En otro artículo de mi autoría, publicado el recién pasado miércoles, aludo a la intervención militar de EE. UU. en Venezuela y lo que muchos ven como una gran victoria para consolidar al imperio del norte, por lo menos en América, pero en realidad hay que considerar la enorme gama de aristas que contiene, pues es una clara demostración que la cabeza del mundo capitalista, cedió el ejercicio de su poder hegemónico, para retroceder al mecanismo de la fuerza que ya se creía anacrónico: el gran garrote, lo cual, denota más debilidad que fuerza, en términos de sostenibilidad imperial. https://cronica.com.gt/provocatio-mucho-mas-alla-de-maduro/
Menciono también, cómo EE. UU. necesita los recursos de otros países, principalmente el petróleo, pero aún más importante es, la protección del dólar como moneda dominante y exclusiva de las transacciones al más alto nivel, el petrodólar, acordado con Arabia Saudita desde 1974. Expuse ejemplos de cómo el imperio ha “disciplinado” a varios mandatarios que no se han sometido, el más reciente caso, Nicolás Maduro, en quien se concentró toda la puesta en escena, pues el régimen sigue intacto, aunque dirimiendo disputas de poder a lo interno.
Ahora, los propios funcionarios norteamericanos del Departamento de Justicia aclaran que el famoso Cartel de Los Soles no existe como organización y que se reduce a una mención porosa sobre el crimen organizado, por lo que tuvieron que modificar los cargos judiciales a Maduro. Conforme pase el tiempo, saldrán a luz muchos elementos para el análisis y, otros, seguramente quedarán ocultos o se sabrán mucho más tarde, muy posiblemente en forma parcial.
En esta entrega me quiero concentrar en dos aspectos: el primero de ellos, que estos sucesos tienen muchas aristas e implicaciones, que van más allá de la intervención militar propiamente dicha o la apropiación del petróleo, pues ya sabemos, se centró en: la traición de los cuadros más cercanos a Maduro, la “negociación” del poder interno no atacado y la emisión de 12.4 billones de dólares para implementarla (la más cara, según fuentes estadounidenses) para mantener la estabilidad.
El otro aspecto relevante, es el reacomodo de piezas en el tablero mundial, pues, así como otros países participaron en labores de inteligencia y apoyo logístico a favor de EE. UU., los eventos también implican a China, Rusia e Irán, con reconocida presencia e influencia en Venezuela. Aclaro en este último punto, que es insostenible la desgastada y anacrónica narrativa de que el país petrolero sea comunista, ya que su modelo económico sigue siendo eminentemente capitalista, con un gobierno de orientación socialista, muy pragmático, por cierto. El llamado socialismo del siglo XXI sigue siendo (para mí) una nebulosa algo confusa y difícil de esquematizar.
Queda claro que la invasión militar no se refirió NUNCA a los venezolanos como víctimas, a la instauración o reinstauración de la “democracia”, la lucha contra el terrorismo, el crimen y las drogas, mucho menos una cruzada anticomunista. Los sucesos apuntan tan solo a una arista, de muchas, sobre el tablero geopolítico internacional. Por supuesto, en el camino, tanto los republicanos como Trump (que no lo es) ya tienen los ojos puestos en las elecciones de medio término en noviembre de 2026 que, ahora mismo, no les presagian nada bueno. Si como se prevé, el resultado les es adverso y pierden el Congreso y el Senado, las dinámicas de poder interno y externo cambiarán. China, Rusia, Irán y los BRICS tampoco estarán de brazos cruzados, ni reducirán sus acciones a un simple juego geográfico que implicaría a Taiwán y Ucrania, entre otros.
Es necesario recurrir a las palabras de Max Weber: “El poder, para que sea sostenible en el tiempo, debe operar como dominación por aceptación”. Esto no descarta el uso de la fuerza, pero como mecanismo ocasional y no dominante. Después de la 2ª. Guerra Mundial, Estados Unidos se constituyó en un imperio global, usando la hegemonía como herramienta principal, es decir, convenciendo al resto del mundo que el modelo de sociedad que encarnaba era moral y materialmente mejor y superior. Eso explica el porqué los dominados no solo aceptan la dominación, sino la defienden, aunque hoy en día, eso está pasando a la historia.
Como afirma el politólogo Elvin Carcaño: “China fue la gran ganadora de la globalización. Lo que comenzó como un proyecto geopolítico para Estados Unidos, imponer su modelo de sociedad al resto del mundo, tenía una contracara geoeconómica que le permitió a China convertirse en la mayor fábrica mundial. Y, con ello, generar los acumulados para hoy estar superando a Estados Unidos en la mayoría de ámbitos claves. El partido comunista chino es la institución política más exitosa de la historia y la única organización política del mundo actual que realmente dirige su sociedad”.
Por otra parte, los autollamados libertarios, y sus variantes, llaman a debilitar el único instrumento que hoy, en un mundo en caos, puede dar certezas y generar algún tipo de unidad como lo es el Estado, caso totalmente contrario de China, que sigue creciendo extraordinaria, sólida y rápidamente. A esto agreguemos las alianzas con Rusia, India, Irán y los BRICS, que también siguen creciendo y le plantan cara a EE. UU. y al sueño opiáceo de resucitar un imperio unipolar.
Finalmente, la fecha de la invasión no es casual. 3 de enero de 2026, hace exactamente 36 años de la invasión a Panamá, con guiones muy parecidos. Hablemos entonces que esta guerra no convencional, se trata del control de los recursos estratégicos y las rutas comerciales, sombrilla en la que caben decenas de factores.
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