En la casa de la infancia de Dieter Lehnhoff (Guatemala, 1955) se estimuló el conocimiento del arte musical. El compositor y musicólogo, cuya trayectoria de más de 50 años acaba de ser reconocida durante la entrega del primer galardón Grace a la música en el marco del Festival de Marimbas Paiz, recuerda cómo a través de los discos de vinilo de música clásica que su padre llevaba al hogar, él empezó a interesarse en aprender acerca de las melodías, su ejecución y composición.
«En la infancia siempre tuve una gran curiosidad por la música. De niño pequeño leía las canciones de los cancioneros escolares en solfa y las cantaba. Me dicen mis mayores que era casi preocupante el interés que tenía por las partituras», afirma. Además, tanto él como sus hermanos recibieron cursos de música tanto dentro del colegio donde cursaron su formación inicial, como con maestros particulares. «Aprendí varios instrumentos», expresa. Sin embargo, en el colegio, esa afición desbordante no siempre era muy bien vista por algunos docentes. «Había quejas de los maestros porque yo no dejaba de tener conmigo una flauta, trompeta u otro instrumento», rememora.
Al llegar a la adolescencia, su apuesta por dedicarse a la música como profesión inquietaba a sus padres. «Ellos pensaban que, en Guatemala, la música no era una manera de subsistir dignamente, estaban un poco escépticos», reconoce. A pesar de ello, «se dieron cuenta que no podían hacer nada», añade.
La formación en Austria
Su dominio completo del alemán le permitió considerar la opción de irse a estudiar a Alemania o a Austria. Este último país, y en específico, la ciudad de Salzburgo era para él muy atractiva por ser el hogar de Mozart, uno de sus ídolos. Sus padres, a pesar de sus reservas, decidieron enviarlo. El objetivo de Dieter era ingresar en la universidad Mozarteum de Salzburgo. Pero confiesa que tenía un plan B: Si no conseguía ingresar en ese prestigioso establecimiento, pensaba irse a vivir con algunos parientes en Alemania e ingresaría a alguna institución educativa de ese país.
Durante todo un verano se estuvo preparando en las especialidades de violín y piano. Cuando supo que, para el curso de violín solo se elegiría a seis de 49 aspirantes, se sintió un tanto desanimado. “Pensaba con alguna marginalidad centroamericana que no iba a poder competir al nivel de los demás”, confiesa. Sin embargo, su dedicación y la formación que había recibido en Guatemala con maestros como José Santos Paniagua y Harold Blanchard dieron fruto y al ir a enterarse de los resultados al día siguiente de realizar los exámenes, se sorprendió al encontrarse en la lista de los seis aceptados. Pero eso no fue todo, porque luego, hizo un examen de piano y composición y le fue concedida una beca completa. En esa institución fue alumno de Klaus Ager, Friedrich Heller, Gerhard Wimberger y Josef Maria Horváth, entre otros.
“Ese fue un aliciente enorme para alguien que viene del así llamado tercer mundo. Era muy satisfactorio empezar a participar en esas escenas musicales europeas”, cuenta. Fue sin duda, la plataforma de despegue que necesitaba.

La resonancia de los hallazgos
Al concluir sus estudios en Austria y tras una estancia en Sudamérica, donde conoció a su esposa, la mezzosoprano argentina Cristina Altamira, volvió a Guatemala. Junto a ella empezó a producir música ya habiendo empezado su familia. Se interesaron, con gran pasión, en interpretar música renacentista que se produjo en España, Alemania y Francia. «Empezamos a explorar el Barroco y el Renacimiento», especifica.
Para realizar estas primeras interpretaciones organizaron distintos grupos tanto corales como instrumentales y Cristina era casi siempre la primera voz. Su trabajo en los escenarios despertó admiración y el Festival de Cultura Presencia de Guatemala, que se realizaba en los años 70, los invitó para hacer presentaciones en la Antigua Guatemala y posteriormente los llevó a distintos espacios en el interior de la República, como Chiquimula, Totonicapán y Zacapa.
