El 7 de agosto del presente año dejó su presencia física Rodolfo Rohrmoser Valdeavellano.
¡Él era y seguirá siendo mi padre!
En esta ocasión resulta muy difícil escribir estas palabras, obligándome a aceptar una realidad, para la cual ningún hijo está verdaderamente preparado.
Mi familia y yo hemos recibido desde ese día, innumerables muestras de solidaridad, apoyo y cariño. Muchas gracias a todos esos amigos, colegas, exalumnos, funcionarios y todas aquellas personas que compartieron con él, alguna etapa de su vida y otras que, sin haber pertenecido a su círculo cercano, conocieron su trayectoria y respetaron sus acciones y pensamientos.
Es profundamente conmovedor y un aliciente para este dolor que nos provoca su partida, porque en medio de todo ello, se descubre algo que quizá uno no alcanza a dimensionar, mientras se tiene al padre consigo y es esa huella que deja en los demás.
Para Guatemala, Rodolfo Rohrmoser Valdeavellano fue un Abogado y Notario, un verdadero jurista, constitucionalista, diplomático, magistrado, catedrático y servidor público. Para mi familia y mi persona era y seguirá siendo un pilar fundamental.
Es precisamente, desde esa condición de hija que hoy dedico esta columna de opinión para mi padre.
Su hoja de vida es extensa, pero la resumo así: se graduó de Abogado y Notario el 22 de noviembre de 1963 (curiosamente el día en que asesinaron al presidente Kennedy), continuó su formación académica en el extranjero, particularmente en Derecho Internacional Privado. Ejerció la profesión durante décadas y dedicó buena parte de su vida a la enseñanza universitaria, especialmente en materias vinculadas al Derecho Constitucional, Derecho Internacional Público y Privado, y Derechos Humanos.
Sin embargo, su vocación jurídica nunca quedó encerrada en un aula o en un despacho.
Sirvió a Guatemala desde distintos cargos con enormes responsabilidades. Fue Magistrado del Tribunal Supremo Electoral; representó diplomáticamente al país en Bélgica y como Embajador de Guatemala ante los Estados Unidos de América; participó activamente en la vida gremial ante el Colegio de Abogados y Notarios de Guatemala, llegando a presidir su Tribunal de Honor; contribuyó en la construcción de la Carrera Judicial, fue Magistrado de la Corte de Constitucionalidad, y durante su presidencia vivió momentos críticos y de grandes desafíos.
Todo lo anterior, pude experimentarlo a muy temprana edad, desde la óptica de hija que trataba de entender la vida de un jurista, de un ciudadano comprometido con su país y de un padre cuyos títulos dejaban de importar y solamente queda la pregunta: ¿Cuál sería el costo de defender causas importantes que permitieran preservar la democracia del país, por sobre su seguridad y la de su familia?
En 1993, cuando el entonces presidente Serrano Elías pretendió romper el orden constitucional, disolviendo el Congreso de la República y la Corte Suprema de Justicia, dejando sin efecto garantías constitucionales, Rodolfo Rohrmoser; para Guatemala; padre, para mí, formó parte de aquella Corte de Constitucionalidad que asumió una responsabilidad histórica frente a Guatemala.
En esa ocasión no se trataba de una discusión académica. Era la vida real de un funcionario público que, junto a otros actores de aquella época, salieron al rescate de nuestro país.
Era uno de esos instantes excepcionales en donde apenas y llegando a la mayoría de edad, entendía la importancia de defender nuestras leyes y nuestra Carta Magna. Aquella Corte declaró inconstitucionales las denominadas “Normas Temporales de Gobierno” y contribuyó, desde el Derecho, al restablecimiento del orden constitucional.
Años después volvería a encontrarse ante una decisión en la que sus convicciones, tanto éticas como jurídicas, tendrían consecuencias.
En 2003 sostuvo, mediante su voto disidente, el respeto a la prohibición constitucional que impedía la candidatura presidencial de Ríos Montt.
Nuevamente su postura tuvo costos y generó grandes ataques.
Basta recordar aquel Jueves Negro, en donde él, su familia y la población guatemalteca, vivimos intensos momentos.
Aun así no cambió su criterio para acomodarse a las circunstancias.
Quizás es ahí, donde encuentro una de las enseñanzas más importantes que nos deja: ¡La integridad tiene un verdadero valor, cuando ejercerla resulta incómoda!
Mi padre entendía el Derecho y así lo aprendí desde casa. No como un instrumento para justificar al poderoso, sino como un límite frente al mismo poder.
Fue un jurista que ejerció sus responsabilidades y su profesión, no para obtener reconocimiento, sino para responder a la responsabilidad adquirida. Sus múltiples cargos no fueron una colección de normas que se memorizan, sino principios que deben defenderse, con independencia e integridad.
Durante décadas formó generaciones de abogados y jueces, compartiendo con ellos no sólo sus conocimientos, sino una manera de entender nuestra profesión.
Porque un verdadero maestro no deja solamente apuntes. Deja preguntas, deja criterios, deja inquietudes y personas capaces de pensar por sí mismas.
En estos últimos días, he leído con enorme emoción y gratitud lo que otras personas han escrito sobre él. Columnas de opinión, mensajes, anécdotas y recuerdos de quienes compartieron con mi padre distintos momentos de su vida, provocando en mi familia y mi persona, una mezcla de emociones difícil de describir.
