El país cerró 2025 con cifras que, a primera vista, invitan al optimismo: crecimiento económico de 4.1 %, inflación de apenas 1.65 % y estabilidad macroeconómica envidiable en un mundo convulso. En un entorno internacional marcado por incertidumbre, guerras comerciales y tensiones geopolíticas, Guatemala aparece como una excepción razonable. El problema no es celebrar estos resultados; el problema es interpretarlos mal. Buena parte de este desempeño responde menos a decisiones internas que a una coincidencia particularmente favorable de factores externos. El popular refrán de la primera mitad del siglo XX que se usaba para explicar las bonanzas económicas sigue siendo válido: “no hay mejor ministro de Hacienda que un buen precio y cosecha del café”. En el caso de Guatemala en 2025 habría que añadir “bajos precios del petróleo e ingreso extraordinario de remesas”
Mejores precios de los productos primarios de exportación y buenas cosechas mejoran los ingresos del país y la rentabilidad de muchos negocios. Los bajos precios de los combustibles reducen las presiones inflacionarias, abaratan los costos productivos y mejora el poder de compra de los hogares. El flujo extraordinario de remesas provoca aumentos en el consumo e inversión y aporta al crecimiento agregado. Con excepción de lo que ocurrió con las remesas, la bonanza económica de Guatemala en 2025 tiene el mismo tipo de explicación que la de tantas otras en la región durante el auge del modelo exportador de productos primarios. Al igual que en ese entonces, el país afronta hoy el mismo tipo de riesgo que tan caro resultó para la región en el pasado: confundir shocks positivos transitorios con cambios permanentes en la capacidad productiva de la economía.
El verdadero riesgo es confundir esta combinación de factores con fortaleza estructural, olvidando que, al mismo tiempo que la economía mostraba buenos números, se estaba gestando —y sigue vigente— un shock negativo de origen externo que afecta directamente a la región: los aranceles impuestos por la administración Trump y la incertidumbre asociada a su permanencia. El efecto de esos aranceles no es retórico ni hipotético. Golpea el comercio, afecta la inversión, reduce el dinamismo exportador y termina filtrándose hacia la demanda interna. Centroamérica, y Guatemala en particular, siguen atadas al ciclo estadounidense. Cuando Estados Unidos desacelera, la región siente el impacto casi de inmediato. La diferencia hoy es que ese impacto convive con una bonanza transitoria que lo disimula. Aunque se anunció que esos aranceles serían removidos prontamente, el tiempo pasa y éstos continúan vigentes. Se asumía que la Corte Suprema de Estados Unidos resolvería a inicios de enero su futuro. No ha ocurrido. La actual administración de EE.UU., en una racional actitud de “wait and see”, dificilmente vaya a tomar una acción al respecto antes que esta alta corte dé a conocer su decisión.
Otro peligro latente para Guatemala: los riesgos asociados a shocks positivos esperados que finalmente no se materializan. Esto implica tomar decisiones de inversión, producción, consumo y política económica basadas en eventos futuros que se consideran probables o casi seguros, pero que terminan por no ocurrir o materializarse con menor intensidad y/o en plazos más largos de lo previsto. En este ambiente, tomar decisiones críticas de inversión y producción conlleva el riesgo de quedarse con “los colochos hechos”. Por tanto, para muchos inversionistas, productores y empresas, nacionales e internacionales, resultar mejor aplazar decisiones que podrían resultar muy costosas e irreversibles de no materializarse la esperada eliminación de los aranceles. Aplazar decisiones también tiene costos para el país: perder momentum frente a competidores, retraso en atracción de IED, generación de empleos y crecimiento del PIB proyectado para 2026.
Si, además, se confunden amortiguadores coyunturales con fortaleza estructural, los riesgos se multiplican. Los altos precios del café pueden corregirse. El petróleo barato puede dejar de serlo. Las remesas extraordinarias no son un motor permanente de crecimiento, sino una señal de fragilidad estructural: reflejan una economía que no genera suficientes oportunidades internas y depende del ingreso de quienes se fueron. Nada de esto implica catastrofismo ni negación de los avances macroeconómicos. Implica, simplemente, reconocer que el buen desempeño reciente no elimina los riesgos, sino que puede estar ocultándolos. Precisamente, por eso este sería el peor momento para la complacencia. La pregunta relevante no es por qué el país creció en 2025, sino qué tan preparado está Guatemala para cuando esa coincidencia de factores externos deje de jugar a favor. Confundir suerte con estrategia es uno de los errores más caros que puede cometer un país pequeño en un mundo incierto.
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