Guatemala se viste este día de azul y blanco, observando antorchas recorrer por sus calles y carreteras. Asimismo, vemos y escuchamos bandas y múltiples desfiles de estudiantes y ciudadanos ondeando banderas de este bello país.
Por unas horas florece un gran patriotismo y fervor por nuestra patria, recordándonos a todos que los guatemaltecos pertenecemos a una misma nación.
Así pues, conmemoramos este día, 205 años de aquél 15 de septiembre de 1821.
Lamentablemente, hay algo que rara vez hacemos; y es, hacernos una pregunta quizá algo incómoda: ¿cuánto hemos cambiado desde entonces?
La Guatemala de 1821 era profundamente desigual. El poder político, económico y social se encontraba concentrado en pocos sectores y buena parte de la población permanecía alejada de las grandes decisiones.
Aquella independencia de España significó un acontecimiento trascendental, donde se comenzaba a decidir nuestro propio destino.
El caso es que, aquella firma no transformó automáticamente las estructuras sociales, ni convirtió de forma inmediata a todos los habitantes en ciudadanos con iguales oportunidades.
Lo anterior es un dato constatable, y nace desde el Acta de Independencia, misma que contiene una frase que hoy resulta extraordinariamente reveladora. La misma reconoce que separarse de España era “la voluntad general del pueblo de Guatemala”, pero también dispone que las autoridades proclamaran la independencia, para evitar las consecuencias que podrían producirse si: “la proclamase de hecho el mismo pueblo”.
En palabras sencillas: el pueblo quería la independencia, pero quienes gobernaban prefirieron adelantarse y conducir ellos mismos aquel proceso. Doscientos cinco años después, aquella frase nos invita a preguntarnos, ¿cuánto hemos avanzado en lograr que la voluntad ciudadana tenga un verdadero espacio en las decisiones del país?
Es decir, desde nuestro nacimiento como nación independiente, existía una distancia muy clara entre quienes tomaban las decisiones, quienes luchaban por ellas y aquellos que observaban desde afuera.
Sin embargo, también sería irreal afirmar que nada ha cambiado, pues en el transcurrido de más de dos siglos, hoy tenemos una Constitución democrática, elecciones periódicas, instituciones representadas en una división de poderes, libertad de expresión y derechos que en 1821 resultaban inimaginables.
Podríamos decir que Guatemala sí ha avanzado, pero también es importante reconocer y afirmar que no hemos superado completamente, grandes conflictos y problemas de nuestro pasado.
Es tan lamentable que sigamos discutiendo sobre desigualdad, exclusión, división, corrupción, concentración de poder, instituciones débiles y una ciudadanía que muchas veces observa las decisiones públicas desde lejos.
Puede decirse pues, que cambiaron los nombres, las instituciones y las leyes, incluso nuestras dificultades, sin embargo, parecen ser muchas las mismas y sorprendentemente muy familiares.
Es por ello que el 15 de septiembre es algo mucho más profundo que correr detrás de una antorcha, tocar una bocina, ondear banderas o colocarlas en vehículos o frente a nuestras casas.
Celebrar la independencia, también es entenderla, dimensionando de forma correcta el verdadero significado de dicho acontecimiento, preguntándonos qué nos corresponde hacer por esa libertad adquirida, cuánto falta por lograr una absoluta y verdadera libertad.
Por lo tanto, no permitamos celebrar sin un sentido que nos oriente a ser cada día mejores. Hagamos de esta fecha, una que represente esa oportunidad para honrar nuestras luchas, a través de cada antorcha que se lleve.
Y, por último, que no se nos olvide evitar convertir esta celebración cívica en desorden, imprudencia, abusos y caos, dejando nuestras ciudades sucias y llenas de basura.
Celebremos con entusiasmo, pero también con orden, limpieza y disciplina.
Que ese civismo realmente consista en elevar nuestra bandera, respetándola a través de nuestras acciones que nos conduzcan a superar lo que aún nos falta para ser un país, verdaderamente libre y desarrollado.
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