Entre esa tristeza y dolor, existe un inmenso orgullo que provoca satisfacción profunda, al comprobar que, cuando una persona se marcha, quienes la conocieron pueden hablar de ella desde la admiración, el respeto y el cariño.
¡La vida y los cargos públicos terminan. El ejemplo, permanece!
Así quiero que se le recuerde. Por sus ejemplares acciones y sus principios inquebrantables.
Para mi madre, hermanas, demás familia y mi persona, todo lo antes escrito constituye un enorme legado, mismo que no se encontrará únicamente en las sentencias que dictó, en los artículos que escribió, en las cátedras que impartió, en los cargos que desempeñó o en los reconocimientos que recibió.
Su verdadero legado quedará en las cosas que probablemente nunca aparecerán en un currículum.
Será en nuestras conversaciones, en sus consejos, en el magnífico tiempo compartido, en su pasión por la música clásica y en su inmensurable amor donde lo encontraremos y recordaremos.
Personalmente quizá lleve sobre mis hombros y llevar con orgullo y convicción su apellido el cual no otorga privilegios sino más bien impone responsabilidades.
Hoy, siento particularmente ese peso. Sin embargo, no pretendo compararme con su persona. ¡Sería demasiado! Me bastará con poder acercarme, aunque fuera un poco, al profesional y al ser humano que él siempre fue.
Porque los hijos inevitablemente terminamos preguntándonos, si estuvimos a la altura de nuestros padres. ¡Ojalá pueda obtener esa respuesta de forma positiva!
Pero ninguna evocación de la vida de mi padre estaría completa, sin hablar de la mujer que caminó a su lado. Mi madre, Silvia Moreno de Rohrmoser.
Esposa y compañera de vida de mi padre y también excepcional abogada. A ella quiero dedicarle mi absoluto reconocimiento por su excepcional forma de crianza, educándonos con amor, valores y principios junto a mi padre.
Mis hermanas y yo somos esa amalgama perfecta que se fusiona de cuidado y amor.
Fui testigo como mi madre caminaba al lado de mi padre, de forma incondicional para desarrollar esa hoja de vida antes descrita, apoyándolo y reafirmando lo que realmente es recorrer la vida en pareja.
Compartió los retos, los sacrificios y los logros. Estuvo presente en las alegrías, en las vicisitudes, en los momentos álgidos y también en los bajos, así como en los momentos del reconocimiento público y en aquellos otros en donde únicamente se conoce a la persona.
Fue su compañera cuando el ejercicio profesional demandaba tiempo; cuando la función pública imponía responsabilidades; cuando la diplomacia los llevó a representar a Guatemala lejos de casa; cuando sus decisiones jurídicas podían generar reconocimientos, pero también los ataques y la persecución.
Allí permaneció hasta el final, hasta su último hálito y respiro de vida terrenal.
Por eso, Mamá, todo nuestro reconocimiento y agradecimiento también para tí.
Gracias por acompañarlo durante ese arduo y valioso camino. Gracias por compartir con él una vida que tuvo grandes satisfacciones y enormes desafíos. Gracias por sostenerlo en los momentos difíciles y celebrar con él los buenos.
Gracias, sobre todo, por haber estado allí cuando ya no había tribunales, embajadas, cátedras, aplausos y reconocimientos; cuando solamente quedaban dos personas que habían decidido recorrer la vida juntos.
Porque si hoy hablamos del legado de nuestro padre, sabemos también que parte de esa historia te pertenece.
Su partida deja un vacío inmenso en nuestra familia, pero también nos deja algo que la muerte no puede arrebatarnos: ¡La certeza de haber tenido como padre y esposo a un hombre cuya vida puede ser recordada con orgullo!
Una persona puede acumular cargos, títulos, reconocimientos y éxitos. Pero al final de la vida queda una evaluación mucho más sencilla y mucho más severa: ¿cómo será recordada cuando ya no esté presente para defender su propia historia?
Así pues, recibiendo las condolencias y tantas palabras sobre mi padre, encuentro respuestas que me llenan el corazón.
Fue maestro, fue jurista, fue servidor de su país, fue un padre y esposo y por sobre todo un extraordinario ser humano.
Fue un hombre que defendió sus convicciones.
Por eso, junto al dolor, hay gratitud.
Gracias papá y mamá por enseñarme que el Derecho se defiende y que sí puede ejercerse con dignidad.
Gracias por enseñarnos los principios que jamás deben negociarse y por demostrarnos que la integridad tiene un costo y que la misma jamás puede negociarse.
Siempre dijiste que la vida era una fiesta y que no querías irte de ella Finalmente sucedió, como ley de vida. La tuya fue larga, que abarcaron 88 años de felicidad.
No será intentando vivir tu vida nuevamente, pues esa fue únicamente tuya, pero lo haremos procurando que todo aquello en lo que creíste siga presente en nuestras acciones y nuestros pensamientos.
Gracias por la fiesta compartida.
Habrá terminado tu ciclo de vida terrenal, pero tu guía, tu ejemplo y tu legado jamás terminarán.
Descansa en paz, Papá.
Hasta la siguiente fiesta en los brazos del Creador y del grandioso Mozart y Vivaldi.
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