Fue el escritor español Pío Baroja quien concluyó, remangándose los brazos: “El hombre: un milímetro por encima del mono cuando no un centímetro por debajo del cerdo”. Dura afirmación, aunque injusta para los cerdos, que jamás organizaron ni guerras, ni genocidios, ni hambrunas, ni asesinatos según el origen social, la apariencia o las ideas que ostentan otros seres. La frase la había leído yo en los años setenta del siglo pasado y pensé, cuando terminó el terrible genocidio de Vietnam, que afortunadamente ya no tendría vigencia, porque entonces empezó a desarrollarse una correntada de libertades y anhelos en el mundo que prometían paz y concordia a través del movimiento hippie, el pensamiento “new-age”, la consolidación de la Unión Europea, la descolonización africana y el surgimiento de las sociedades del bienestar social. Un nuevo paradigma de pensamiento le estaba ganado el pulso a los conflictos, y todo parecía indicar que sí nos merecíamos ese famoso milímetro que le ganamos a los simios.
La ilusión duró solo hasta finales del siglo XX. A partir de la caída del Muro de Berlín, en 1989, que marcó el fin de la guerra fría por implosión de la Unión Soviética y por haberse deshecho el dispositivo equilibrante y defensivo del Pacto de Varsovia, los Estados Unidos, ebrios de un autismo delirante, fueron a partir del siglo XXI expandiendo la OTAN, su brazo armado en el mundo, hacia buena parte de las antiguas repúblicas soviéticas, de manera que la nueva Federación Rusa, desbaratada y anémica, se vio rodeada o más bien estrangulada por bases norteamericanas que totalizan 275 bases militares y emplazamientos en Europa de las 800 bases que tienen los EUA en el mundo (Alemania alberga 123 bases estadounidenses, Japón 120, Corea del Sur 73, Italia 49, y Reino Unido 23), repartidas en 30 Estados europeos que son miembros de la OTAN, mientras que Rusia cuenta con un total de solo 18 instalaciones militares fuera de su territorio.
En 1999 la OTAN bombardea Serbia en Yugoslavia sin la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, lo que sentó un precedente para futuras intervenciones como en Afganistán (2001-2021), en Irak (2003-2011) y en Libia (2011), entre otras. Todo ello marca el fracaso estrepitoso de las teorías del filósofo norteamericano Francis Fukuyama que propugnaba, a la caída de la Unión Soviética, el “fin de la historia” de las guerras y de las revoluciones sangrientas gracias al triunfo del neoliberalismo y de la democracia, y lógicamente, el fin de la era de los sueños y de los unicornios alados que marcan el ocaso del siglo XX.
El caso es que Europa, la vieja y culta Europa, la liberal, democrática y admirada Europa, lo que decide en este primer cuarto del siglo XXI a través de sus instituciones cada vez más conservadoras y burocráticas es despojarse de su pretendida identidad a través de un progresivo streap-tease que la desnuda sin ambages para mostrarse con cinismo ante el mundo como una cortesana dispuesta a ofrecer sus servicios al Imperio. Y las órdenes del Imperio son, ni más ni menos, las mismas que obsesionaron en su época a Napoleón y a Hitler por un lado, y más tarde, a Truman y a Churchill por el otro: Rusia es el monstruo gigantesco y salvaje que hay que debilitar, dividir y si posible, exterminar. La rusofobia, pues, elevada a política de Estado y a ideología de masas. Es entonces cuando la humanidad desciende no ya un centímetro, sino un metro por debajo del cerdo (y que nos perdonen los cerdos).
Confieso que ahora me resulta imposible ver los noticieros de la televisión aquí en España, e incluso leer los periódicos. Además de lo reiterativo y de la pésima calidad de los anuncios publicitarios que invaden los canales principales (cuatro privados y dos estatales), a pesar de los programas sorprendentemente subnormales que intentan divertir a un público cada vez más idiotizado, a pesar de los insoportables “debates” sobre chismes y temas de farándula o de palacio en los que los participantes gritan y gesticulan al mismo tiempo sin escucharse, lo que más me saca de quicio, lo que me revienta, es que cada vez que hay alguna noticia que concierne Rusia o los rusos se menciona “la amenaza y los deseos expansionistas de Putin” sin citar nunca, como debería hacerlo cualquier aprendiz de periodista, qué amenaza y cuándo, concretamente, ha manifestado Putin o los miembros de su gobierno tales deseos, y de qué fuente informativa obtiene semejantes suposiciones.
Pero la cosa es peor: del mismo síndrome padecen igualmente los hombres políticos y las mujeres diputadas de los diferentes países del Parlamento Europeo de Bruselas que utilizan incansablemente en sus discursos una retórica hecha de frases hechas, de tópicos y estereotipos de paja y cartón, de afirmaciones vacías sin sustento que pretenden justificar la proximidad de una guerra cuasi-inminente, complementadas con exhortaciones para que la ciudadanía haga los futuros sacrificios inevitables para pagar los miles de millones de Euros que todo ello va a necesitar, mientras deberá por supuesto aceptar el encarecimiento de la vida, una baja de salarios, el aumento del desempleo y una precariedad todavía mayor de los servicios públicos, es decir, el fin definitivo de la sociedad del bienestar.
Vivimos tiempos aciagos, tiempos de transición, de crisis de un Imperio herido que se niega a compartir el poder con otros imperios similarmente poderosos. Un imperio en declive que parece estar dispuesto a arrastrar al planeta por los caminos de una hecatombe nuclear con tal de impedir que rija la inteligencia, el equilibrio y la sensatez en el mundo. Pero la humanidad no nos manifestamos todavía, no protestamos, no nos movilizamos. Estamos pasmados, adormecidos. Quizás cuando queramos hacerlo sea ya demasiado tarde, porque los cerdos habrán triunfado.
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