Petróleo: escenarios de un conflicto anunciado

Hugo Maul R.

marzo 2, 2026 - Actualizado marzo 1, 2026
Hugo Maul R.

Hasta hace unas semanas, el panorama energético para 2026 mostraba precios estables, con  sesgo a la baja y un mercado dominado por la oferta. El FMI, en su actualización del estado de la economía mundial de este enero, advirtió que los precios de la energía podrían caer alrededor de 7% en 2026 y que el precio del petróleo permanecía bajo, con expectativa de bajar más, empujado por una débil demanda global y un crecimiento fuerte de la oferta.  El petróleo, como tantos otros bienes, tiene la particularidad de que su precio no solo refleja las condiciones de la oferta y demanda global del momento, sino también incorpora un elemento de expectativas sobre las condiciones futuras del mercado. Aquí es donde el “mapa” se convierte en parte del mercado.

El conflicto entre EE. UU. e Irán que estalló hace unos días obliga a ver hacia el futuro para incorporar el impacto que pueda tener sobre las condiciones del mercado global de petróleo. En principio, lo determinante no ha sido el inicio de las hostilidades, factor que, de una manera u otra, los precios de los últimos días empezaban ya a incorporar, sino la duración que el referido conflicto podría tener. Es preciso reconocer que una semana antes del inicio del conflicto,  el precio del petróleo rondaba ya los USD 70 por barril, un aumento de más del 20% respecto de su valor a finales de 2025, como consecuencia de los riesgos geopolíticos en lontananza.

En lo que a la duración del conflicto se refiere, un conflicto puntual y rápido seguramente tendría un aumento respecto de los precios actuales del orden del 5%, según los expertos en la materia. Cosa distinta, si la guerra se alarga, involucra a más países de la región y termina finalmente por cerrar el tránsito del petróleo por el estrecho de Ormuz. En tal sentido, es importante considerar el aporte de Irán al mercado mundial sin sobredimensionarlo. Irán importa más por ser una pieza sensible en el tablero mundial, que por su aporte a la oferta global. Irán aporta menos del 5% del suministro mundial la reducción de su producción afecta al mercado mundial, pero el riesgo principal radica en el cuello de botella de Ormuz. Según la US Energy Information Administration -EIA-, por este estrecho transita una quinta parte del consumo global de petróleo.

Un detalle que no puede pasar desapercibido es que la producción en riesgo tiene a Asia como destino principal. Según la EIA, el 84% de los flujos de combustibles fósiles que transitan por Ormuz van hacia mercados asiáticos. Esto no significa que EE. UU. y América Latina estén a salvo de las consecuencias de ese conflicto; significa que el shock no será necesariamente de escasez física de hidrocarburos en Occidente, sino de una prima global de riesgo en un mercado integrado. Que Asia sea el destino principal no blinda a Guatemala: el petróleo se vende a precio mundial y, cuando sube la prima de riesgo en el Golfo, sube el costo del barril para todos, vía precios de referencia de la Costa del Golfo de EE. UU. y del mercado de derivados, incluido el que termina convertido en gasolina que abastece a Guatemala.

Según reportan las agencias internacionales de noticias, el tráfico naviero empieza a verse perturbado por la suspensión o disminución de envíos por Ormuz. A esto se suma un elemento más silencioso: el aumento en los precios de los seguros. Con el riesgo bélico al alza, varias aseguradoras anuncian cancelaciones y renegociaciones del riesgo de guerra. En suma, aunque el estrecho no se “cierre”, las disrupciones logísticas global y el aumento de costos de operación de las compañías navieras empujarían al alza los precios internacionales.  No obstante, la historia recomienda prudencia.  En la “Tanker War”, entre Irán e Iraq, en los 80, por ejemplo, hubo una caída inicial fuerte del tráfico comercial y un salto de precios, pero el mercado se adaptó; los envíos de petróleo no se interrumpieron de forma significativa y el ajuste terminó dándose por la vía de primas de seguro, descuentos y reacomodos comerciales. En 2011–2012, cuando Irán amenazó con cerrar Ormuz, el precio subió inicialmente, pero el efecto se disipó en la medida que el mercado juzgó poco creíble una interrupción prolongada frente a la capacidad militar estadounidense en la zona.

Eso indica que el riesgo actual no es de  un “parón total” del suministro, sino de volatilidad, más riesgo, mayores costos logísticos y, en el peor caso, disrupciones severas. Si el estrecho se convierte en el teatro de operaciones del conflicto, la restricción ya no sería de oferta, sino geográfica. En ese punto aparece Venezuela, no como reemplazo de Ormuz ni como antídoto al shock global, sino como un amortiguador regional: si las refinerías del Golfo de EE. UU. mantienen la disponibilidad regional de productos, el golpe a los precios de la gasolina que importan países como Guatemala podría ser menor que el que sugeriría el titular del conflicto.

Aterrizando en Guatemala, una estimación razonada (educated guess, en inglés), que no pretende vender falsas certezas, es analizar el impacto de todo esto por rangos y escenarios. Si la escalada se mantiene contenida y el aumento en la prima de riesgo es moderada, los expertos estiman que el precio del petróleo podría subir entre US$5–10 por barril respecto de la proyección base. Esto representaría un aumento sensible pero manejable en el precio local de gasolina, dependiendo de inventarios, sincronización de las compras y márgenes. Si, en cambio, se produce una disrupción severa del tránsito o una guerra prolongada que haga del estrecho un campo de batalla intenso, entonces el rango cambia de naturaleza: ya no serían unos cuantos dólares de aumento sino un salto de nivel considerable que podría reabrir presiones inflacionarias y fiscales.

El objetivo de escribir de esto no es asustar; es evitar la complacencia. En un país importador neto de combustibles, la respuesta inteligente no es profetizar el precio del barril de petróleo, sino ordenar la discusión pública: monitorear indicadores operativos, evitar la psicosis inflacionaria autocumplida y recordar que, cuando el shock llega, el mayor daño suele venir menos del petróleo y más de malas decisiones de política: subsidios generalizados imposibles; controles de precios; o narrativas apocalípticas que aceleran las alzas de precio antes de tiempo. El precio del petróleo no se pronostica: se maneja de manera inteligente.

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