El petróleo venezolano no le “pertenece” a Estados Unidos

Marco Fonseca

diciembre 20, 2025 - Actualizado diciembre 19, 2025
Marco Fonseca

Las declaraciones recientes de figuras clave del trumpismo – Donald Trump, Marco Rubio y, de forma particularmente grotesca, Stephen Miller – afirmando que el petróleo venezolano “pertenece” a Estados Unidos no son simplemente provocaciones retóricas ni errores diplomáticos. Son expresiones crudas de una ignorancia histórica profunda, combinada con una concepción imperial del mundo que niega de raíz la soberanía de los países del Sur Global.

Pero para entender cuán absurdas y peligrosas son estas afirmaciones, hay que hacer algo que ni Trump, ni Rubio, ni Miller parecen mínimamente dispuestos a hacer: entender la historia de Venezuela, del petróleo y del desarrollo latinoamericano en el siglo XX.

Lo que emerge de esa historia no es un relato “radical” ni “chavista” avant la lettre, sino algo mucho más incómodo para Washington: la nacionalización del petróleo venezolano fue el resultado lógico de un proceso socialdemócrata, desarrollista y capitalista, comparable al que ocurrió en México, Brasil, Argentina o incluso en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Fue parte del paquete histórico conocido como industrialización por sustitución de importaciones (ISI), no una herejía ideológica. En teoría, al menos, es incluso similar a lo que Trump mismo dice estar haciendo hoy en Estados Unidos con empresas como TikTok y NVIDIA.

Del café al petróleo: 1922 y el nacimiento de una economía petrolera

Hasta comienzos del siglo XX, Venezuela era esencialmente un país agroexportador, dependiente del café, con una estructura social dominada por una oligarquía terrateniente que sostenía un régimen liberal-autoritario. El general Antonio Guzmán Blanco (1870–1888) había sido su figura emblemática.

Todo cambia en 1922, cuando el petróleo irrumpe de manera decisiva en la economía venezolana. El tránsito del café al petróleo no fue simplemente un cambio de producto: fue una transformación estructural del Estado, de las clases sociales y del poder político. Bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez (1908–1935), un general andino, se construye por primera vez un ejército nacional moderno, se derrota a los caudillos regionales y se centraliza el poder estatal. Esta centralización no fue un capricho autoritario: fue una condición necesaria para desarrollar una economía petrolera integrada al mercado mundial y para iniciar, incipientemente, un proceso de ISI.

El petróleo enriqueció obscenamente a la camarilla gomecista, a su familia y a las compañías extranjeras. Pero también produjo efectos sociales no previstos. Por ejemplo, atrajo campesinos y trabajadores rurales hacia campamentos petroleros y ciudades, dio origen a una nueva clase trabajadora (choferes, obreros portuarios, ferroviarios, de la construcción) y alimentó el crecimiento de una clase media urbana y comercial, dependiente de importaciones y de los combustibles fósiles a bajo precio. Esta clase media, que prosperaba gracias al petróleo pero carecía de poder político, empezó a impacientarse con la dictadura.

Cultura, política y el surgimiento de la socialdemocracia

La lucha contra Gómez no fue solo militar o conspirativa; fue también cultural y política. En este contexto surge una nueva generación de líderes socialdemócratas. Uno de ellos fue Rómulo Gallegos, cuya novela Doña Bárbara (1929) no es solo literatura: es una alegoría del conflicto entre barbarie caudillista y modernidad capitalista y liberal.

Tras la muerte de Gómez en 1935, Venezuela entra en un período de gobiernos militares con “represión blanda”, hasta que en 1941 Gallegos y otros dirigentes fundan Acción Democrática (AD). Su programa era claro, muy progresista para Latinoamérica en ese momento, pero para nada revolucionario en el sentido caricaturesco que hoy usan en Washington. Era un partido cuyo programa incluía antiimperialismo, desarrollo nacional diversificado, control nacional de recursos estratégicos y democracia liberal con sufragio universal y voto directo.

Medina Angarita y la transición frustrada

El general Isaías Medina Angarita (1941–1945) representa una figura clave, frecuentemente olvidada. Fue un militar respetuoso de los derechos humanos, legalizó partidos políticos, permitió incluso la actividad comunista, promovió reformas constitucionales y amplió derechos políticos, incluido el voto femenino. Y también apoyó a los Aliados contra Alemania en la Segunda Guerra Mundial.

Pero Medina no se atrevió a romper del todo con el viejo orden: no implementó el sufragio universal pleno ni depuró el ejército de gomecistas. Estas limitaciones fueron usadas para justificar su derrocamiento en octubre de 1945 por una alianza cívico-militar liderada por AD.

