Con la demonización de la política, vino la estratagema para impactar el imaginario social de quienes sufragan, haciéndoles creer que, a más “partidos”, más democracia. La oferta creció desproporcionadamente y, luego, el marketing político hizo el resto. Sin proyectos ideológicos, planes de gobierno, mucho menos doctrina y formación de cuadros, la diferenciación se hace por colores, logos, imágenes y la promoción de personajes que van de la mediocridad más evidente, a la estridencia de espectáculos deprimentes.
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