Nos dicen que no nos enojemos. Que respiremos, que seamos pacientes, que agradezcamos. Pero tenemos derecho a enojarnos, a cansarnos de todo: de las malas respuestas, de la falta de empatía, de la indiferencia que se disfraza de trámite. Y lo más curioso es que, cuando una mujer levanta la voz, es histérica; pero cuando lo hace un hombre, es asertivo.
Estoy exiliada. Creí que lo difícil era irme, y resulta que quizás regresar lo sea aún más. Me estoy dando cuenta de algo que duele y, a la vez, ordena: aquellas personas con quienes creí que podía contar no están, y quienes menos imaginé están ahí, en silencio, constantes, sin pedir nada a cambio. El exilio también rompe afectos.
Rosario Castellanos dijo una vez que escribía porque, siendo adolescente, se inclinó ante el espejo y no había nadie. Hay momentos en que yo me siento así. Me asomo y busco el rostro que dejé y no lo encuentro, porque el país que me despidió ya no es el mismo que de lejos a diario leo.
Y quizás la razón es que yo tampoco soy la misma. Silenciosamente he cambiado. No hubo un día exacto ni una decisión; fue ocurriendo despacio, como ocurren las cosas que nos transforman de verdad. Creo que todo empezó con mucha frustración: la de tocar puertas que no se abrían, la de explicar una y otra vez lo que debería ser evidente, la de esperar respuestas que llegaban tarde, mal o nunca. La frustración se fue acumulando en silencio y, en lugar de quebrarme, me fue moldeando.
Antes aguantaba más. Callaba más. Pedía disculpas por ocupar espacio, por insistir, por necesitar. Hoy ya no. Aprendí que la frustración, cuando no se la traga una misma, puede convertirse en lucidez. Que detrás del cansancio hay una claridad nueva: la de saber qué merezco, qué no voy a volver a tolerar y a quién ya no tengo que darle explicaciones. Ese cambio no vino con aplausos; vino con noches largas, con distancia, con la soledad de quien se reconstruye lejos de casa. Pero es mío, y me costó demasiado como para esconderlo.
Dejé mi tierra cargando una idea de ella, y esa idea se quedó congelada mientras todo lo demás siguió su curso. Las calles cambiaron, la gente cambió, los códigos cambiaron. Y yo me pregunto si llegase a retornar: ¿adónde se quedó todo? ¿Alguien querrá volver a hablarme? ¿Podré empezar de nuevo?
Lo que más me agota es esa sensación de ya no pertenecer. Pertenecer era mi casa, y hoy me siento lejana. Quizás el desencuentro es doble: el país no me reconoce a mí y yo ya no me reconozco del todo en Guatemala.
Pedir ayuda no es debilidad. Lo repito porque a veces hay que decirlo en voz alta. Lo que indigna es pedirla justo cuando más se necesita y encontrar silencios, puertas cerradas, mecanismo vacío respuestas tibias. Ojalá la simplicidad fuera, aunque fuera por un momento, una posibilidad. Ojalá algo, por una vez, fuera fácil.
Y, aun así, no puedo enojarme. Porque si lo hago, soy la loca. Si exijo, soy la intransigente. Si explico que tengo derechos, que conozco mis derechos y que pueden y deben cumplirse, soy la difícil. A las mujeres no se nos perdona tener claridad. Y es que quizás eso es lo que incomoda: que la mujer de ahora ya no es la que se fue, la que se acomodaba, la que no hacía ruido.
Seré la que no pide perdón por el cansancio, ni por la rabia, ni por las preguntas incómodas. Porque la frustración que un día me pesó hoy es la que me sostiene.
Así que, aunque digan que soy la exigente, seguiré reclamando ese lugar que nadie debió quitarme. Un lugar que nos arrebató el odio y la misoginia con que fuimos tratadas, tanto mi colega Virginia Laparra como yo, cuyas consecuencias fueron gravísimas para nuestras vidas: la criminalización. Para ella, dos años de prisión; para mí, el exilio.
Tenemos derecho a volver a nuestro país. Tenemos derecho a levantar la voz sin que nos llamen locas, a incomodar sin que nos llamen difíciles, a necesitar sin que nos llamen débiles. Y tenemos derecho a exigir que el lugar que nos pertenece nos sea devuelto, sin condiciones y sin súplicas.
Volver a Guatemala no es un favor que se nos concede: es un derecho que nunca debió ser negado.
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