PROVOCATIO /¿Alternativas para 2027?

Con la demonización de la política, vino la estratagema para impactar el imaginario social de quienes sufragan, haciéndoles creer que, a más “partidos”, más democracia. La oferta creció desproporcionadamente y, luego, el marketing político hizo el resto. Sin proyectos ideológicos, planes de gobierno, mucho menos doctrina y formación de cuadros, la diferenciación se hace por colores, logos, imágenes y la promoción de personajes que van de la mediocridad más evidente, a la estridencia de espectáculos deprimentes.

José Alfredo Calderón E.

julio 17, 2026 - Actualizado julio 16, 2026
José Alfredo Calderón E.

Estamos a menos de un año de los comicios generales 2027, por lo que observo una ansiedad pronunciada por lo que pasará, así como la recurrente pregunta: ¿Qué opción tenemos para el año entrante?

Análisis sentenciadores van y vienen, pero casi todas las personas se resisten a creer que no haya una alternativa a lo que hemos venido sufriendo, desde 1957 a la fecha. A pesar de todos los desengaños y fiascos, la sempiterna esperanza, contraria a toda lógica, sigue imperando.

Desde que murió el último partido político, que fue la Democracia Cristiana en 2007, solo quedaron cascarones oportunistas y corruptos. Antes, se votaba, ya fuera por el mapita de la revolución del Partido Revolucionario, la daga del Movimiento de Liberación Nacional o la estrella blanca sobre el fondo verde de la Democracia Cristiana, no como ese cartón de lotería que nos ofrecen hoy. Aunque existía el Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) estaba en la clandestinidad y, por tanto, no era opción legal y viable.

Lo anterior, trajo como consecuencia que los votantes empezaran a enfocarse en la sola figura del candidato o la candidata, lo cual favoreció a las mafias, pues la gente seguía aquellos individuos que hoy estaban en una “organización”, y al poco rato, en otra y otra.  Aunado a esto, lo que quedó de la “clase política” no aceptaba competencia y empezó a demonizar la política, para que se despreciara el oficio y no se involucrase, ya fuera por asco o por miedo. Después, se terminó esa clase política, básicamente con la llegada del FRG al poder en 2000, y surgió un segmento desclasado compuesto por cualquier figura histriónica y francamente palurda, que es lo que nos abruma hoy.

Antaño, era impensable el ridículo escenario que hoy domina la politiquería en el país. Los primeros en hacer del espectáculo circense su dominio, fueron los candidatos a diputados y alcaldes, más cercanos a la población y más reconocidos. Después, también decayó la figura presidencial y vicepresidencial y, desde Jimmy Morales, literalmente CUALQUIERA, puede aspirar al “guacamolón”, sin importar la carencia de conocimiento, experiencia y decencia. Hace años se decía: “si llegó Lucas, cómo no voy a llegar yo”, pero tocó en suerte el payasito tropical, quien rompió todas las formas.

La debacle del proyecto que llegó al gobierno, no ha hecho más que pavimentar la carretera por la cual, tranquilamente, transitará la extrema derecha para hacerse del poder formal, nuevamente. Con la demonización de la política, utilizaron la estratagema para impactar el imaginario social de quienes sufragan, haciéndoles creer que, a más “partidos”, más democracia. La oferta creció desproporcionadamente y, luego, el marketing político hizo el resto.  Sin proyectos ideológicos, planes de gobierno, mucho menos doctrina y formación de cuadros, la diferenciación se hace por colores, logos, imágenes y la promoción de personajes que van de la mediocridad más grotesca, hasta la estridencia de espectáculos deprimentes.

Todas las plataformas electoreras son variantes de lo mismo; y los personajes que vimos en 4 o 5 partidos aparecen en uno “nuevo”. Restarle importancia (y la misma existencia) a las ideologías, así como a los términos izquierda o derecha, abrió el paso para hacer burdas diferenciaciones fallidas. Cuando conviene, unos pocos juegan el papel de ubicarse a la “izquierda” del espectro político. La mayoría prefieren autodenominarse de “centro”, es decir una neutralidad que significa NADA y otros se quedan con la “nueva derecha”, lo mismo, pero renovado, dicen. Vote por quien vote, usted no elige y más temprano que tarde, se dará cuenta que lo timaron de nuevo.

El simple hecho de participar en un juego amañado, ya define el talante ético de los participantes, así como las instrucciones que les imponen. Los discursos cambian muy poco y la novedad es que, quienes se conocieron como de extrema derecha, ahora son flamantes demócratas “progres”. Fíjese nomás en la forma que votan en el Congreso y podrá percibir con más claridad el engaño. Ni qué decir de la opacidad que se ha convertido en norma, con mil justificaciones de por medio.

El Tribunal Supremo Electoral, que de supremo no tiene nada, seguirá siendo una figura decorativa y las campañas anticipadas continuarán de lo más campantes. No hay ninguna oferta disruptiva con el sistema, salvo que, ya autorizado, el comité Dignidad retome los principios del extinto Movimiento para la Liberación de los Pueblos, lo cual todavía está por verse.

No soy nadie para vedar la euforia e ingenuidad a millones de votantes y, seguramente, esta nueva edición permitirá al sufrido pero abnegado pueblo, escoger a sus verdugos de turno.

Solo quedan dos alternativas reales: la abstención o el voto nulo, pero el sistema también tiene un efectivo antídoto para esta “anomalía”. Sugerir, o peor aún, promover estas dos alternativas, es como hablar mal de la Virgen en Semana Santa.

Historiador y analista político

 

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