La derecha radical no cree en el futuro con dignidad

Jorge Mario Rodríguez

noviembre 19, 2025 - Actualizado noviembre 18, 2025
Jorge Mario Rodríguez

Al intentar desentrañar la base doctrinaria del movimiento internacional reaccionario, es inevitable encontrarse con una tupida telaraña de posiciones que carecen de coherencia interna. Aun cuando existan corrientes académicas que han apoyado la efervescencia radicalizada del conservadurismo, no es muy difícil chocarse con posturas afincadas en andamios incapaces de presentar argumentos sólidos para defender sus posiciones.

Al final, la derecha internacional encuentra una línea común en el deseo por retirar todos los logros emancipatorios de las recientes generaciones. En consonancia con este sentimiento revanchista, la derecha desbocada se entusiasma con las posibilidades de manipulación que ofrece un sistema de comunicación digital que idiotiza a la mayor parte de la sociedad mundial. Esa idiotez masiva permite explicar el apoyo detrás de personajes tan pintorescos y desquiciados Javier Milei o Jair Bolsonaro. No importa que nos internemos en un caos cada vez más profundo. La derecha radical no cree en el futuro y sabe que el caos le produce inmediatos dividendos.

Ahora bien, lo que sí abunda en estos movimientos es una demonización de todo lo que aspire a brindar justicia social a un mundo enlodado en una desigualdad insolente. Esta posición aprovecha los vientos de cierto sentido común que refleja un neoliberalismo mutante, en el cual todavía persiste el encono contra cualquier asomo de democracia. En la estela de influencias neoliberales, destaca el debilitamiento del Estado, el cual, aun en nuestros días, se erige como el aparato que podría hacer cambios orientados al bien común. Es obvio, sin embargo, que el potencial transformador del Estado no se agota en buscar la gobernabilidad y promover la inversión.

De hecho, el reto más importante de nuestro tiempo es la recuperación de un proyecto de racionalidad política que siempre se encuentra en perpetuo naufragio debido a la pobreza de liderazgos, situación demasiado evidente en nuestro país. Mis lectores de tendencia democrática me concederán que el sentimiento que suele embargar el espíritu de las nuevas generaciones es la de impotencia para imaginar un futuro que en realidad les garantice un futuro digno. A veces se vive el día a día, sin prestar atención a los escenarios posibles.

Sin embargo, podemos evitar ese fatalismo que lleva a un profundo desencanto y no pocas veces a un marcado nihilismo. En primer lugar, se debe reconocer que las doctrinas de la derecha no se han impuesto por su racionalidad, sino más bien a partir de la tremenda frustración que experimentan nuestras sociedades frente a lo que consideran imposiciones de una élite que será desplazada por alguien como Donald Trump. Los canales comunicativos de orden digital, siempre en manos privadas, se han convertido en caja de resonancia de los sectores reaccionarios, distrayendo a la ciudadanía con el gusto telenovelero por las conspiraciones. Un ejemplo de esto puede verse en la manera en que el actual movimiento de la Generación Z está siendo manipulado por los mismos sectores responsables del descalabro en México.

Es necesario reconocer que el vaciamiento de las esperanzas democráticas es un fenómeno manufacturado por los sectores de poder global actuales—siempre expresados en las estructuras locales y regionales de poder. En lugar de sucumbir al desencanto, es necesario comprender el proceso de alienación que se integra en el entorno digital en el cual pasamos gran parte de nuestra vida consciente. Por esta razón, es necesario generar movimientos democráticos que luchen contra la gobernanza plutocrática.

Esta tarea requiere un proceso continuo de identificación colectiva de caminos políticos, algunos de los cuales se hacen presentes en eventos como la COP 30 en Brasil. En el caso guatemalteco, estos movimientos deben nutrirse de las perspectivas avanzadas por los pueblos indígenas, ya no como expresiones identitarias, sino como opciones racionales para un futuro compartido. Creo, en esta dirección, que los movimientos políticos guatemaltecos deben tomar en cuenta el desarrollo de las perspectivas indígenas, las cuales deben canalizarse en proyectos políticos dotados de medidas concretas.

Se debe señalar con firmeza la falta de imaginación política de los sectores críticos. A veces da la impresión de que la larga permanencia de sectores críticos en proyectos de consultoría o de organizaciones no gubernamentales, forzadas a trabajar dentro del sistema, han hecho que muchos miembros de este gobierno no hayan arribado a la visión transformativa de la política. Esta carencia se ha conjuntado con problemas como la falta de liderazgos y la carencia de perspectivas verdaderamente emancipatorias. Construir estos elementos es una tarea urgente que no debería distraerse con los espectáculos montados por políticos miserables y cada vez más estúpidos.

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