Cuando el silencio también es político

Flor de María Gálvez

diciembre 2, 2025 - Actualizado diciembre 1, 2025
Flor de María Gálvez

Hace una semana escribí sobre el peso del silencio, sobre esa sensación de tragarte el dolor y hacerlo invisible. Y sí, confieso que a veces elijo no hablar de lo que me duele. ¿A quién le gusta enfrentarse a lo que teme, a lo que incomoda, a eso que nos remueve por dentro?

El caos llega sin avisar. No solo el exilio lo trae consigo, aunque muchos crean que es la única forma en que la vida se desordena. El caos aparece en las noches donde no podemos dormir pensando en todo lo que cargamos, en las mañanas donde nos miramos al espejo y apenas nos reconocemos, en esos momentos donde sentimos que el mundo nos exige más de lo que podemos dar.

Durante mucho tiempo me cuestioné si hablar de mí misma y de mis emociones era casi un acto egoísta. Vivimos en un mundo donde todos y todas atravesamos dolores distintos, donde el sufrimiento parece ser común. ¿Quién soy yo para hablar de mi dolor cuando hay tanto dolor colectivo? Pero con el tiempo he comprendido algo fundamental: compartir nuestras experiencias y vivencias puede ser un puente para quienes también atraviesan violencias o momentos de oscuridad. No es egoísmo; es tender la mano desde la vulnerabilidad.

La verdad es que sentirnos seguras hablando de nuestros miedos o inseguridades es una hazaña en sí misma. Siempre somos juzgadas. Existe esta expectativa social de que las mujeres debemos ser perfectas, de que debemos mantener la sonrisa incluso cuando sentimos que nos están aplastando. Esta sociedad nos ha enseñado a performar la felicidad, a esconder las grietas, a disimular el cansancio. Nos exige ser guerreras invencibles mientras niega nuestro derecho a quebrarnos.

Como defensora de derechos humanos, feminista y exiliada, he tenido que callar mis dolores más veces de las que quisiera admitir. Por vergüenza tal vez, por temor a parecer débil, o simplemente porque estamos tan acostumbradas a que el dolor nos corroa que ya no sabemos vivir sin él. Es como si nos hubiéramos vuelto expertas en cargar piedras, en normalizar el peso hasta que nuestros hombros se doblan y seguimos diciendo que estamos bien.

Y lo peor es que replicamos estas conductas en todos nuestros espacios: en el trabajo, en la familia, en las relaciones amorosas, cuasi amorosas, de amistad. Reproducimos el silencio que nos han impuesto. Guardamos lo que sentimos porque «hay cosas más importantes», porque «no es el momento», porque «otros están peor». Nos convertimos en nuestras propias silenciadoras.

Pero he aprendido algo: callar ya no puede ser una opción. No cuando ese silencio nos enferma, nos fragmenta, nos hace desaparecer de nosotras mismas. He descubierto que a través de la escritura logro canalizar situaciones que he atravesado, que poner palabras al dolor es la primera forma de quitarle poder. Escribir es mi manera de decir: esto pasó, esto me duele, y tengo derecho a nombrarlo.

Porque esto también es político. Darnos cuenta de que nos aguantamos cosas que no deberíamos aguantar es un acto político. Reconocer las violencias que normalizamos es político. Decidir hablar cuando nos han enseñado a callar es profundamente político.

La violencia contra las mujeres no solo es la física, la evidente, la que deja moretones visibles. También es esa violencia sutil que nos exige ser todo para todos y nada para nosotras mismas. Es el mensaje constante de que nuestro dolor no es suficientemente importante, de que debemos priorizar el bienestar de otros antes que el nuestro, de que expresar vulnerabilidad es sinónimo de debilidad.

Quiero insistir en algo que considero fundamental: la congruencia y coherencia que debemos tener como personas defensoras de derechos humanos. Nuestro actuar debe ir de la mano con nuestro hablar y viceversa. No podemos defender los derechos de otros mientras nos negamos los propios. No podemos luchar contra las violencias estructurales si seguimos normalizando las violencias personales. No podemos pedir justicia afuera mientras nos la negamos adentro.

Siempre hay que exponer las injusticias, sí, pero también hay que ser consecuentes con lo que predicamos. Y parte de esa coherencia es reconocer que somos humanas, que tenemos límites, que el activismo no puede ser a costa de nuestra salud mental y emocional.

Darnos cuenta de todo esto no es un proceso lineal ni sencillo. Es doloroso reconocer cuánto hemos normalizado, cuánto hemos callado, cuántas veces nos hemos traicionado a nosotras mismas por cumplir expectativas ajenas. Pero ese darse cuenta es también el primer paso hacia la liberación. Vi cómo criticaron a Florecita Cobián por exponer el caso de su hija, con ese dolor que aguantó tanto tiempo sin exponerlo, pero decidió hablar. Y con mucha valentía le digo desde estas líneas que nombrar el dolor, no es para victimizarnos, sino para recordarnos que merecemos cuidado, que nuestro bienestar importa, que no tenemos que cargar solas con todo. Y si nuestra voz puede ayudar a que otra mujer se dé permiso de soltar aunque sea una piedra de las que carga, entonces valdrá cada palabra.

Porque al final, nuestro silencio solo sirve para mantener las estructuras que nos oprimen. Y nuestra voz, por más temblorosa que sea, tiene poder.

Tags:

Todos los derechos reservados © eP Investiga 2024

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?