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Emanuel Kant, en su texto Idea de una historia universal en sentido cosmopolita nos dice: “Lo que el estado salvaje sin finalidad hizo, a saber, contener el desenvolvimiento de las disposiciones naturales de nuestra especie hasta que, por los males que esto le produjo, la obligó a salir de ese estado y a entrar en una constitución civil en la cual se pueden desarrollar todos aquellos gérmenes, esto mismo hace la libertad bárbara de los Estados ya fundados, es decir: que por el empleo de todas las fuerzas de la comunidad en armamentos, que se enderezan unos contra otros, por las devastaciones propias de la guerra y, más todavía, por la necesidad hallarse siempre preparados, se obstaculiza el completo desarrollo progresivo de las disposiciones naturales, pero los males que surgen de todo ello, obligan también a nuestra especie a buscar en esa resistencia de los diversos Estados coexistentes, saludable en sí y que surge de su libertad, una ley de equilibrio y un poder unificado que le preste fuerza; a introducir, por tanto, un estado civil mundial o cosmopolita, de pública seguridad estatal, que no carece de peligros, para que las fuerzas de la humanidad no se duerman, pero tampoco de un principio de igualdad de sus recíprocas acciones y reacciones, para que no se destrocen mutuamente.
Antes de que se de este paso (el de la constitución de una liga de Estados), es decir, casi a la mitad de su formación, la naturaleza humana padece los peores males bajo la apariencia engañosa de nuestro bienestar; y no estaba equivocado Rousseau al preferir el estado de los salvajes si se olvida la última etapa que nuestra especie tiene todavía que remontar. El arte y la ciencia nos han hecho cultos en alto grado. Somos civilizados hasta el exceso, en toda clase de maneras y decoro sociales. Pero para que nos podamos considerar moralizados falta mucho todavía. Porque la idea de la moralidad forma parte de la cultura; pero el uso de esta idea que se reduce a las costumbres en cuestiones matrimoniales y de decencia exterior, es lo que se llama civilización.
En tanto los Estados sigan gastando todas sus energías en vanas y violentas ansias expansivas, constriñendo sin cesar el lento esfuerzo de la formación interior de la manera de pensar de sus ciudadanos, privándolos de todo apoyo en este sentido, nada hay que esperar de la moral; porque es necesaria una larga preparación interior de toda comunidad para la educación de sus ciudadanos; pero todo lo bueno que no está empapado de un sentir moralmente bueno no es más que pura hojarasca y lentejuela miserable. En esta situación permanecerá, sin duda, el género humano, hasta que, de la manera que he dicho, salga del caótico atolladero de las relaciones estatales”.
De acuerdo a esta premisa podemos, entonces, preguntarnos si las guerras y la violencia entre los Estados contribuyen, o no, al progreso moral del género humano, si contribuyen, o no, a formarse como seres morales autónomos que le digan siempre no a la guerra, es decir, que se den la máxima que guíe sus acciones y pensamientos de “no debe haber guerra”. Y la respuesta que podemos dar es positiva por dos razones fundamentales. La primera, porque los hombres que promueven o inician una guerra cometen siempre la gran falta moral de conducir a muchísimos otros a la muerte. Y, la naturaleza de los seres humanos es tal, que, solo aprenden algo sobre sí mismos, o, sobre el mundo errando, formulando juicios equivocados que no corresponden a la realidad, u, obrando, como en este caso, de manera incorrecta contra el principio moral universal de preservar la vida propia, y, sobre todo, la ajena. Solo después que los hombres obran mal, se les abre la posibilidad de aprender o comprender la importancia de evitar volver a obrar así de nuevo. Los seres humanos aprenden a no equivocarse de nuevo, cuando reconocen que un juicio falso o equivocado que han pronunciado, en efecto, lo es, y, cuando, admiten que una acción errónea o inmoral que han realizado, en efecto, lo es. En este sentido las guerras son, en su inmensa mayoría graves errores morales, que, sin embargo, los hombres pueden aprender a evitarlas precisamente por ese carácter que tienen, por ese gran daño que ocasionan a cientos de miles o millones de seres humanos.
Y la segunda, porque quienes las sufren en carne propia, les brota inevitablemente el deseo vital de no sufrirla de nuevo, de evitar vivir nuevamente una experiencia semejante; el sufrimiento intenso que han experimentado al sentir la muerte de muchos otros seres humanos, algunos de ellos familiares y seres queridos, les provoca el intenso deseo reactivo de descartarla definitivamente del horizonte futuro de sus vidas. Deseo, que también aparece, aunque con cierta debilidad, en los que la observan de lejos, o, en los que la conocen a través de los testimonios y relatos históricos. Deseo vital, que se convierte, entonces, en la fuente del imperativo o deber moral que se suelen dar de rechazar u oponerse a su existencia. De ahí, que los hombres al vivir o ver de cerca la guerra aprenden, no solo a saber lo que es en realidad, sino, sobre todo, a obrar, sometiéndose a este deber moral que les ordena obrar para suprimirla definitivamente del conjunto de sus vidas. Deber, que, Kant, resumió en la sentencia “no debe haber guerra” y, que los seres humanos libremente se dan cuando han atravesado el doloroso camino de vivir esa experiencia.