Betancourt y la reforma petrolera: capitalismo y la vía venezolana no socialista

Aquí es donde la ignorancia de Trump y compañía se vuelve obscena.

Cuando Rómulo Betancourt llega al poder (1945–48), Venezuela recibía apenas 85 millones de bolívares en impuestos petroleros, frente a un valor total de producción de 691 millones. Las compañías extranjeras, particularmente de Estados Unidos, se llevaban la mayor parte.

Betancourt no expropió. Reformó. Introdujo el principio “fifty–fifty” (50/50): el Estado venezolano recibiría al menos el 50 % de las ganancias petroleras. Esto no era radical ni socialista. Era capitalismo regulado, exactamente lo que Estados Unidos practicaba en casa durante el New Deal.

Betancourt quería la nacionalización, pero entendía una realidad estructural: a diferencia de México, Venezuela dependía casi exclusivamente del petróleo, casi toda su producción era exportada y un choque frontal podía colapsar el Estado. En lugar de eso, diseñó una estrategia gradual, cuyos componentes incluían aumento de impuestos, fin del sistema de concesiones, refinerías nacionales, reinversión productiva, mejoras salariales y uso del petróleo para diversificar la economía.

Los sindicatos apoyaron masivamente este programa. En 1946 se crearon 500 sindicatos nuevos. Pero, repitamos, esto no era comunismo, sino que era socialdemocracia latinoamericana.

Guerra Fría, Punto Fijo y exclusión de la izquierda

Tras la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1952–1958), un régimen autoritario premiado por Estados Unidos con la Legion of Merit, se inaugura la democracia del Pacto de Punto Fijo.

AD y COPEI (Comité de Organización Política Electoral Independiente, la democracia cristiana en Venezuela, fundado en 1946), pilares del bipartidismo histórico de Venezuela, acuerdan estabilidad, alternancia y, en particular, exclusión del Partido Comunista. La democracia bipartidista venezolana nace así bajo la sombra de la Guerra Fría, con apoyo estadounidense explícito, y con un fuerte sesgo anticomunista.

Betancourt impulsa entonces dos movimientos históricos: la creación de la Corporación Venezolana del Petróleo (CVP) e impulsa la fundación de OPEP, junto a Irán, Irak, Kuwait y Arabia Saudita.

¿Era esto radicalismo? No. Era defensa soberana de precios y recursos, exactamente lo que hoy hacen Noruega, Canadá y pretende hacer Trump con su propia guerra de tarifas.

La nacionalización de 1976: tardía, legal y compensada

El gran hecho que hoy Washington finge no entender es este: la nacionalización del petróleo venezolano ocurrió recién en 1976, bajo Carlos Andrés Pérez, y fue pacífica, legal y con compensación total.

Petróleos de Venezuela (PDVSA) nació como una empresa estatal moderna, altamente profesionalizada. No fue una confiscación. Fue el cierre lógico de un ciclo de ISI iniciado décadas antes.

Durante el boom petrolero de los setenta, Venezuela expandió salarios, empleo, industria pesada, educación y bienestar social. No era un experimento socialista. Era desarrollismo capitalista socialdemócrata, financiado por renta petrolera.

El problema en los 70s, sin embargo, ya no era la soberanía petrolera, sino la dependencia estructural, el endeudamiento externo y el colapso de precios tras 1982. El “Viernes Negro” de 1983 marca así el fin del consenso desarrollista y abre paso a la crisis social que una década después desembocará en el auge de Chávez y el chavismo.

Conclusión: el verdadero problema no es Venezuela, es el imperialismo ignorante

Cuando Stephen Miller afirma que el petróleo venezolano “pertenece” a Estados Unidos, no está haciendo historia: está confesando una mentalidad colonial. Una mentalidad que niega dos siglos de luchas latinoamericanas por la soberanía, y que reduce el mundo a botines.

Ni Betancourt, ni Gallegos, ni la nacionalización de 1976 fueron radicales. Fueron parte de la historia normal del capitalismo periférico buscando desarrollo y autonomía.

La verdadera anomalía histórica no es Venezuela defendiendo su petróleo. La anomalía es un imperio en decadencia que, incapaz de competir en el contexto de la globalización que promovió por más de tres décadas, ahora recurre al chantaje ideológico, la extorsión diplomática y la amenaza militar abierta.

Trump, Rubio y Miller no son ignorantes solo por accidente. Son ignorantes por función. Su desconocimiento no es un error: es la condición ideológica necesaria para justificar el despojo.

Y eso, en América Latina, ya lo hemos visto demasiadas veces.

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