Durante muchos años he estudiado los mecanismos de manipulación que el sistema utiliza para engañar a los habitantes de este sufrido país, sean indígenas o ladinos, creyentes o agnósticos, citadinos o rurales, hombres o mujeres, jóvenes, adultos o personas mayores, pobres o acomodados, todos son víctimas de la instrumentalización, el clientelismo y la ilusión de vivir en democracia. Por lo menos, tal y como se la han vendido.
Usé el término acomodado porque los muy ricos sí saben cómo funciona el mecanismo, pues fue diseñado e implantado por ellos mismos, inspirados en esa patria grande al mejor estilo criollo. Por supuesto, no todos caben en el saco de acaudalados pues hay un grupo selecto y minoritario de élite entre las élites y al que me refiero constantemente como el G-8, es decir, los 22 troncos familiares oligárquicos y sus ocho grupos empresariales masivos y dominantes.
La pregunta sigue siendo ¿por qué, con tantas décadas de historia, se sigue creyendo en un modelo que a todas luces no es democracia? La respuesta sigue siendo el diseño estructural del sistema político, social y económico de lo que se conoce como República de Guatemala. Las bases históricas vienen de la Colonia, pero se institucionalizan con la llamada Reforma Liberal de 1871, en la que el sueño criollo toma forma y cuerpo. De acuerdo a su pertenencia, las clases y grupos sociales ubicados en la pirámide jerárquica del país, profesan una ideología, propia o inducida, consciente o inconsciente, de la que surgen posturas más o menos firmes sobre lo que debe entenderse por democracia, aunque la “nuestra” tenga el apellido iliberal, es decir, que cumple con la mayoría de formalidades, pero no con el fondo, que incluye la participación permanente, genuina, igualitaria y real de las mayorías.
La Revolución de Octubre de 1944 logró alfabetizar a miles de guatemaltecos pero sus limitaciones burguesas de aquel momento histórico, impidieron combatir el analfabetismo político, el cual es estructural y, por tanto, requiere soluciones de fondo cuyo problema principal es la afectación de intereses de quienes han mandado por siglos, unos, o por décadas, otros.
Está claro que cada grupo social ve el paisaje de acuerdo con unos lentes plagados de historia y sesgo ideológico, aunque esto último no se quiera reconocer. Los enfoques de los actores más visibles pueden resumirse de la siguiente manera:
- Élites oligárquicas: Las únicas que mantienen claridad de todo el panorama y a quienes les conviene el engaño democrático para justificar sus privilegios y que nadie intente salir del marco conservador.
- Otras élites (adláteres): Empresarios corporativos y emergentes, a quienes también les conviene la narrativa de que somos una nación democrática, aunque deban reconocer algunas “pequeñas” fallas.
- Capas Medias: Entre las que se pueden incluir a la pequeña burguesía (emprendimientos varios, profesionales liberales y hasta ciertos narcos) así como empleados de cuello blanco (medianos y altos salarios). Este segmento es aspiracional por definición, por lo que adoptan el imaginario de los que tienen arriba de su estatus, es decir, les conviene aceptar que sí hay democracia, aunque algunos de ellos reconozcan pecadillos mayores en el funcionamiento de esta.
- Capas medias bajas: A pesar que la precariedad salarial y de condiciones de vida material sea la norma, compran el sueño aspiracional de la pequeña burguesía y las capas medias altas. Al igual que huye de la conceptualización de “pobre”, no le interesa cuestionar lo que le han vendido como democracia por muchos años.
- Masas: La precariedad misma no les permite pensar más allá de lo que le han impuesto. Incapaz de organizarse, está aleccionado a votar cada cuatro años y eso, para él, es la definición de “democracia”.
No incluyo al minúsculo sector que nos preciamos de tener claridad política, pues en el conjunto del escenario nacional, ejercemos poca influencia y representamos una minoría.
Ahora bien, en el segmento de las capas medias, hay dos grupúsculos que son los que le dan vida a la fiesta democrática: 1) la llamada clase política, ya desaparecida y la cual he conceptualizado en otros artículos; y 2) los consultores políticos, que heredaron su función bajo el disfraz de técnicos/profesionales o incluso influencers, aunque sus capacidades académicas no den para consultorías propiamente dichas.
Recuerdo un caso reciente de alguien muy conocido y que defiende a ultranza el modelo democrático miwateco; el susodicho fue contratado por un organismo internacional para verificar la factibilidad del rescate real de la USAC, cuestión que él afirmó con vehemencia. Este mismo organismo me consultó sobre esa posibilidad, pero mi mente anticomercial me obligó a decir la verdad y afirmé que no era posible, por varios factores enumerados. Resultado: una jugosa consultoría para el defensor de la democracia y las causas difíciles, al mejor estilo de Judas Tadeo. Por mi parte, queda la tranquilidad moral y ética de no engañar; nunca ha sido ni será mi estilo, para ganar un poco de plata.
Estos especímenes son perniciosos y hay que ponerles ojo. No se asumen como élite, pero sí son fieles sirvientes de los que consiguen el financiamiento y que son cercanos a los que están en el pico de la pirámide.
*Historiador y analista político
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