Todo lo que era sólido se ha desvanecido: policrisis, obsolescencia y la urgencia de una articulación democrática

Marco Fonseca

enero 3, 2026 - Actualizado enero 2, 2026
Marco Fonseca

“Todo lo que era sólido se ha desvanecido en el aire”. La conocida fórmula marxiana, retomada una y otra vez para describir los efectos desestabilizadores de la modernidad capitalista, adquiere hoy un sentido renovado y radical. No se trata únicamente del agotamiento del régimen de globalización neoliberal tal como se desplegó desde finales del siglo XX desde los centros históricos del capitalismo hasta sus periferias más remotas, sino también del colapso progresivo del horizonte normativo y político que lo acompañó: la democracia liberal-electoral como forma hegemónica de organización del poder, la representación y la legitimidad. Hoy estamos frente al auge de un nuevo sistema-mundo piloteado por el tecnofascismo y el neoimperialismo.

Durante al menos cuatro décadas, la globalización neoliberal prometió crecimiento, modernización, inclusión gradual y convergencia. En América Latina, esta promesa fue traducida, con matices, tanto por proyectos abiertamente neoliberales como por variantes progresistas que buscaron “corregir” el mercado con políticas sociales focalizadas, reconocimiento cultural limitado y una ampliación restringida de derechos. La forma más avanzada de esto fue la “marea rosada” de fines de los 90s que hoy ha quedado completamente exhausta. Por tanto, ese horizonte no solo se ha mostrado incapaz de cumplir sus promesas de cambio estructural, sino que hoy aparece profundamente desfasado frente a la magnitud y la naturaleza de las crisis en curso. En algunos casos, al dejar intactos los procesos hegemónicos y estructuras fundamentales, el progresismo ha creado las condiciones para el despliegue de restauraciones autoritarias.

Nos encontramos hoy ante una policrisis: crisis climática, crisis de reproducción social, crisis del trabajo, crisis de los Estados de bienestar (incluidas sus versiones periféricas y tardías), crisis de legitimidad del Estado, crisis de hegemonía de las clases dominantes y crisis de las izquierdas tradicionales, tanto en el poder como fuera del poder. Estas crisis no se suman mecánicamente; se sobredeterminan, se refuerzan mutuamente y producen un escenario histórico cualitativamente distinto al de finales del siglo XX. En este contexto, los programas políticos y políticas públicas, como las del gobierno tecno-centrista de Arévalo, orientados a “alcanzar” niveles básicos de desarrollo social, económico y político que otros países habrían consolidado décadas atrás no solo aparecen como insuficientes, sino como estructural e históricamente anacrónicos. En su forma presente también contribuyen al reagrupamiento de las fuerzas autoritarias y corruptas de la restauración total.

En Guatemala, esta obsolescencia se manifiesta con particular claridad. La agenda de los Acuerdos de Paz, una agenda propia del fin del siglo XX, desarrollista en sus aspiraciones y compatible con el marco de la globalización neoliberal, se encuentra hoy completamente desfasada. No porque sus demandas de justicia social, reconocimiento de la pluralidad cultural y étnica y democratización institucional carezcan de valor, sino porque las condiciones históricas que las hacían pensables y viables ya no existen. Pretender reactivar esa agenda (o pretender deshonestamente que equivale a las actuales propuestas de refundación plurinacional) como si el mundo no hubiese cambiado radicalmente desde entonces equivale a ignorar la profundidad de la crisis actual.

El problema se agrava cuando proyectos políticos contemporáneos, como fue el caso de Semilla y es también el caso del naciente Frente Amplio por la Democracia, reproducen, consciente o inconscientemente, esa misma imaginación política agotada. Se trata de iniciativas que nacen ya obsoletas, no por falta de voluntad o compromiso, sino por apoyarse en categorías, estrategias, modelos y horizontes que pertenecen a un ciclo histórico clausurado. El resultado es una política que, aún con intenciones más o menos progresistas, queda atrapada en una lógica restauradora que desempolva una agenda del pasado, administra la crisis, gestiona la precariedad, recompone parcialmente instituciones desgastadas y todo sin cuestionar de raíz las formas de hegemonía que producen y reproducen la subalternidad y legitiman las opciones autoritarias y restauradoras.

