La muerte de Charlie Kirk

Mariana Rohrmoser

septiembre 16, 2025 - Actualizado septiembre 15, 2025
Mariana Rohrmoser

El asesinato de Charlie Kirk el pasado 10 de septiembre, mientras ofrecía un discurso en Utah Valley University, no es sólo un hecho trágico para Estados Unidos, sino para toda la humanidad. La vida de un hombre fue arrancada en público de forma horrorífica, a plena luz del día, en medio de un acto supuestamente académico, que debió ser no sólo un espacio para debatir ideas y posturas, más nunca un escenario de violencia, palabra que, por cierto, fue la última en proferir.

Nada, absolutamente nada, justifica un crimen así.

Inevitable resulta reconocer la ironía que, habiendo sido Charlie alguien que a lo largo de su activismo político levantó la voz contra la empatía, que utilizó el discurso duro y confrontativo y que defendió con fervor, y hasta el día de su muerte, la libre posesión de armas, en un país marcado por tantas muertes a causa de ellas, terminara siendo víctima de esa espiral de violencia que él minimizó.

Incluso con esa contradicción a la vista, su asesinato no se puede justificar. ¡La vida humana no debe reducirse a un argumento ideológico!

El acto en sí mismo es ya profundamente lamentable y lo que vino y vendrá después resulta igualmente devastador.

Actos como estos resultan en una avalancha de reacciones, algunas espantosas, así como sospechas, rumores y teorías conspirativas que, de inmediato, toman posesión en redes y pláticas, algunas algo acaloradas, en sobremesas. ¡Es inevitable!

Unos culpan a la izquierda, otros a la derecha e incluso a sectores del propio Estado. Nadie sabe hasta hoy, qué es verdad o qué es mentira. Lo que sí impacta es la forma en que muchos se expresan, utilizando un léxico atacante, discriminatorio, intenso y marcado por denigrantes etiquetas.

A pesar de la falta de pruebas y la enorme incertidumbre que se genera, nada impide que el odio se reproduzca y se multiplique, haciendo que el mundo quede aún más dividido.

Las conspiraciones finalmente resultan ser gasolina en un incendio que de por sí, ya es difícil controlar, pues polarizan, enfrentan y se destruyen las confianzas, envueltas en fuertes pasiones, impidiendo que cualquier explicación pueda finalmente ser razonable.

Por lo tanto, resulta muy doloroso constatar cómo muchas de las reacciones en redes sociales y medios de comunicación se convirtieron en un desfile de odio.

Algunos celebran la muerte, otros la ridiculizan y muchos expresan sus condolencias únicamente si compartían su pensamiento.

Inconcebible, pues a pesar de no comulgar con muchas de sus ideas y pensamientos, ésta que escribe, sostiene que este acto es deplorable y que nada, ni idea o ideología alguna justifica matar a un ser humano.

Eso constituye una doble derrota: la muerte física de un ser y la muerte moral y la empatía de una sociedad. Esa, que según entiendo, también atacó Kirk en alguno de sus mensajes y debates.

Por lo tanto, imperativo resulta preguntarse, ¿qué sentido tiene declararse defensor de la vida si sólo se llora a quienes piensan como nosotros?

Debemos ser claros: no se trata de simpatizar con las ideas de Kirk para lamentar su muerte y por ende la compasión no puede ni debe ser selectiva, pues de lo contrario, nos convertimos en aquello que decimos rechazar.

Hoy Charlie Kirk fue la víctima, mañana puede serlo un activista de ideología opuesta, y nuevamente veremos cómo unos callan o aplauden, mientras otros lloran.  ¡Esto no puede ser así!

Esa conducta sólo alimenta un ciclo inhumano que arrasa con toda posibilidad de una convivencia respetuosa, en armonía y pacífica.

El crimen contra Kirk nos deja muchas lecciones y dentro de ellas, aquella que se vislumbra como un espejo incómodo, de ese tipo de activismo que siembra odio, resentimiento, dudas y mucha destrucción.

Sin embargo y como queda arriba plasmado y en negrilla, nada, absolutamente nada, justifica la aniquilación de un ser humano.

Este no debería ser el precio de una sociedad que se pronuncia, sin importar cómo y de qué forma lo haga.

No puede ser este el costo de nuestra propia incapacidad de sentir empatía por quienes no piensan igual. Aunque él haya estado en contra de la misma.

Ni su discurso confrontativo para muchos, ni las armas que defendió, mucho menos las ideas que en algún momento promulgare, justificarán el hecho que hoy, él no esté vivo.

Por ello, nuevamente se recalca que la defensa de la vida debe ser un principio absoluto, no un privilegio condicionado a la simpatía política.

Ojalá su vil y horrible asesinato nos recuerde que lo que está en juego no sólo son las posturas ideológicas, sino nuestra capacidad de reconocer al otro como ser humano. En la medida en que sigamos celebrando muertes o eligiendo por quién condolerse, el mundo continuará perdiendo su rumbo y polarizándose; hasta ya no poder más.

Todo lo anterior debe llamarnos la atención y hacernos entender profundamente que no podemos seguir alimentando las divisiones, el racismo y la discriminación.

Aunque no seamos físicamente iguales y no pensemos igual, debemos ver reflejada en esta muerte el peligro de permitir que el discurso se degrade, que la confrontación se endurezca hasta llegar al extremo irreversible del asesinato.

La polarización, el odio, las acusaciones sin pruebas y la falta de empatía por la muerte de quien sea, hará que todo esto empeore y nunca vivamos en paz.

Hoy, a un día de haber celebrado nuestra independencia y tratando de entender lo que es realmente la libertad, la justicia y la paz en nuestros países, no basta con condenar actos criminales como este; sino de dar respuestas como sociedad a interrogantes tales como: ¿Qué tan dispuestos estamos a escuchar al otro, aún cuando nos disguste?

¿Cómo es posible celebrar una muerte?, ¿Qué tipo de mundo estamos construyendo si sólo nos solidarizamos con los que piensan como nosotros?

Ayudemos a resolver todas estas preguntas y juntos verificar si algo podemos aprender y cambiar para el futuro de la humanidad.

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