Fue en ese contexto cuando tuvo un encuentro que marcaría otra vertiente de su quehacer artístico. En un archivo, Lehnhoff encontró manuscritos musicales del siglo XVI que lo maravillaron por su calidad.
“Cuando vi los manuscritos pensé que esa música no se quedaba atrás respecto a la europea”, recuerda. A partir de ahí comenzó una búsqueda incansable que sacó a la luz obras de compositores que trabajaron en la Catedral de Guatemala y otras iglesias coloniales. En estas investigaciones tuvo el auspicio del Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica (CIRMA). Recorrió varios archivos y en algunos sitios se dio cuenta que el desconocimiento había jugado en contra de la preservación de algunos documentos e incluso, en algunos casos, habían sido desechados o quemados por considerarlos simplemente, «papeles viejos». Entendió entonces, la importancia del rescate que emprendió.
Otro de los retos era cómo trasladar esa música antigua a los escenarios. En un artículo anterior, Lehnhoff explica cómo lo hizo. “La simbología era distinta. Ellos (los músicos de antaño) escribían diferente. Lo que logré pasar en limpio, lo estrenamos con coro. Eran unas músicas extraordinarias del siglo XVI”, refiere.
Sus anteriores estudios le permitieron entender la grafología de la representación de los sonidos. “Eso me abrió la puerta a muchísima música más, porque cuando la veía, podía oír en mi cabeza cómo suena realmente, escribirla y enseñársela a los intérpretes”, explicaba en ese artículo.
Poco a poco fue descubriendo múltiples archivos que daban cuenta de la riqueza sonora el país que había permanecido oculta por siglos.
A partir de haber mostrado estos descubrimientos, la Asociación de Amigos del País, lo invitó a participar en la Historia General de Guatemala, para la cual escribió seis capítulos sobre la música de cada época. «Yo había disfrutado de una beca de la Universidad de Washington para sacar los grados de Maestría y Doctorado en Investigación Musical. Cuando presenté mi tesis doctoral en Estados Unidos, a la vez ya me había pedido todos los capítulos de la historia de la música en Guatemala», cuenta.
En ese entonces, también la Universidad Rafael Landívar lo llamó para fundar el Instituto de Musicología de esa casa de estudios, con la misión, entre otras, de investigar y difundir el patrimonio descubierto a través de sus investigaciones.
«En un momento nos pidieron que realizáramos un concierto en el Salón Mayor de la universidad en la Antigua Guatemala y fue tal el éxito que nos pidieron que hiciéramos una serie discográfica», señala. Así nació la primera colección de discos que abarca música de la época prehispánica (esta es especulativa, según refiere), y de los siglos XVI al XX. “La intención era que el lector de la Historia General de Guatemala tuviera también una referencia auditiva. Eso ayudó muchísimo a que mucha gente conociera la música histórica de Guatemala y se enamorara de ella”, afirma.

Descubrir, difundir y enseñar
Otra de las entidades que Lehnhoff fundó fue el Departamento de Música de la Universidad del Valle de Guatemala.
Una de las principales inquietudes de Dieter fue que la música que iba descubriendo pudiera traerse a los oídos de las nuevas generaciones. Así que, a la par del trabajo investigativo, formó agrupaciones como el Ensamble Millennium y la nueva Orquesta Filarmónica que llevó a los escenarios estas composiciones.
“Si la música de Guatemala no está dentro de la música universal, nadie tiene acceso a ella”, sostiene. «No es una iniciativa extra nacionalista o patriótica, sino una iniciativa para que la herencia musical de Guatemala se vuelva parte de la música universal», acentúa. Cuando se dieron a conocer los resultados de estos trabajos, tuvieron buena resonancia, debido a que como indica Lehnhoff fueron «una reafirmación de que somos una nación que contribuye a la cultura de la humanidad».
Esta proyección, hizo que Dieter fuera invitado a España al Consejo Iberoamericano de la Música, en Madrid y luego, escribió más de 160 artículos para el Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana. A lo largo de su carrera, Lehnhoff también fue fundador de otras entidades como el Consejo guatemalteco de la música con el objetivo de estar en contacto con los acontecimientos musicales universales. «Estábamos afiliados en el Consejo de la Música de la UNESCO», asegura. Su objetivo ha sido siempre integrar la herencia guatemalteca al patrimonio global.