Frente a este panorama, la tarea central no puede ser la simple actualización programática ni la recomposición de alianzas electorales. Lo que está en juego es la necesidad de una nueva imaginación política y, más profundamente, de una nueva filosofía de la praxis capaz de pensar y actuar en condiciones de policrisis, colapso hegemónico y crisis climática.

La pregunta decisiva es, entonces: ¿cómo desarrollar esa nueva filosofía de la praxis sin recaer en voluntarismos, esencialismos o recetas obsoletas y paternalistas? La respuesta no puede consistir en predeterminar contenidos sustantivos (un programa cerrado, una utopía acabada, un cóctel de políticas importadas). En condiciones de historicidad radical, lo único que puede esbozarse con rigor son los contornos del método, el procedimiento político mediante el cual los grupos subalternos pueden transitar de su condición fragmentada, idiotizada y heterónoma hacia una forma de acción colectiva autónoma, consciente, crítica y democrática. Ese método es lo que designamos en La articulación posible como articulación democrática.

El método de la articulación democrática no parte de una abstracción normativa ni de una ontología social o étnica previa. Parte de una condición históricamente producida: la subalternidad. Siguiendo a Gramsci, la subalternidad no es simplemente pobreza o exclusión material, sino una condición compleja caracterizada por sometimiento, fragmentación, aislamiento, conformismo, fatalismo y mecanicismo. Es un proyecto político de sometimiento de las mayorías sociales. Los grupos subalternos no solo están dominados; consienten activamente, aunque de manera contradictoria y muchas veces sufriente, en las formas de hegemonía que los oprimen. Ello explica, por lo menos en parte, cómo es que las mayorías sociales hegemonizadas van de un lado al otro en el espectro y el péndulo político muchas veces eligiendo con fervor y nacionalismo a sus propios verdugos corruptos y autoritarios.

Este punto es crucial: la subalternidad no es automáticamente emancipadora. Puede generar estallidos espontáneos, resistencias fragmentarias e incluso momentos de ruptura (como ocurrió con las protestas de 2015), pero también puede reproducir nihilismo, violencia autodestructiva y formas restauradoras, autoritarias e incluso fascistas de identificación política. Por ello, cualquier proyecto que pretenda construir una alternativa democrática radical debe rechazar tanto el romanticismo de la espontaneidad pura (porque puede ser producto manufacturado de la idiotización y locura de las multitudes) como cualquier forma de esencialismo étnico (en nombre de una supuesta tradición milenaria) y, definitivamente, toda forma de paternalismo vanguardista ya sea de dirigencias vitalicias o que se creen indispensables. Y vaya que de esas dirigencias todavía hay muchas en Guatemala y bien incrustadas en varios movimientos sociales y opciones partidarias.

El primer requisito metodológico de la articulación democrática es, entonces, el tránsito de la subalternidad hegemonizada a la autonomía integral y contrahegemónica. La autonomía, tal como la pensamos en la tradición crítica de Gramsci, no es meramente organizativa ni identitaria. Es un ensamblaje que implica la ruptura consciente con la concepción del mundo de las clases dominantes y la producción de significantes propios junto con la construcción de espacios materiales, simbólicos y políticos desde los cuales los grupos subalternos puedan actuar como agentes autónomos capaces de hacer, escribir y relatar su historia.

Esta autonomía es integral porque atraviesa dimensiones económicas, políticas, culturales, territoriales, ecológicas y éticas. Sin este momento autónomo, sin este punto de partida desde abajo, cualquier intento de articulación degenera en cooptación, subordinación o populismo vacío. No hay articulación democrática posible entre partes que no se han constituido previamente como partes autónomas y que, en todos los pasos del proceso, quedan reconocidas como tales.

El tránsito hacia la autonomía y, posteriormente, hacia la articulación democrática requiere también un proceso exigente y prolongado que Gramsci denominó reforma intelectual y moral. En mi trabajo La articulación posible, este concepto ocupa un lugar central y adquiere una densidad específica que lo distingue de interpretaciones superficiales, moralizantes o prescriptivas.

La reforma intelectual y moral no es adoctrinamiento ni mera concientización. Es una transformación profunda tanto de la subjetividad como de la “concepción del mundo” que organiza el sentido común subalterno. Implica desmontar las narrativas hegemónicas que naturalizan la precariedad, la desigualdad, la exclusión y la idiotización, y reemplazarlas por una ética impura, anclada en la experiencia material del daño, la penuria y la negación.

