Sembrando en el Mar

Hugo Maul R.

mayo 4, 2026 - Actualizado mayo 3, 2026
Hugo Maul R.

La semana pasada se argumentaba que el problema del Estado guatemalteco no es la falta de recursos, sino la ausencia de condiciones para convertirlos en resultados. Sembrar en el desierto no produce frutos: no por falta de semillas, sino por falta de agua. A eso se le llama capacidad estatal: la habilidad de un sistema público para transformar presupuesto, leyes y decisiones en bienes y servicios que efectivamente beneficien al ciudadano. Sin esa capacidad, el Estado produce actividad, pero no resultados. En relación con esa metáfora, un lector sugirió que el desafío es aún mayor: que hacer funcionar el aparato estatal en Guatemala no es como sembrar en la arena del desierto, sino en el mar. No falta el recurso; el agua salada sobra. El problema es que, en su estado natural, es inutilizable o incluso destructivo.

Mucho se ha dicho —con razón— sobre la importancia del rumbo y sobre los riesgos políticos de no producir resultados. Pero entre una cosa y la otra hay un eslabón que suele pasarse por alto: la capacidad de ejecutar. No basta con saber hacia dónde ir, ni con advertir lo que ocurre cuando no se llega. El problema más difícil es convertir decisiones en resultados en un entorno que, por diseño, tiende a impedirlo.

Allí donde el agua salada deshidrata la planta y bloquea su crecimiento, la única forma de cultivar es cambiar por completo la relación con el entorno. La ingeniería contemporánea ha ensayado tres caminos. El primero es el aislamiento. En Italia existe un proyecto llamado Nemo’s Garden que cultiva plantas dentro de cúpulas de cristal sumergidas en el mar. Estas cúpulas crean una burbuja de aire que separa completamente el cultivo del agua salada. La radiación solar atraviesa la cúpula y calienta el aire húmedo en su interior, provocando la evaporación del agua; al entrar en contacto con las paredes más frías —enfriadas por el mar circundante— ese vapor se condensa en forma de agua dulce. Las gotas se deslizan a lo largo de la superficie interna de la cúpula y son recogidas por el sistema, que las canaliza, las mezcla con nutrientes y las hace circular de nuevo hacia las raíces mediante un circuito controlado.

El resultado no es un riego ocasional, sino un ciclo continuo: el agua se produce, se distribuye y se reutiliza dentro del mismo espacio cerrado, permitiendo que la planta crezca sin estar nunca expuesta directamente a la salinidad del entorno. La planta sobrevive porque el entorno deja de importar. En la función pública, esto equivaldría a crear espacios donde no solo se protege el proceso de la corrosión institucional, sino donde la forma en que se planifica, se presupuesta y se gestionan los recursos queda aislada del entorno hostil en el que opera el resto del Estado. Para ello se requiere un domo diseñado no solo para resistir, sino para neutralizar las presiones externas, y mecanismos internos de funcionamiento diseñados con precisión y eficacia.

El segundo camino es la hidroponía flotante. Aquí no se construye una cúpula, pero tampoco se usa el mar directamente. Cuando no hay tierra disponible, se le gana espacio al océano mediante plataformas flotantes que aprovechan la alta radiación solar para generar energía con paneles solares y activar mecanismos de desalinización. El agua de mar se filtra, se convierte en agua dulce y se mezcla con nutrientes que se distribuyen directamente a las raíces mediante sistemas de riego controlado. La planta no toca el mar, pero vive sobre él. En términos institucionales, esto equivale a sistemas que no aíslan completamente el entorno, pero sí controlan lo que entra y cómo se utiliza. No eliminan el problema; lo gestionan.

El tercer camino es la adaptación. Existen plantas halófitas —como el espárrago de mar o ciertas variedades de arroz— que no necesitan evitar la sal. Evolutivamente han desarrollado mecanismos internos para tolerarla o procesarla sin que afecte su crecimiento. No dependen de protección externa ni de filtración sofisticada; su fortaleza está en su propia estructura. En la gestión pública, esto apunta a instituciones resilientes por diseño: capaces de operar en entornos adversos porque han incorporado mecanismos de control, aprendizaje y defensa en su funcionamiento.

Recientemente se ha intentado responder a este problema mediante la creación de nuevas unidades, regímenes especiales y esquemas de priorización. Es un paso en la dirección correcta en el plano organizacional. Pero el problema que enfrentan no es de organigrama, sino de ejecución. Mientras las reglas que gobiernan cómo se contrata, cómo se paga y cómo se decide no cambien, la nueva institucionalidad seguirá operando en el mismo entorno que ha impedido producir resultados en el pasado.

Ninguno de los mecanismos que permiten sembrar en el mar, al trasladarse al sector público, tiene mucho que ver con la autonomía. La autonomía define quién decide; la capacidad depende de cómo se ejecuta. Las instituciones autónomas siguen contratando bajo las mismas reglas, pagando con los mismos cuellos de botella y operando bajo los mismos incentivos de control. Por eso producen más actividad, pero no necesariamente más resultados. El desafío para Guatemala, entonces, no es menor. Reformar leyes, rediseñar instituciones o fortalecer el sector público son tareas necesarias, pero de largo plazo y resultados inciertos en el corto y mediano plazo. Pretender que esas reformas, por sí solas, resuelvan el problema de ejecución es volver a sembrar en el mismo entorno esperando un resultado distinto.

Mientras esas transformaciones maduran —si es que lo hacen—, la única alternativa realista es empezar a construir mecanismos que, como en el caso de sembrar en el mar, permitan producir resultados aun dentro de un entorno adverso. No como solución definitiva, sino como punto de entrada: formas de abrir espacios donde el recurso pueda convertirse en resultado, donde la ejecución deje de ser una promesa y empiece a ser una realidad. Solo a partir de ahí es posible escalar, aprender y, eventualmente, transformar el sistema en su conjunto. Esto no es una especulación. Este tipo de mecanismos ya existen, funcionan en otros países y, cuando se recurre a ellos, aunque sea de forma parcial, producen resultados distintos.

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