo ideológico” puede interpretarse como la superestructura cultural de una nueva fase del capitalismo. No se trata únicamente de una transformación tecnológica. Estamos ante una transformación antropológica impulsada por nuevas formas de acumulación de capital. El objetivo ya no es simplemente explotar el trabajo humano, sino redefinir la propia condición humana como plataforma de innovación, optimización y valorización económica. Esta transformación del capitalismo también pone en cuestión la continua validez de la teoría marxista del valor como concepto metodológico central de una economía política crítica del capitalismo post-humanista emergente.

La crítica papal es especialmente aguda cuando señala que el problema ya no es la tecnología en sí misma, sino la nueva visión antropológica que la orienta. Cuando el ser humano es concebido como materia imperfecta susceptible de ser mejorada, optimizada o eventualmente superada, se abre la puerta a nuevas formas de dominación y exclusión. Algunos/as serán considerados más eficientes, más mejorables o más valiosos que otros/as. El resultado va a ser una nueva jerarquización biopolítica de la humanidad en nombre del progreso y, particularmente, la IA.

Desde el punto de vista teológico, la respuesta de León XIV es profundamente cristológica, entendida esta cristología como una forma radical, incluso ecológica, de humanidad. Frente a la promesa transhumanista o post-humanista de trascender la condición humana mediante la tecnología, la encíclica propone una concepción alternativa de trascendencia basada en la Encarnación – la opción de vivir en corporalidad, es decir, en la red de la vida real y material. El ser humano no encuentra su plenitud superando su humanidad, sino profundizándola en la “casa común”. La fragilidad, la dependencia, la vulnerabilidad y la relacionalidad no son defectos que deban eliminarse, sino dimensiones constitutivas – impurezas naturales – de la existencia humana. Permanecer en esas impurezas es permanecer en la humanidad.

Este argumento también posee una enorme importancia filosófica. El Papa rechaza la identificación moderna entre progreso y eliminación de límites o impurezas. La condición humana es finita, impura y frágil. El límite y la fragilidad no son una falla del sistema. Son una dimensión constitutiva de la libertad y de la convivencia. En este punto la encíclica constituye una crítica frontal no solamente al transhumanismo o post-humanismo, sino también a buena parte del imaginario moderno basado en la expansión ilimitada, el crecimiento infinito y la dominación técnica de la naturaleza.

Políticamente, uno de los aportes más importantes del documento papal es su análisis del desplazamiento del poder desde los Estados hacia actores tecnológicos privados. León XIV reconoce que las principales fuerzas que impulsan la innovación ya no son los gobiernos, sino corporaciones transnacionales que poseen recursos y capacidades superiores a muchos Estados. El poder tecnológico adquiere así un carácter predominantemente privado y empresarial, dificultando su control democrático y su subordinación al bien común.  

Este diagnóstico es notable porque coincide con la crítica al discurso de la Pax Silica y la nueva arquitectura tecnofascista de la subalternidad. La encíclica no utiliza esos términos, pero reconoce claramente que la concentración de poder tecnológico plantea desafíos inéditos para la democracia, la justicia social y la soberanía política sobre todo en la época del trumpismo y el neoimperialismo.

Otro aspecto fundamental es la relación entre verdad y democracia. Aunque la encíclica desarrolla este tema más adelante, la estructura general del texto sugiere que la crisis de la verdad – que implica también el surgimiento de la posverdad – está íntimamente ligada a la transformación digital y el auge de la IA. La manipulación algorítmica de la información, la colonización del imaginario colectivo y la mercantilización de la atención aparecen como amenazas fundamentales para la deliberación democrática.

Finalmente, el símbolo central de la encíclica resulta extraordinariamente poderoso, es decir, la oposición entre Babel y Jerusalén. Babel representa la fantasía tecnocrática de uniformidad, control y autosuficiencia. En su forma más extrema, estamos hablando de varios proyectos de ciudades privadas, “ciudades modelo” (o charter cities) y Zonas Económicas Especiales (ZEE) en el mundo que comparten la misma filosofía de Próspera en Honduras. Pero, según el manifiesto de Palantir, la misma lógica debe aplicársele a los estados mismos. Jerusalén, en contraposición a Babel y proyectos como Próspera, simboliza la reconstrucción comunitaria basada en la pluralidad, la solidaridad y la responsabilidad compartida en el contexto de nuestra “casa común”. La elección entre ambas no es tecnológica sino civilizatoria.

Magnifica Humanitas debe leerse como la primera gran crítica teológica sistemática del capitalismo post-humanista. Su importancia no reside únicamente en advertir sobre los riesgos de la inteligencia artificial, sino en identificar el proyecto antropológico que subyace a ella, es decir, una concepción de la humanidad reducida a dato, rendimiento, optimización y control. Frente a ello, León XIV propone una defensa radical de la dignidad humana, del límite, de la comunidad, de la ecología y de la trascendencia como una dimensión imprescindible de lo sublime dentro de nuestra fragilidad y limitación humana. Es, en muchos sentidos, una encíclica contra la colonización tecnológica de la condición humana y una defensa de lo humano frente a las nuevas formas de dominación digital bajo el mando emergente de la inteligencia artificial.

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