Aquí aparece uno de los principios metodológicos más exigentes de esta propuesta metodológica de articulación: permanecer en lo negativo. No se trata de ofrecer reconciliaciones fáciles ni promesas de inclusión dentro del orden existente, sino de sostener una crítica radical a las formas de hegemonía que producen sufrimiento y devastación. Esta negatividad no es destructiva; es el terreno desde el cual puede emerger una voluntad colectiva consciente y rupturista.

La reforma intelectual y moral exige, además, la mediación de intelectuales orgánicos comprometidos con los grupos subalternos, no como élites ilustradas, sino como participantes activos en procesos de organización, deliberación y aprendizaje colectivo. Sin esta mediación, la espontaneidad se disuelve; con ella, puede transformarse en dirección consciente sin perder su carácter impuro, autónomo y democrático.

Solo a partir de este recorrido, que va de la subalternidad a la autonomía y la reforma intelectual y moral, se vuelve posible hablar con propiedad de articulación democrática. En La articulación posible, la articulación no es ni deviene en un significante vacío ni una técnica de agregación electoral ya sea al estilo de encuestas de opinión o de elecciones políticas. No es un simple vocablo que equivale a “unidad”, “convergencia”, “coalición” o “alianza”. Es un ensamblaje democrático entre partes heterogéneas que reconocen mutuamente su autonomía y aceptan reglas comunes y crecientemente exigentes de deliberación, solidaridad y decisión. Es un nuevo discurso, una nueva imaginación política, una nueva praxis política mínimamente adecuada para la policrisis del presente.

Un principio fundamental de este método es el reconocimiento de la impureza de los significantes. No hay identidades puras (ni de etnia, clase o género), demandas absolutas ni sujetos privilegiados (el famoso “sujeto emergente”) de la historia. La articulación democrática es radicalmente aleatoria y se construye a partir de diferencias reales, conflictos internos y negociaciones contingentes. No es un método al que subyace un determinismo histórico, leyes de la historia o necesidad política inevitable. El objetivo tampoco es la unidad total, sino la construcción de puntos de anclaje temporales que permitan la acción colectiva sin borrar la pluralidad, la autonomía o la contingencia misma. Es parte de una nueva filosofía política que en Guatemala, hoy, solo es conocida de modo fragmentario y, en el mejor de los casos, elemental.

En este sentido, nuestra propuesta se distancia tanto del centralismo democrático (históricamente burocrático y autoritario) como de los modelos populistas y camaleónicos que si disfrazan de articulación y subsumen la diversidad en un significante hegemónico vacío e instrumental. La articulación democrática requiere reglas discursivas claras, inspiradas en tradiciones deliberativas, pero ancladas en la experiencia concreta de las partes que no tienen parte.

Este procedimiento no garantiza resultados predeterminados. No promete victoria ni busca una nueva hegemonía -siempre basada en una u otra fórmula de engaño o manipulación-. Lo que ofrece es algo más modesto, concreto y, al mismo tiempo, más radical: la posibilidad histórica de construir una voluntad colectiva democrática capaz de tumbar la hegemonía en condiciones de policrisis y –en palabras de Žižek – “fin de los tiempos”.

En el interregno actual, ese momento en que lo viejo muere y lo nuevo no termina de nacer, proliferan las tentaciones restauradoras y autoritarias. Frente a ellas, la articulación democrática que proponemos no es una fórmula salvadora ni un atajo estratégico. Es una apuesta metodológica exigente, profundamente democrática y radicalmente histórica y audaz.

En un país como Guatemala, y en una región atravesada por crisis múltiples, esta apuesta implica abandonar definitivamente las imaginaciones políticas obsoletas y asumir la dificultad de construir desde abajo, con paciencia, rigor y audacia, una nueva filosofía de la praxis. No sabemos de antemano qué alternativa o incluso qué mundo emergerá de este proceso. Pero sabemos, y aquí reside la fuerza del argumento, que sin articulación democrática, no emergerá ninguno que merezca llamarse emancipador. Al contrario, toda evidencia apunta a que Guatemala se encuentra de nuevo a las puertas de un nuevo régimen de restauración ultraconservadora. PS – Para lectores/as interesados en más de estas reflexiones, les invito a visitar y apoyar el blog de #RefundaciónYa en Substack – https://substack.com/@marcofonseca

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