Sin embargo, este aprendizaje moral de los seres humanos no es suficiente para que tomen la decisión de evitar que las guerras vuelvan a presentarse en algún momento dado de la historia. Como las guerras no las declaran o inician todos los hombres, sino, solo aquellos que disponen y controlan los medios militares organizados del poder, es decir, los gobernantes de los Estados, queda abierta la posibilidad de que las inicien de nuevo. De ahí, que sea necesario que este imperativo moral que se dan de manera natural la gran mayoría de los seres humanos que las han sufrido en el pasado, y, el presente de la historia, sea asumido también íntegramente por los gobernantes y dirigentes de los Estados del mundo. Solo, si estos gobernantes hacen suyo a plenitud este imperativo moral, y, lo convierten en fuente sustancial de su voluntad política, se establece una condición muy importante, para desterrarla para siempre del futuro de la vida humana.
Pero, como estamos observando en la actualidad este deber o imperativo moral de primer orden no lo están cumpliendo las principales potencias militares del mundo. La guerra entre Rusia y la OTAN en Ucrania, y el riesgo real que se desencadene una tercera guerra mundial entre estas dos potencias militares y nucleares, el genocidio que está cometiendo el Estado sionista de Israel, con el sostén y apoyo militar , económico, político y diplomático de los Estados Unidos, contra la población civil palestina, y los permanentes bombardeos y ataques militares que está realizando contra Irán, El Líbano y Siria, nos indican que este deber o imperativo moral que deberían darse de manera casi incondicional, no lo aceptan, o, lo están abandonado. Los gobiernos de estos Estados que han provocado o iniciado una guerra, que agreden militarmente a otros Estados o pueblos, pierden, por lo tanto, gran parte de su legitimidad y capital moral.
Así, tengan una organización política democrática, no se salvan de perder legitimidad moral a los ojos de todos los ciudadanos, que, no desean las guerras, porque saben o son conscientes, de los inmensos daños materiales que causan, en especial, de la estela de cientos de miles o millones muertos y heridos que dejan a su paso. Pues, el imperativo kantiano de “No debe haber guerra” tiene un gran valor moral porque precisamente ordena a los gobernantes no hacerla para que no ocasionen graves daños a los pueblos que las padecen, daños que los matan o que los hacen sufrir muchísimo.
Ahora bien, estas guerras entre Estados o agresiones militares de un Estado a otro u otros, a las que estamos asistiendo, brotan de dos factores fundamentales. El primero, que los gobernantes de los Estados que agreden militarmente a otros Estados y pueblos los consideran sus enemigos, Estados que representan una amenaza real e inminente para su integridad y existencia, y la de su sociedad. Son enemigos que tienen que ser destruidos o sometidos a su voluntad. Y, segundo, dado por el gran peso y poder que tienen las grandes empresas fabricantes de armas, principalmente en Estados Unidos, que se lucran y obtienen inmensos beneficios con sus ventas, en las decisiones que toman estos gobiernos.
Hoy, esto lo podemos constatar claramente con la guerra entre Rusia y la OTAN en Ucrania, y el riesgo real que se desencadene una tercera guerra mundial entre estas dos potencias militares y nucleares, y, el genocidio que está cometiendo el Estado sionista de Israel, con el sostén y apoyo militar, económico, político y diplomático de los Estados Unidos, contra la población civil palestina, y los permanentes bombardeos y ataques militares que está realizando contra Irán, El Líbano y Siria, nos indican que este imperativo moral categórico kantiano adquiere de nuevo una plena actualidad y vigencia.
Por eso, el primero y decisivo paso que deberían dar estos Estados enemigos es sentarse a negociar un acuerdo de convivencia en el que se eliminen las razones que los enemistan. Este acuerdo sería la condición primordial para alcanzar una paz duradera entre ellos. Pues, se reconocerían entre sí el derecho a existir y la soberanía sobre sus respectivos territorios. La amistad declarada y reconocida entre los Estados y pueblos del mundo es el sustento fundamental que puede garantizar una paz perpetua, por lo menos duradera, entre ellos. Y, si un día esto llega a ocurrir, los Estados y pueblos que aún no reconocen entre sí, como el Estado sionista de Israel que no reconoce la existencia y el derecho del pueblo palestino a formar su propio Estado en los territorios definidos por las Naciones Unidas, dejaran de ser enemigos, pudiendo convivir en paz.
Y, así, la civilización dejará de ser por primera vez en la historia un documento de la barbarie. O, lo que es lo mismo, los seres humanos realizarían un progreso moral extraordinario debido a que suprimirían de su existencia una de sus acciones con las que más destrucción material y sufrimiento se han provocado entre sí a lo largo de su historia. Su “pre-historia” (Marx) quedaría atrás, por lo menos durante un largo tiempo, para dar paso a la historia de su verdadera humanidad; una historia en la que los hombres después de haber dado cabal y total cumplimiento al mandato que se dieron de “no debe haber guerra” –que prolonga y extiende el mandato moral más básico y original que se han dado de no matar a sus semejantes– quedarán libres de su dolorosa, mortal y destructiva presencia por el tiempo que sus Estados continúen reconociéndose libremente entre sí como Estados que tiene derecho a su existencia y a la soberanía sobre sus territorios y pueblos.
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