Más adelante, Lehnhoff fue nombrado por el Ministerio de Cultura y Deportes como Director del Coro Nacional, con el que logró realizar una serie de giras que le permitió difundir el trabajo coral alrededor del país. También con la Municipalidad de Guatemala fundó la Orquesta Metropolitana. En ocasiones esta orquesta y el Coro Nacional trabajaban juntos sobre los escenarios.
Además, estando en el Concejo municipal propuso la fundación de la Escuela Municipal de Música, y con artistas de otras disciplinas se fundaron las escuelas municipales de arte, que en la actualidad funcionan en el Centro Cultural Municipal. “Cuando veo los frutos de nuestra labor de esa época y ahora veo a los muchachos felices desempeñándose en las escuelas es muy satisfactorio… tengo a varios instrumentistas ya graduados de ahí, músicos que están felices con lo que aprendieron”, dice con orgullo.
Hasta la fecha, Dieter Lehnohff y Cristina Altamira han grabado 27 discos, siete documentales, y ha publicado diez libros y series de partituras que permiten que la música histórica del país pueda ser interpretada en cualquier lugar del mundo.
Uno de los proyectos en los que tanto él como la Maestra Altamira se encuentran involucrados en la actualidad es la serie de documentales Rescate de la música histórica de Guatemala, de la cual se han dado a conocer ya tres episodios: El barroco antigüeño, Guatemala clásica y Guatemala romántica.
Para los próximos meses Lehnhoff y Altamira tienen previsto presentar el cuarto capítulo de esta serie de documentales, cuyo contenido quieren mantener aún en secreto, pero que adelanta, será un agradable sorpresa porque dice, es «acerca de un aspecto muy querido por los guatemaltecos». Además, acaban de terminar de trabajar una serie de discos en los que reúnen diversos géneros musicales y en los que abordan música guatemalteca más reciente. «Música pianística de salón, coral, canciones folclóricas y de creación actual escrita para orquesta o grupos de cámara», enumera.
El creador
Su faceta de compositor también ha dejado honda huella en la música del mudo. En 2015 estrenó Caribe, la primera ópera nacional en décadas, inspirada en la cultura garífuna. «Fuimos de vacaciones con mi esposa a Honduras y ahí descubrí que es una parte importantísima de la historia etnográfica centroamericana. Desde que supe de ella, dije: esto hay que representarlo”, recuerda. «Muchos decían que desde la ópera Quiché Winaq, de Jesús Castillo de 1924 no había habido nada, pero hubo una ópera que hizo el compositor Felipe Benigno Siliézar Ramos, en 1959 que se llamaba Doña Beatriz de la Cueva», cita Lehnhoff como antecedentes próximos a su trabajo que fue presentado en el IGA.
Recuerda que, precisamente, la Fundación Paiz apoyó la puesta en escena de su ópera brindándole espacio para los ensayos en el Artecentro Graciela Andrade de Paiz. Además, indica que esta fundación también fue patrocinadora de Nuevos Horizontes Sonoros, el primer concierto monográfico de sus obras que se presentó en el Festival de Junio de ese mismo 2015.
Además, en el repertorio creado por Lehnhoff se cuentan también numerosos conciertos para piano y orquesta, sinfonías, música coral y de cámara, algunas estrenadas en escenarios de Europa, Asia y América Latina. «El primer concierto para piano que hice, lo presentamos aquí en Guatemala, en el Teatro Nacional de Costa Rica, en San Salvador y en Caracas. Luego pasó a Lituania y después a Rusia». Además, algunas de las piezas que creó para piano fueron integradas al pénsum del conservatorio de San Petersburgo Rusia. «No en la sección de piano, sino a la sección de composición porque les pareció muy especial la manera de armar esas piezas», refiere.
Otra de sus obras notables fue el Concierto para marimba y quinteto que ganó el Premio Centroamericano 15 de septiembre, en 1985.
