Bastante agua bajo el puente ha corrido a partir del reciente estudio de opinión pública elaborado por CID Gallup, en especial lo relativo a la evaluación del presidente de la República. Al respecto, vale la pena precisar que no se trata de un examen del gobierno en general (el equipo), sino de quien se supone que es su cabeza y referente.
Ahora bien, aunque el estudio no lo indique de manera explícita, en esencia la dimensión que se cuestiona en varias de las preguntas de la sección denominada “el gobierno y política actual”, es el desempeño. Acá conviene detenerse. En términos conceptuales, el desempeño es el principal engranaje trasformador de la gestión gubernamental. Si este es precario, los otros componentes de la maquinaria entran en fallo general. Un adecuado desempeño se traduce en resultados, eficiencia y probablemente, en mejora de la calidad. La sumatoria de las piezas repercute en la legitimidad o apoyo social. Si el desempeño es percibido como adecuado, el respaldo aumenta; pero si, por el contrario, se le percibe ausente o deficiente, los apoyos desaparecen. Las sumas cuestan, las restas son fáciles de lograr.
Quizás parezca simple de comprender, pero cuando los actores formales pierden el piso, están ensimismados, mal asesorados, o piensan que alcanzar cierta dosis de poder es suficiente y que los ciudadanos son entes pasivos que pueden ser dominados con facilidad, el experimento tiende al fracaso. Es en ese nivel donde el “buenismo” es insuficiente, donde las buenas ideas que no se traducen en acciones precisas y visibles, son simplemente igual a nada, donde los adornos y las contemplaciones son señales de alarma.
En la actualidad, el desempeño en la gestión de los gobiernos tiene un peso, que guste o no, es determinante. Lo indican los datos: Latinobarómetro 2026 precisa que el 52 por ciento de los encuestados no les importa la llegada de un gobierno no democrático, si este resuelve problemas. Ese dato marca un escenario riesgoso, porque habilita mayor cancha para la consolidación de las autocracias. Pero, al mismo tiempo, es una oportunidad para los gobiernos de signo democráticos, porque indican la ruta por la cual conviene caminar. Sus gobernantes deben responder a las muestras de sentido común y no querer girar la noria en un sentido diferente.
La legitimidad, terreno donde los líderes autoritarios ganan terreno porque aparentemente son más efectivos, indistintamente si para el logro de los resultados se cometen atrocidades, actos de corrupción, violación de las normas, requiere ser moldeada de otra forma para mostrar que lo que a final interesa es la satisfacción ciudadana y no la colección de las promesas, o de los bonitos discursos.
Si Arévalo quiere cerrar el gobierno que preside con una nota diferente a la señalada en múltiples mediciones, la acción inicial consiste en realizar una lectura mesurada de estos, abrirse a consejos, precisar los hitos básicos 2027, alinear a su equipo en torno a ellos y tomar decisiones. En eso consiste gobernar.
Pero ojo, el panorama es más que desalentador en cuanto a los competidores iniciales para gobernar a partir de 2028. Aumentar la exigencia ciudadana es un imperativo, más cuando la mayoría de los perfiles que comienzan a desfilar son un muestrario de impresentables.
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