Estamos en un año de efeméride literaria muy importante para Guatemala: se cumplen 80 años de la publicación de El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, novela fundamental de la literatura mundial o universal, con sus grandes aportes a los movimientos literarios latinoamericanos de vanguardia, desde el realismo mágico. Las recientes columnas al respecto de este 80 aniversario de El Señor Presidente que ha publicado en este medio el querido amigo y maestro, Jaime Barrios Carrillo, explican muy bien y de manera amplia la relevancia de este libro.
En mi formación, Miguel Ángel Asturias ha sido elemental, siendo El Señor Presidente la primera novela que leí del Gran Moyas. Como exalumno del Colegio San José de los Infantes, me impresioné cuando mi padre me enseñó, siendo yo un pequeño niño tal vez de 6 o 7 años, que en el libro aparecía mencionado dos veces mi colegio, o sea, donde yo estudiaba, y que es el colegio de donde egresó mi señor padre y en el que fue docente durante muchos años, así como de donde egresaron mis tíos maternos.
Quiero mencionar que mi padre, el profesor de ciencias naturales Mauricio José Chaulón Lagos, es uno de los lectores que mejor sabe de El Señor Presidente que yo he conocido. No lo digo porque sea mi papá, sino que me ajusto a la realidad: honor a quien honor merece. Fue por él por quien inicié mi camino en Asturias. No fue en mi niñez que leí por primera vez El Señor Presidente, sino exactamente al iniciar el cuarto grado de Bachillerato en Ciencias y Letras, precisamente estudiando en el Colegio de Infantes, hace ya 35 años, en 1991. Fue para mí como una entrada a la profundidad de las cosas. Desde esa vez, no pude separarme de Asturias, aunque ya en casa lo teníamos como parte de la familia, como parte de nuestro ser. Mi madre, la maestra y profesora de letras Patricia Vélez Arce, leía asiduamente a Miguel Ángel Asturias cuando cursaba su profesorado de enseñanza media, por lo que tuve en mis progenitores, siempre, a las personas clave para intercambiar impresiones y datos sobre sus obras y sobre el escritor en sí. Algo muy importante que me han enseñado es la relectura de los libros. El Señor Presidente lo releo, algunas veces completo, otras sólo ciertas partes. Es una novela para hacerlo. En algunas reuniones familiares comentamos con mi padre pasajes del libro, como una especie de refresco mental y espiritual, y con mi madre hablamos de otros libros de Asturias. Como sea, el Moyas se hace presente con frecuencia.
Recuerdo que uno de los personajes que me impresionó con gran contundencia fue El Pelele. En sí, todos los que en la novela se identifican en la primera página como “los pordioseros”, es decir, los indigentes que dormían en el Portal del Señor, que era el colonial edificio del Ayuntamiento o Municipalidad que se encontraba en el ala norte de la Plaza Mayor en el contexto de la historia en que se desarrolla la trama, son rotundos. Ese es el sentido que buscó Asturias. Mostró la Guatemala real, la de las contradicciones más hondas en las desigualdades irreparables. Son esos personajes desde la indigencia quienes muestran lo que es el país, el Estado, la nación, su punto de llegada, su proceso histórico. Ninguno posee nombre común con apellidos, sino los que la dureza de la vida les ha colocado: Patahueca, el Mosco, el Viuda, y entre ellos estaba El Pelele, que era llamado de manera genérica como el idiota. Es decir, que hasta en la miseria del lumpen hay estratos, hay niveles. El Pelele estaba en el más bajo, porque todos abusaban de él, hasta sus compañeros de desgracia. Asturias muestra una realidad descarnada, cruda, como Guatemala. Los pordioseros no son solidarios entre sí, ejercen la violencia dentro del grupo y se atacan constantemente. Son Guatemala. Y el más agredido es El Pelele, quien con el apelativo de el idiota era conocido por sus pares de infortunio y por todas las personas quienes pasan por la Playa de Armas o Plaza Mayor.
