La concepción de lo cívico como espacio en la ciudad: antecedentes históricos para comprender de manera amplia un centro cívico

Cuando nos referimos a un Centro Cívico en una ciudad, estamos hablando de un concepto en el que convergen lo arquitectónico, lo urbanístico, lo estético, lo social y lo político.

Mauricio José Chaulón Vélez

julio 26, 2026 - Actualizado julio 25, 2026

El Centro Cívico de la Ciudad de Guatemala es uno de los espacios que mejor refleja la entrada de la arquitectura moderna y vanguardista en el país, siendo una obra procesual trascendente. Sin embargo, cuando se habla de un centro cívico debe hacerse referencia amplia al concepto no sólo en no urbanístico y estético, sino también en lo social y en lo político. Hay en él un sentido estructural funcionalista y de interacción simbólica.

Cuando nos referimos a un Centro Cívico en una ciudad, estamos hablando de un concepto en el que convergen lo arquitectónico, lo urbanístico, lo estético, lo social y lo político. No se trata de una idea que exista solamente en Guatemala, sino que desde la lógica de cómo se concibe la ciudad como espacio social, político y estético, un centro cívico se piensa para que tenga un sentido desde la razón de Estado, de nación y de patria, a través del manejo del espacio. El nombre mismo ya integra estos elementos sociológicos, políticos, históricos, artísticos, urbanísticos y arquitectónicos: centro cívico contiene dos palabras, siendo la primera la que refiere a la espacialidad y la segunda la que evoca la pertenencia a la nación y a la patria, impulsando el nacionalismo y el patriotismo como principios de ciudadanía.

Por lo tanto, un centro cívico es una idea que, desde la arquitectura y el urbanismo, procura que se provoque de manera constante el sentido del civismo, por lo que inevitablemente desarrollará la interacción simbólica entre el ciudadano y su relación con el pertenecer a determinada nación, considerándola así como su patria. Para ello, el centro cívico -como idea urbanista, estética y política-, obligadamente debe contener elementos simbólicos de la nación y de la patria. Esto se hace por medio de la integración artística de la arquitectura, la pintura y la escultura, en inicio, ya que pueden adicionarse otras manifestaciones que pueden ser permanentes o no, como la música, las letras, el diseño gráfico y hasta el cine.

Un centro cívico convoca desde la acepción de su nombre a pensar la ciudad con un punto central en el que se encuentran los significados fundamentales de la nación y de la patria, lo que al mismo tiempo se concreta en instituciones del Estado que son las que hacen funcionar en la realidad esa nación y esa patria. Es importante tener en cuenta que el concepto de civismo surge en el contexto del liberalismo, el cual adquiere forma y fuerza en la modernidad a partir del pensamiento ilustrado, intentando romper con la rigidez de la patrística y la escolástica medievales.

El nacimiento de los Estados nacionales que van de la mano con la idea del Estado Nación, con las revoluciones burguesas que comenzaron en los siglos XVII y XVIII en Europa y América del Norte, hasta acelerarse en el siglo XIX con las independencias americanas y terminar de consolidarse en el centro de Europa, retoma el concepto de ciudadanía y de civismo para adecuarlo a las nuevas formas de la modernidad, partiendo de los patrones clásicos o sea grecolatinos. Las primeras Constituciones Políticas tendrán en sus primeros artículos una principal consideración a definir quiénes son ciudadanos y qué significa serlo, llevando adelante los principios del liberalismo en la búsqueda de los intereses de las burguesías, por lo que las medidas se enfocaron en cambios económicos y sociales en la riqueza de las naciones dentro de lo que iba determinando un sistema mundo de avances industriales y comerciales que era indetenible. Aunque estos procesos tuvieron muchas contradicciones, lograron llevarse adelante y transformar el sentido político de las comunidades, que se convirtieron en naciones o países. En esa potente avanzada liberal de la modernidad ilustrada y decimonónica, se fueron redefiniendo los conceptos de lo cívico, para que ya no fuese la teología ni lo monárquico feudal quienes tuvieran la última palabra, sino que la razón del Estado moderno plantease nuevas maneras de considerar la identidad, basándose en los derechos y obligaciones de quien pertenece a la nación.

Esto fue el cemento para unir la idea con la realidad concreta, con el objetivo de aprovechar todos los recursos que el Estado Nación provee y trabajarlos en función de un nuevo sistema. Por lo tanto, el ciudadano lo era legalmente en tanto el reconocimiento viniese únicamente del Estado, a través de los registros pertinentes, llamados en consonancia registros civiles. Esto quería decir que el Estado era el nuevo administrador de la ciudadanía y al mismo tiempo esto lo convertía en su gestor, lo que significa que autorizaba constitucionalmente quiénes son ciudadanos.