El alcance de su música ha sido notable. En cuanto a su música coral, la Misa de San Isidro, que compuso en ocasión de la canonización del Hermano Pedro y dedicó al papa Juan Pablo II, fue estrenada en El Vaticano. El entonces pontífice, quien también ya fue canonizado, le envió una Medalla Pontificia en agradecimiento. Además fue invitado para presentarla en Tenerife, en las Islas Canarias, lugar de nacimiento del Hermano Pedro. Fue presentada también en países tan lejanos como Colombia y Japón. Sus conciertos para piano han sonado en Rusia, Lituania, Costa Rica y Venezuela.
Su primera sinfonía la compuso ya hace 50 años en Salzburgo. La segunda, la Sinfonía Festiva se ha interpretado en Washington, Caracas y Ciudad de Guatemala. Su tercera sinfonía es derivada de la ópera Caribe, y según cuenta, está a punto de estrenarla como un extracto sinfónico.
“Siempre me gusta mucho que los jóvenes me pidan música de cámara. He hecho una serie de sonatas para instrumento con piano y música para quinteto de vientos y cuarteto de cuerdas…A mí me hace muy bien que los jóvenes tengan esa curiosidad. Cuando uno es intérprete necesita obras como quien necesita comida. Yo estoy contento de poder proveer tanto de la herencia guatemalteca como de mis propias composiciones”, afirma.
Señala la importancia de que los jóvenes cultiven todo tipo de música proveniente de distintos lugares, pero enfatiza en la importancia de conocer lo que les es propio. Indica que para él hay un dicho que se atribuye a Theodore Roosevelt que dicta: «haz lo que puedas con lo que tienes en donde estás». «Eso me ha gustado mucho porque la música tiene esa magia que se interna en el alma de la gente y puede hacerla sentir orgullosa de donde está, fomentar el sentido de pertenencia y la identidad», subraya.
Adelanta que para febrero de 2026 se tiene previsto presentar un concierto monográfico con música para vientos en el Club Alemán.
Reconocimientos que motivan
Aunque su trayectoria lo ha llevado a recibir premios nacionales e internacionales, Lehnhoff los asume con humildad. Acerca del Premio a la Trayectoria que recibió en el marco del otorgamiento del Galardón Grace a la música, indica: “No lo veo como un cierre de carrera ni como una despedida, sino como un aliciente para no bajar la guardia”, afirma. Cada galardón, asegura, es más leña al fuego de su pasión por la música.

En octubre recibirá un reconocimiento por los 40 años de fundación del Instituto de Música en la Universidad Rafael Landívar. Para él, estos homenajes no son un punto final, sino un impulso. “La satisfacción es ver que el trabajo echó raíces, sacó tallo y dio frutos. Y todavía quedan semillas por sembrar”, advierte.
Independientemente del agradecimiento que guarda por los reconocimientos, expresa que ha habido momentos muy importantes que han sido determinantes en su carrera. Uno de ellos, afirma, fue la interpretación de la música de Rafael Antonio Castellanos del siglo XVIII en la Antigua Guatemala, junto a Cristina Altamira. «Me abrió una enorme percepción del origen de la nacionalidad guatemalteca a través de la historia», asevera.
Otras satisfacción que admite es la que le ha producido el establecimiento y fundación de entidades que pueden llevar a cabo los aspectos educativos y formativos que se derivan de la investigación. «Otra parte es haber visto la aceptación de mis propias creaciones», añade. «Casi todo lo que veo en retrospectiva que tuve la dicha de hacer me ha dado una satisfacción increíble», declara emocionado.
Siembra en campo fértil
Al mirar atrás, Dieter Lehnhoff encuentra sus mayores satisfacciones no solo en los escenarios internacionales, sino en las aulas, en los discos y libros que documentan siglos de historia y en los jóvenes que interpretan por primera vez una partitura rescatada del olvido. “Es una responsabilidad nuestra como artistas proveer música que contribuya al crecimiento, para formar personas íntegras y bien ancladas en su origen”, asegura.
Su nieta de 11 años lo confirma: «tararea de memoria el tercer movimiento de un concierto para piano que estrenó el año pasado y lo señala como su favorito. Ese gesto refleja que su música, sembrada con paciencia, sigue germinando.
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