Un apunte sobre la obra de Sandro Botticelli

El hombre retratado por el pintor es, al mismo tiempo, el portador de un retrato, que nos manifiesta con serena certeza, que nos está mostrando una pequeña obra de arte. De ahí, que Botticelli al hacerlo introduce en esta obra de arte que crea, otra obra artística, que parece ser el motivo que lo llevó a pintarla.

Camilo García Giraldo

agosto 3, 2025 - Actualizado agosto 2, 2025

Joven sosteniendo un medallón, de Sandro Botticelli

Hace algunos años se subastó en Nueva York por la suma de 92 millones de dólares el retrato pintado por Sandro Botticelli Joven sosteniendo un medallón, que probablemente data de finales del siglo XV. Y, en el que retoma el motivo y la forma, con algunas variaciones sustanciales, de uno que había pintado años antes llamado Retrato del hombre con la medalla de Cosme el Viejo. Estaba en manos privadas desde 1854, año en se subastó por la suma de 64 dólares. Pues, la obra de este gran artista renacentista italiano fue desestimada durante varios siglos. Solo a mediados del siglo XIX, gracias a la labor de algunos críticos de arte ingleses, el público y los amantes del arte comenzaron a descubrir y comprender su gran valor artístico que se expresa muy bien en sus famosas obras como El nacimiento de Venus y La primavera con los que se revela como uno de los grandes creadores y exponentes del modelo estético renacentista del arte. El orden simétrico de disposición de las figuras y los elementos naturales en el espacio del lienzo, la proporción matemática exacta entre el tamaño de todas sus partes, en especial, en el cuerpo y rostro de la diosa mitológica, le dan su armónica belleza.

Aumentada significativamente, por la expresión de serena placidez y sueva alegría de los rostros de esta diosa de la belleza y al amor, la Afrodita griega, que le brota de saber que están naciendo, o, que la naturaleza vegetal, las plantas las hojas, las flores y los frutos están naciendo de nuevo. Pues, es plenamente consciente que el nacimiento de toda nueva vida humana es o debería ser fruto del amor entre los seres humanos, del amor que ella representa. Y, que el renacimiento de la naturaleza lo celebra, junto, principalmente, con otras mujeres, como ocasión perfecta para vivir de nuevo el amor, porque la belleza colorida que adquiere la naturaleza en la primavera constituye la ocasión adecuada para que el amor entre los seres humanos se despliegue. Pues, entre la belleza y el amor, tal que lo enseño Platón, existe una correspondencia completa y absoluta.       

Así, entonces, Botticelli captó y representó perfectamente a través de esta figura mitológica que el hecho de nacer o el de renacer de la naturaleza constituyen motivos naturales de alegría para los seres humanos. Es decir, empleó esta diosa de la mitología griega del amor y la belleza para crear una armónica y bella obra de arte en la que nos dice y expresa que un motivo sustancial de la alegría humana radica en el hecho de surgir a la vida o de sentir el surgimiento de nuevo de la vida de la naturaleza. Por eso, su obra artística es, en gran medida, un canto de alegría al nacimiento a la vida de todo ser humano que es fruto real del amor de sus progenitores, y, al renacimiento de la naturaleza vegetal, con su gran variedad de flores, frutos y colores, en cada primavera. Pues, el nacimiento de cada ser humano se parece mucho a renacimiento de la naturaleza vegetal. Las plantas, las flores y los frutos que renacen y embellecen el paisaje natural son semejantes el nacimiento de un nuevo ser humano, de un pequeño niño, que engalana, adorna y embellece el paisaje humano.  

Siglos después en 1785, el gran dramaturgo y poeta alemán Federico Schiller escribió su célebre poema Oda a la alegría en el que nos habla de la alegría que sienten, o, que deberían sentir todos los seres humanos al saber que son iguales y hermanos, al descubrir y comprender que están unidos naturalmente por los lazos de la hermandad y la igualdad. Poema, que entusiasmo mucho a Beethoven al leerlo, y lo empleó, como se sabe, años después en el coro final de su gran novena sinfonía. Schiller, también canta como Botticelli, a las condiciones naturales de los seres humanos. Pero, no al hecho de nacer y vivir o de dar vida a otros, protegerlos y ayudarlos a conservarlas con amor, sino, a la igualdad natural que tiene como hermanos, a la naturaleza igual y original que los caracteriza, y, que los hermana en una gran familia, independientemente de sus diferencias étnicas, sociales, nacionales, religiosas o culturales. Pero, son dos cantos, que, a pesar de esta diferencia, se complementan y prolongan muy bien, en el sentido, de que solo los hombres que saben o se sienten iguales, usan la capacidad de natural de darse y renovarse sus vidas a través del amor. 

Ahora bien, este retrato Botticelli nos muestra a un joven, que, con el desenfado y la gracia que caracteriza toda su obra, un medallón que contiene un retrato. De ahí, que este lienzo está compuesto no solo de uno, sino, de dos retratos. El hombre retratado por el pintor es, al mismo tiempo, el portador de un retrato, que nos manifiesta con serena certeza, que nos está mostrando una pequeña obra de arte. De ahí, que Botticelli al hacerlo introduce en esta obra de arte que crea, otra obra artística, que parece ser el motivo que lo llevó a pintarla. Al pintar el retrato de este joven anónimo sosteniendo en su mano un medallón que contiene el retrato de alguien que tampoco conocemos es formar dos piezas artísticas en una. Dos piezas, que, además, se prolongan y complementan en una unidad armónica por una razón adicional, la de, que, si bien, esas dos personas retratadas son desconocidas para nosotros, son seguramente conocidos entre sí, son familiares o amigos. De tal modo, que el primero exhibe con orgullo el retrato del segundo porque es alguien que conoce y que le es valioso, y, que, posiblemente sea su padre.

Jaques Derrida, llamaría este procedimiento por el que un artista incorpora en su obra otra, que parece no ser suya, y, que, sin embargo, en realidad también lo es, un injerto. Procedimiento, que en el terreno de la literatura Cervantes empleó, como se sabe, de manera original y paradigmática en El Quijote para decirnos que todo texto no solo injerta en sí mismo otros, así sean ficticios o imaginarios, como lo hizo Borges en algunos de sus relatos, sino también, que un texto puede, y, de hecho, es con frecuencia, injertado o incorporado por otro u otros autores en sus obras literarias. De esta forma, la literatura aparece como la sucesión de diversos y múltiples de injertos que unos escritores realizan en sus obras de fragmentos o textos literarios, reales o ficticios, escritos por otros.

Y, Botticelli con este lienzo, nos indica en el terreno del arte, un siglo antes de Cervantes, que los artistas pueden, y, de hecho, realizan con frecuencia, un procedimiento semejante, al crearlas. Procedimiento, que, si bien no garantiza que la obra adquiera siempre un mayor valor artístico, le proporciona, cuando el artista lo logra bien, una especial riqueza semántica y significativa, como ocurre con este retrato que pintó con maestría, y, que se subastó por esa suma millonaria.

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