También debía promover que esa ciudadanía se ejerciera en el derecho y en el deber, en los campos de la economía, la política y la sociedad. Esto implicaba generar diariamente el amor a la patria y el respeto a los valores de la nación, pero desde la perspectiva de los intereses de las burguesías como nuevas clases dominantes, por lo que se crea una cultura cívica. La educación tuvo un papel primordial en esto, pero también lo simbólico. Sin embargo, la definición de los espacios para crear lugares de culto a la nación no es exclusivo de los regímenes liberales. Desde los inicios de las primeras civilizaciones, los sistemas políticos han construido la escenografía necesaria para mantener la identidad al grupo o a la gran comunidad. La combinación entre arquitectura, pintura, escultura y sonoridad, al mismo tiempo que el aprovechamiento de los mismos espacios que brinda la naturaleza, ha resultado de suma importancia para los Estados, lo cual, insisto, no es exclusivo de la modernidad. Imaginemos por un momento una ciudad del llamado Alto Egipto, o de la Mesopotamia, o entre el río Indo y el río Ganges, o durante las primeras dinastías de la China antigua, o en el esplendor del periodo clásico de cualquiera de las civilizaciones de Mesoamérica, o en los pueblos indígenas originarios de los Andes en la época prehispánica.

El llamado permanente a respetar la pertenencia a la gran comunidad, al gran pueblo, a la gran cultura a la que se pertenece forma parte del desarrollo civilizatorio de la humanidad. Inclusive, el término civilización proviene de la raíz latina «civis» que significa “ciudadano”. Por lo tanto, la palabra «civitas» se asociaba en la antigua Roma con “ciudadanía”, o sea el ejercicio de ser la persona reconocida para los derechos y las obligaciones necesarias con el objetivo de que la ciudad se desarrollase, reconociendo a ese tipo de sujeto como el que pertenece a la sociedad.

Esto se relaciona históricamente con lo que la mayor parte de las ciudades helénicas clásicas habían establecido. La ciudad era considerada por la cultura grecolatina como la comunidad, lo que se entiende como la reunión de las personas que vivían para darle un sentido al pueblo y a la cultura con la que se identificaban las mayorías debido a la dominación hegemónica. Esto fue lo común para todas las civilizaciones en sus orígenes, pero la forma de nombrar los conceptos relacionados a esto, la modernidad lo ha heredado de Grecia y de Roma.

Ellos, a su vez, lo comprendieron tomando en cuenta lo que las culturas egipcia, mesopotámicas y del valle del Indo generaron en esas relaciones interculturales en el mundo antiguo, demostrando la etnohistoria y la arqueología que se trata entonces de patrones comunes en la humanidad. Por lo tanto, para todas estas grandes culturas, lo civilizado era todo aquello que correspondía a los parámetros establecidos de su comunidad y de su cultura, lo cual debía de generar deberes y al mismo tiempo derechos, lo que también significa construcción de identidad y obligación a defender y respetar a donde se pertenece. Por supuesto que esto tiene sus contradicciones, porque cada grupo consideraría como «civilizado» sólo a ellos mismos, surgiendo la contraparte, o sea «lo no civilizado» o «incivilizado», lo cual ha provocado agresiones, discriminación, racismo, invasiones y sometimientos. Desde la consideración interna de la pertenencia civil a la comunidad, el Estado reconocía como tales a los sujetos que consideraba adecuados desde su propia historia y quienes estaban en concordancia al sistema legal, configurándolos como lo que hoy llamamos ciudadanos, estableciéndose en las mentalidades y en las consecuentes prácticas el valor de lo cívico. Esto ha significado, hasta nuestros días, la construcción de un sistema de valores cívicos, los cuales parten de lo que piensa la clase dominante, y que consisten, fundamentalmente, en el pacto social de respetar y valorar a la comunidad y al Estado al que se pertenece, entendida la comunidad como la nación. Por lo tanto, lo cívico integra lo político, lo cultural, lo económico, lo social, lo identitario y lo ético en lo que a valores se refiere, aunque, por supuesto, desde lo que el poder hegemónico decide y define.

La ciudad es el centro de lo que es el Estado y la nación, porque en ella se desarrollan las clases sociales, los grupos, las instituciones, la economía y se toman las decisiones políticas. En la ciudad se concentra el todo de lo que es esa gran comunidad nacional, formándose la amalgama entre ella y el ciudadano, quien es el sujeto que pertenece a la ciudad y, por lo tanto, a la nación, siendo reconocida por esta. Pero la relación es en doble vía y por lo tanto simbiótica, porque el sistema dominante espera que el ciudadano también reconozca permanentemente a su ciudad, o sea al centro o corazón de su comunidad nacional. Por esa razón es por lo que en la ciudad, como núcleo del funcionamiento del Estado, desde las antiguas civilizaciones se han establecido los monumentos y edificaciones para que funcione el sentido de lo estatal y de la nación, haciendo que se desarrolle lo cívico.

