Provocatio: El lado humano de un ícono II

“Oliverio evidencia a alguien que amaba mucho la vida y que la sacrificó porque creía en lo que creía (sic) y era coherente entre sus creencias y lo que hacía (…) él era un hombre refinado, nunca perdió eso y no tenía por qué perderlo tampoco, pues su sencillez le permitía juntarse con cualquier persona”, recordó Angélica Alarcón). Rebeca Alonso finalizó diciendo: “Marcó las cualidades, las características, los principios que debe tener un verdadero líder: Franqueza, honestidad, convicción, transparencia de sus actos…”

José Alfredo Calderón E.

octubre 31, 2025 - Actualizado octubre 29, 2025
José Alfredo Calderón E.

En la primera parte sobre este tema, quise resaltar el aspecto tan consecuente y coherente que rodeó –y cómo esto influyó– en la niñez y adolescencia del líder estudiantil Oliverio Castañeda de León, quien fuera, como todos sabemos, vilmente asesinado.  Su preocupación por los demás fue una vocación innata, a lo largo de su corta vida. 

Al respecto, doña Chusita nos refirió esta anécdota: “Al Colegio Americano llegaban niños de institutos a los que les daban becas; pero él los ayudaba.  Una vez se enfermó uno de ellos y él hizo una colecta entre sus compañeros para llevarle un médico”. Ya en la vida universitaria, esos valores fraternales continuaron, según lo confirma uno de tantos testimonios: “Él era tan solidario y tan humano; si alguien le decía que no tenía para la camioneta y él no tenía plata, le pedía prestado a otras personas –sus amigos– para ayudarlos. A mí me pidió prestado varias veces para ayudar a otros”, nos relató Rebeca Alonso, su compañera y amiga.

A Oliverio le gustaba el futbol y el arte, además de haberse caracterizado siempre por ser un excelente estudiante.  En cuanto al futbol, aunque le gustaba mucho, nunca descolló como jugador. Doña Chusita comentó: “No tuvo la habilidad de otros para los deportes, mientras sus hermanos andaban en dos patines, él los perseguía solo en uno.  No aprendió a nadar porque era muy catarriento (sic).  Yo siempre lo excusaba de las clases de natación porque se me podía enfermar”.  Tal era su amor por el futbol, que lo canalizó mediante su afición por el Club Tipografía Nacional al cual ayudaba mensualmente con una pequeña aportación. Cuando Oliverio murió, sus padres siguieron contribuyendo con dicha cuota, como aferrándose al recuerdo del hijo que les dio tantas alegrías, pero también un terrible dolor con su trágica partida.

Oliverio tenía fama de culto y educado, comentaba su novia Angélica Alarcón, lo que se evidenciaba en él, de forma natural. Sus amigas le decían a doña Chusita cómo en los eventos a los que asistía, la mayoría de personas se quedaban sentadas sin saludar a quienes ingresaban, mientras que Oliverio siempre se levantaba y les cedía el asiento a las damas, en una actitud amable, de respeto y caballerosidad.

La relación con sus hermanos era excelente.  Al mayor, Gustavo, lo admiraba y quería mucho: “Me decía: ‘mamá voy a arreglar el cuarto porque si no, va a venir Tavo y me va a regañar’; si había pleitos, él siempre estaba fuera de ellos”.

Oliverio era “comelón”, delgado y, de pequeño, muy enfermo, aunque de grande muy sano.  La comida típica de Zacapa le encantaba, también la italiana, aunque no siempre podía darse esos gustos, pues ya en pleno ejercicio dirigencial, no tenía trabajo y por ello casi nunca disponía de dinero y no quería recurrir a sus padres.  “Recuerdo su último cumpleaños cuando le compramos, con un amigo, un postre que tanto le gustaba: el pie de higo de Los Tilos. Le gustaba ir a comer a un lugar donde hubiera buena música, era un hombre de detalles (…) le gustaban los helados, los pasteles, (…) otra de las cosas que le gustaba era el baile, era un pésimo bailarín, pero igual se metía a bailar y dar brincos…” Rosa María Alejos, entrevistada.

Pero el rasgo más significativo y señalado por todos, era su buen humor. Cuando le preguntaban: ¿Y usted en qué anda? él siempre contestaba: yo en camioneta ando.  Solía bromear hablando con el acento de Zacapa, casi todo lo tomaba a chiste; cuando su mamá lo regañaba, siempre contestaba algo que la hacía reír.  Doña Chusita cuenta que, para un cumpleaños, le dijo a Oliverio: “Bueno, ¿y usted no me va a dar un abrazo? estoy cumpliendo años”, él se acercó, la abrazó y le dijo: “Usted ya está logradita”. 

La responsabilidad era otro de sus méritos relevantes, se dedicó por completo al estudio y su trabajo como dirigente estudiantil y social. Era una persona exageradamente comprometida y madura para la escasa edad que tenía, tal vez era demasiado adulto; incluso en otra ocasión de su cumpleaños, no lo quiso celebrar, porque tenía una reunión de trabajo –nos refieren sus compañeras y amigas–.  “El presentía lo que le iba a pasar, pero era tan responsable que aún recuerdo que, cuando ya se sentía muy amenazado, él se apartaba: ‘Vos, no te vengás conmigo, no quiero que estés conmigo porque esto es muy peligroso”. 

Se fue apartando de su familia, casi no se veían, quería protegerlos de cualquier represalia.  Tal su nobleza y consciencia, que evitó que otros salieran dañados, incluso en el momento de su muerte lo demostró –nos contó Rebeca Alonso – , quien era la persona que estaba con él en el momento que, desde el carro Bronco, los esbirros empezaron a disparar. En el acto, la empuja y sale corriendo hacia el Pasaje Rubio, con el objetivo de apartarse del grupo de compañeros y amigos que siempre lo seguía, evitando así que otros murieran.

Dos testimonios más reiteran su altísimo talante ético y humano: «Oliverio evidencia a alguien que amaba mucho la vida y que la sacrificó porque creía en lo que creía (sic) y era coherente entre sus creencias y lo que hacía (…) él era un hombre refinado, nunca perdió eso y no tenía por qué perderlo tampoco, pues su sencillez le permitía juntarse con cualquier persona», recordó Angélica Alarcón. Rebeca Alonso finalizó diciendo: «Marcó las cualidades, las características, los principios que debe tener un verdadero líder: franqueza, honestidad, convicción, transparencia de sus actos…»

¡Hasta siempre Oliverio! El niño que creció muy rápido, entregó su corazón al futuro y logró la inmortalidad con su frase paradigmática: «¡Mientras haya pueblo, habrá revolución!»

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