Nos estamos encaminando de forma acelerada a las elecciones generales y, mientras comienzan a desfilar nombres, aspiraciones presidenciales, los partidos de siempre y muchos nuevos, se vislumbran también las alianzas.
Como en pasadas ocasiones, una vez más existe un dato que debería preocuparnos mucho más que cualquier encuesta electoral y este es el hecho que alrededor de 2.7 millones de guatemaltecos, mayores de 18 pero menores de 30 años, todavía se encuentran fuera del padrón electoral.
Surge la primera pregunta: ¿por qué sucede esto en un país con una población eminentemente joven?
Dentro de esa pregunta, cabe recalcar que 1.8 millones son jóvenes entre 18 y 25 años, por que no estamos hablando solamente de personas que olvidaron hacer un trámite. Estamos hablando de una generación completa que podría llegar a las elecciones de 2027, sin siquiera haber adquirido la posibilidad material de poder decidir en ellas.
Aquí va la segunda pregunta inevitable: ¿dichos jóvenes no tienen interés alguno en empadronarse o existe alguna limitante, brecha institucional, emocional o ambas, para evitarlo?
Quizá llevamos demasiado tiempo respondiendo de forma muy cómoda, presumiendo que los jóvenes son apáticos, poco informados y que no tienen interés en la política que tanto les ha defraudado, prefiriendo las redes sociales antes que involucrarse en los asuntos públicos.
Pero esa explicación resulta demasiado fácil, poco real y; sobre todo, conveniente.
Muy posiblemente el problema no radique únicamente en los jóvenes, pues es un hecho que existe una brecha institucional que les impide empadronarse y nadie logra hacer cambios contundentes al respecto.
Durante décadas hemos pretendido que la ciudadanía sea la que arregle aquella circunstancia y encima de todo sea ésta la que se acerque a las instituciones para empadronarse, cuando debiera ser al revés.
Aquellas deberían ser las que se acerquen a los ciudadanos; especialmente a los jóvenes, para que así puedan empadronarse y ojalá de forma automática al solicitar su documento personal de identificación -DPI-.
Es así como se logrará la participación en este proceso electoral.
Empadronarse puede ser administrativamente sencillo, pero promover ciudadanía y realizarlo con seriedad y formalidad, significa mucho más que instalar puestos de empadronamiento de verdad, con simples publicaciones ocasionales en redes sociales basados en mensajes pobres que inviten a un empadronamiento.
Realizar una campaña verdaderamente productiva es aquella en donde la ciudadanía se active de forma responsable para participar en dichos procesos electorales. Significa pues, educación cívica, presencia territorial, hablar el lenguaje de los jóvenes, llegar a los centros de estudios y universidades, comunidades y espacios digitales, explicándole a la población qué es empadronarse y la importancia de hacerlo, pues no se trata de formar parte de una simple base de datos. Empadronarse es adquirir y conocer una las herramientas más poderosas que tiene la democracia.
Es fundamental comenzar a institucionalizar ese trabajo de inmediato, haciendo un llamado al Tribunal Supremo Electoral -TSE- para que de la mano de éste, la población logre vencer esas brechas existentes y todas las dificultades ya identificadas para evitar ese empadronamiento.
El problema se vuelve todavía más profundo en determinadas regiones del país. Los datos muestran importantes rezagos de empadronamiento en departamentos como Totonicapán, San Marcos, Jalapa y Quiché.
En estos departamentos convergen distancia, desigualdad, información insuficiente, barreras lingüísticas y una ausencia fuerte de la presencia institucional.
Por otro lado existe otra brecha y desafío mucho más grande, por el cual la ciudadanía y en especial la juventud, no se empadrona y esta es mucho más difícil de vencer.
¡Esa es la brecha emocional!
¿Cómo convencer a un joven que se empadrone cuando siente que ninguno de los que aspiran a gobernarlo lo representa?
¿Cómo pedirle entusiasmo a esos jóvenes a participar activamente en las siguientes elecciones, cuando se observan partidos que aparecen y desaparecen cada cuatro años, así como candidatos reciclados, organizaciones construidas alrededor de personas y no de ideas?
Dadas las limitaciones existentes por parte de la institución, se estudia la posibilidad de plantear el apoyo de una política constructiva y renovada, representada en diversas voces para realmente presentar un cambio. Deseamos que esas voces provengan de las propias juventudes con el ánimo de minimizar hasta donde sea posible aquel número que rebasa los 2 millones de personas sin poder participar en el próximo proceso electoral.
Es importante hacer notar, que aún seguimos encerrados en el criterio de conservar espacios de poder, antes que construir un proyecto de país y es donde el problema deja de ser solamente el empadronamiento.
Finalmente, también se trata de esa certeza que busca dicha juventud, confirmando que todo esto que se hace, no es necesariamente en nombre de alguien o de un grupúsculo de gente que conforma un “partido” el cual posiblemente les engañe, les decepcione y sobre todo les olvide, una vez más.
Quedan evidenciadas pues, no sólo las brechas institucionales, sino también las emocionales que impiden claramente que esos jóvenes se encuentren lejanos y apáticos para participar.
También es importante entender que no existe un verdadero y genuino interés por parte de muchos “partidos políticos” que más parecen clubes y asociaciones por interés, por promover ese cambio.
Los 1.8 millones de jóvenes que aún están fuera del padrón electoral, podrían significarle cambios a sus estructuras y confort que les tienen asegurados el ganar las elecciones y modificarlo significaría una recomposición del electorado, lo cual muy probablemente no convenga a sus intereses.
Pareciera obligado preguntarse una vez más, si ¿realmente le interesa al sistema político incorporar masivamente a esa juventud?
El Tribunal Supremo Electoral -TSE- debe ser responsable, así como todos nosotros, los ciudadanos que deseamos verdaderos cambios, involucrarnos para vencer las brechas y dificultades arriba mencionadas.
Por eso el desafío de 2027 no corresponde únicamente al TSE, sino también a los partidos, universidades, centros educativos, medios de comunicación, organizaciones de sociedad civil y empresarial, y especialmente, a quienes trabajamos con juventudes, a poner todo nuestro empeño y capacidades para transformar el país.
Tenemos que cerrar ambas brechas.
La institucional, haciendo que ejercer ciudadanía sea sencillo, accesible y comprensible y toda esa ciudadanía interesada en ello, demostrando que participar todavía vale la pena.
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