Esto significa que, desde esas lógicas del poder, lo cívico no es sólo el rendirle culto a la nación y a la patria, sino también lo que se hace todos los días para que la nación y la patria funcionen: el trabajo estatal a través de sus entidades gubernamentales, el trabajo diario de sus ciudadanos y el ser social cotidiano. Esto obliga a que se haga uso de lo simbólico con lo concreto para insistir, de forma permanente, con el culto a la nación y a la patria, generando la constante cultura de la identidad y de recordar que al pertenecer a la nación, nos debemos a ella como supuestamente ella se debe a nosotros. Se sacralizan así a la nación y a la patria, resultando lo cívico en un deber sagrado para con la nación y con la patria.

Así, los lugares o los espacios principales de la ciudad como centro de la civilización y de la cultura, o sea del deber ser ciudadano y por lo tanto para el desarrollo de lo cívico, se construyen con monumentalidad: edificios grandes, pinturas y esculturas de los hechos trascendentales reales o míticos del origen y del cuerpo nacional, así como espacios para que el ciudadano transite entre todo ello. Siguiendo a George Balandier, históricamente se ha representado el poder de la nación en escenas, siendo la escenografía de las ciudades una de las maneras más importantes en la historia de las civilizaciones, hasta la fecha.

Lo cívico, entonces, ha sido objeto de interés fundamental para los Estados, las naciones y los sistemas políticos que les definen, lo que ha implicado materializarse en lo espacial, o sea en la ciudad como lugar de sentido de la ciudadanía, lo que a su vez permite que se lleve adelante la razón de Estado y se ejerza la identidad en pertenencia a la nación. Para ello, la arquitectura y su integración con otras artes y formas estéticas en la definición de lo urbano, no esto último como categoría moderna sino entendida como una histórica relación social, ha sido trascendental. En la modernidad liberal americana, el antiguo centro de la ciudad española que contenía la Plaza Mayor o Plaza de Armas, el palacio real, la catedral, posiblemente el ayuntamiento y otros edificios como portales de comercio, fue transformando sus funciones y paulatinamente empezó a sustituirse en otros espacios, para ir acorde al cambio de los tiempos y contextos.

En muchos lugares, se buscó disminuir el símbolo del poder español por las nuevas influencias liberales de la modernidad capitalista. Esto no significa que se hayan abandonado o destruido los centros originales de las ciudades coloniales, sino que se continuaron utilizando, pero con nuevas lógicas, aunque se mantuvieron algunas formas de cultura política y social. En el caso específico de Guatemala, la extensión de la ciudad al norte por las disposiciones del gobierno de Justo Rufino Barrios a partir de 1879, la ampliación al sur que proyectó el gobierno de José María Reyna Barrios entre 1892 y 1898, las adecuaciones e innovaciones que en ambas direcciones cardinales -incluyendo el nororiente- llevó a cabo el gobierno de Manuel Estrada Cabrera entre 1898 y 1920, las que definieron en lo meridional con la finca La Aurora los gobiernos de José María Orellana y Lázaro Chacón y las que dispuso el gobierno de Jorge Ubico entre 1931 y 1944 en todos estos puntos que sus antecesores establecieron, extendiendo aún más en el sur la ciudad, forman parte de estas modificaciones liberales urbanas a las que nos referimos.

Todas combinan elementos estéticos, sociales, históricos y culturales que van en el sentido de reforzar la identidad de la nación y de lo cívico. Los liberales sustituyeron los símbolos religiosos por los de la nación liberal moderna, pero igual de sagrados. La sacralidad pasó de la Iglesia a la patria liberal. Los símbolos patrios tomaron el espacio de lo público y la monumentalidad en construcciones dejó de ser exclusiva de los elementos coloniales -iglesias, palacios, atrios- para las edificaciones públicas civiles. Lo cívico se imprimió en todos los nuevos elementos modernos de cambio liberal en la ciudad.

Siguiendo este proceso histórico de los gobiernos liberales, muchos de estos nuevos espacios se convirtieron en evocaciones de lo cívico, desde distintas perspectivas. Sin embargo, en el caso de las dictaduras liberales de Estrada Cabrera y de Ubico, el culto a la personalidad se impuso muchas veces al sentido cívico amplio, apropiándoselo; es decir, el civismo se utilizó en favor del culto a la personalidad y se desarrolló la idea de que si se rendía homenaje al gobernante se honraba a la patria. Pero a nivel general, durante el segundo liberalismo de Guatemala, es decir entre 1871 y 1944, se promovió la infraestructura urbana cívica que impulsó y profundizó el sentido cívico de la patria y de la nación en la lógica de lo que una clase dominante de tipo oligarca cafetalera requería.  Estos análisis de antecedentes históricos permiten teorizar de una manera más cuidadosa el concepto centro cívico, el cual se presenta en lo concreto como un espacio donde el Estado erige lo institucional a través de la arquitectura y la integración con otras artes. 

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