A menudo me doy la vuelta por la librería del Fondo de Cultura Económica en la Once Calle, y siempre hay más de un libro que me llama la atención. Hace unas semanas, estaba queriendo salir, cuando por debajo del mostrador una criatura sonriente me dice: “¡aquí estoy, llevame!”. Y en realidad, no sólo fue la carita del hermoso bichito, sino el gran volumen firmado por el antropólogo Roger Bartra, que me hicieron solicitar desempacarlo para darle una mirada rápida.
Una auténtica joya editorial, coordinada por Gerardo Villadelangel. Antología bien surtida de escritores, y algunas escritoras, extranjeros y mexicanas, que dan sus versiones sobre esta larva neoténica de los anfibios urodelos del género Ambystoma que se conoce como Axolote, y al que se define como anfibio mexicano, por su origen y por el ámbito en que sobrevive. Un libro bien cuidado, con un amplio repertorio de imágenes que van desde el Códice Borgia hasta diseños contemporáneos, basados en los códigos genéticos de algunas especies de axolotes.
Mi breve paso visual por sus páginas me dejó extasiada, pero no lo compré: “No es mi tema, tengo varios libros que no he leído, acordate lo que dijiste…”. Pasaron unos días y finalmente, tras insinuaciones y demandas claras, me lo trajeron y desde entonces he pasado fascinada, leyendo los textos, dándole vuelta a las páginas con fotografías, ilustraciones, grabados y esculturas ancestrales. Inclusive, ahora me entero, hay personajes de Pokemón inspirados en esta larva con patas que no se metamorfosea como otras, a la cual se le han atribuido poderes mágicos, como los relacionados con el erotismo, aparte de la exquisitez de su sabor.
Roger Bartra, antropólogo y sociólogo mexicano, autor de una considerable cantidad de investigaciones publicadas desde los años setenta, en las que ha analizado el sistema político mexicano y ha hecho reflexiones sobre la identidad nacional, recoge en este volumen, información científica, ficción, animación y creatividad en torno a este animalito que: “…pasó de ser un mito ligado a las antiguas deidades nahuas a ser un misterio científico que intrigó a los naturalistas.”
Puedo seguir describiendo el libro, pero me quedo corta de palabras. Sólo el índice es en sí un reto visual. Parece que el humor merodea por ese libro, de manera sutil. La primera parte se titula Antiguo Axolotario, con textos como el de Fray Bernardino de Sahagún, autor de la Historia General de las Cosas de la Nueva España, en el que encontramos referencias del siglo XV al dios que le temía a la muerte, Xolotl. También textos de científicos como Francisco Hernández, Javier Clavijero y José Antonio de Alzate, que contribuyen a la construcción imaginaria de un ser que encarna ambigüedad, contradicciones, rebeldía. Una criatura que se resiste a seguir con un patrón rígido. Que puede convertirse en salamandra y vivir en tierra, y también cuenta con la potencia de la regeneración. De allí, el interés estratégico en sus propiedades.
La segunda parte, Axolotología, reúne textos con descripciones muy prolijas sobre su anatomía, sus rasgos, sus formas de reproducción. La tercera parte, el Nuevo Ajolotario, reúne textos literarios de autores como Aldous Huxley, Primo Levy, Giorgio Agamben, y el más conocido, “Axolotl” de Julio Cortázar, incluido en su libro Final del juego. La cuarta y quinta partes, Axolotitlán y Axolotiada, reúnen textos escritos desde la poesía, la ficción y desde ámbitos que se cruzan en el tiempo para maravillarnos con esta criatura insondable que hoy se aparece bajo formas diversas en las ventas del Zócalo, en la CDMX.
Los documentos y reflexiones que Bartra reúne, los poemas, cuentos e imágenes que ha generado el axolote, constituyen un acervo para la identidad nacional mexicana. El axolote es un símbolo que aparece a lo largo de su historia como una presencia que representa la oscuridad, el silencio, la soledad, la autonomía, el cambio. El mercado, con su insaciable voracidad, se apropia de esos iconos y a veces les cambia el sentido. Hoy vemos a los axolotes en los billetes de cincuenta pesos, en llaveros, diademas, y un sinfín de objetos de consumo. Aunque también, es bueno decirlo, hay interés del gobierno por protegerlos.
Esta primera lectura, incompleta, me llevó a preguntarme si en Guatemala hay símbolos como el axolote, valorados y reconocidos como elementos de nuestra identidad colectiva, que se aprecien, se cuiden y respeten, como elementos fundamentales de nuestra diversidad.
Es un hecho evidente que no hay interés en promover la cultura por parte de quienes tienen los medios para hacerlo. Nuestros símbolos de identidad han sido exterminados, nuestro pasado común, borrado. La intención es sumirnos en la ignorancia.
Quizá nuestro axolote puede ser, por ejemplo, una planta que se utiliza para tapar la olla de tamales, el chocón, que crece entre las piedras y los muros. Quiero pensar en su capacidad para resistir y florecer como un rasgo que nos caracteriza.
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