En El Señor Presidente, Asturias no escribe sólo de la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, sino de Guatemala en sí, y El Pelele tiene un papel central y determinante en la novela, porque a raíz de que mata al coronel José Parrales Sonriente, quien se burla de él, se desata toda la trama. El hombre de la mulita, que era el alias con el que se conocía a Parrales Sonriente, pasó molestando al Pelele y este lo mató con sus propias manos. El Pelele reaccionaba de manera violenta cuando escuchaba la palabra Madre y eso fue lo que pasó diciéndole el coronel con el ánimo de mofarse y disfrutar del dolor ajeno, exactamente como los grupos de poder dominantes en Guatemala han hecho a lo largo de la historia porque creen que las clases bajas son de su propiedad y pueden hacer lo que les da la gana con ellas.
El Pelele es el pueblo guatemalteco y Parrales Sonriente sus élites explotadoras. Y ambos representan lo que es Guatemala, encontrándose en El Pelele la contradicción más grande que parte de una pregunta: ¿en dónde está el origen de lo que somos? Esta pregunta ha sido esencial en la problemática de la cuestión étnica y nacional en este país. Por decretos coloniales que surgieron en el mismo año de la invasión y de la denominada conquista de estas tierras, o sea 1524, nació lo que conocemos como Guatemala, llamada así por los intereses de los invasores, y así ha continuado sin que existan consensos y procesos democráticos verdaderamente incluyentes. La hegemonía de lo que se dice es esta nación, sigue siendo criolla, pero no por cuestión americana sino por clase y grupo social-étnico dominante. Lo dijo muy bien el profesor Severo Martínez Paláez con el título de su obra maestra: La patria del criollo. Desde ese pensamiento hegemónico, hasta se introdujo el concepto durante muchos años de llamarle a España “la madre patria”, cosa que varias generaciones repitieron como loritos.
El segundo liberalismo se inventó la nación con base a una dicotomía que niega la diversidad y al mismo tiempo las luchas étnicas, las luchas sociales y la lucha de clases: el indígena-ladino, otorgándole a la ladinidad la hegemonía y la prioridad para el reconocimiento de ciudadanía y de sociedad. En El Señor Presidente, El Pelele es esa integración histórica que va más allá de una dicotomía convenientemente generalizadora: en él se encuentran esas contradicciones no resueltas y la búsqueda constante de quiénes somos. Por ello, es la figura de la Madre la que utiliza Miguel Ángel Asturias para representar algo de lo más recóndito que tenemos en la confusión diaria que vivimos como país no resuelto en mucho. El Pelele es la tristeza insondable, pero también la ternura del hijo que necesita a su madre y no la encuentra por ningún lado, porque también ha sido abandonado a su suerte como otra agresión en la cadena de agresiones que ha sufrido desde su violento nacimiento. Y, al mismo tiempo que puede llorar como el infante tierno que requiere el regazo de una madre real, puede matar. Esto me hace recordar los versos de una canción de Silvio Rodríguez titulada “Te doy una canción”:
Te doy una canción, y hago un discurso
sobre mi derecho a hablar.
Te doy una canción
con mis dos manos
con las mismas de matar.
Te doy una canción y digo: ¡patria!
Y sigo hablando para ti.
El Pelele habló a través de su llanto, a través de su ira, a través de su dolor, a través de su búsqueda. Y mostraba en esa amalgama su bondad. El Pelele, como Guatemala, sigue buscando, y se carga de violencia porque no sabe qué pasa, siendo un concepto tan trascendental como el de la Madre, o sea el origen, algo que lo lleva a moverse con la mayor fuerza que le sale de las entrañas.
El Pelele resulta siendo asesinado en el Portal del Señor, de dos disparos. Y, ya muerto, desde su balcón de palacio de obispo, el prelado le dio la absolución arzobispal. Una escena que vuelve a representar a Guatemala, con ese pueblo buscando el refugio, huyendo de sus agresores y al mismo tiempo reencontrándolos para ser muerto por ellos y una religión que no hace nada más que repartir simulacros de bendiciones sin actuar realmente en favor del prójimo que sufre. El Pelele, como Guatemala, sigue buscando.
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