El turismo no es un sector. Y, si lo fuera, sería el único capaz de reunir a todos los demás. Es la unitas multiplex del país: la unidad que solo aparece cuando se reconocen todas sus partes. Un sistema que solo prospera cuando el conjunto funciona. Emilio Méndez, en su reciente columna de Prensa Libre, lo expresa con claridad meridiana: “sin una Visión de País compartida seguiremos destruyendo nuestros activos más valiosos (naturaleza, paisajes, identidad) y chocando unos con otros”. Desde una perspectiva económica, el desarrollo turístico no prospera en aislamiento. Requiere que el país funcione como un sistema integrado: instituciones que cumplan, sector privado que innove, comunidades que se organicen y pueblos indígenas que se empoderen. Sin resolver los problemas de acción colectiva, confianza mutua y coordinación interinstitucional e intersectorial, resulta muy difícil aprovechar el potencial turístico del país.
Méndez plantea, con agudeza, que una visión compartida —con el turismo como eje— puede convertirse en el catalizador que alinee esfuerzos hoy dispersos; reconocer que los problemas de un destino, comunidad, municipio o región son problemas de todos; y aceptar que, a pesar de las diferencias, el país funciona como una sola comunidad de destino. A diferencia de otros ámbitos económicos, el turismo obliga a reconocerse como iguales dentro de una cadena de valor común. En turismo, todos ganan o pierden juntos. Aunque no llegue a convertirse en la visión nacional, sigue siendo el mejor espejo de las fallas colectivas y de lo que podría lograrse al superarlas. Determinar si Guatemala logrará funcionar como país integrado encuentra en el turismo su examen más exigente y, paradójicamente, más revelador.
El turismo, a diferencia de otros sectores, exige simultáneamente infraestructura vial primaria, secundaria y terciaria en condiciones aceptables; gestión ambiental efectiva; seguridad pública confiable; servicios básicos funcionando en todo el territorio; formación técnica y empresarial continua a nivel territorial; reconocimiento de saberes ancestrales; y coordinación fluida entre múltiples instituciones a nivel nacional y local. Requiere también confianza mínima entre gobierno central, sector privado formal, emprendimientos informales, comunidades rurales, autoridades indígenas y gobiernos locales. En muchas actividades económicas es posible avanzar de manera individual sin que el entorno acompañe al mismo ritmo. En turismo, eso no ocurre: el desempeño del conjunto define el resultado de todos. Por eso actúa como indicador implacable de la capacidad de acción colectiva: revela, sin maquillaje, hasta qué punto los guatemaltecos están dispuestos a reconocerse como parte de un mismo sistema y a hacerlo funcionar.
El Plan Maestro de Turismo Sostenible 2026–2036, recientemete presentado, expone con claridad esta interdependencia. Identifica cadenas de valor con eslabones debilitados en todos los territorios: promoción centralizada; canales de comercialización insuficientes; alta variabilidad en la calidad de los servicios; acceso limitado a financiamiento y capacitación; base empresarial predominantemente informal; y gobernanza territorial fragmentada. Al mismo tiempo, destaca fortalezas estructurales: atractivos de nivel mundial distribuidos por todo el país, experiencias comunitarias consolidadas y una cultura viva que ningún otro sector logra activar de manera transversal. Su proceso participativo —con aportes de más de dos mil personas en los 22 departamentos— plantea el turismo como actividad que requiere alinear a los tres poderes del Estado, gobiernos locales y comunidades en una sola dirección, mediante mecanismos de coordinación multinivel donde convergen también los Consejos de Desarrollo, el sector privado organizado, los emprendedores informales y los liderazgos comunitarios e indígenas.
Esa es la clave que Méndez intuye y que el PMTS formaliza: cuando el turismo se convierte en política de Estado, deja de ser “el negocio de unos cuantos” y pasa a ser motor de avances acelerados en las áreas donde las carencias son más evidentes: infraestructura y movilidad; agua y saneamiento; educación y salud; orden y limpieza; identidad y autoestima; y desarrollo económico territorial. Mientras otros países discuten si el turismo es importante, Guatemala tiene la oportunidad histórica de usarlo como palanca para resolver problemas estructurales, porque permite que los guatemaltecos se sientan orgullosos de lo que son. Falta ahora la decisión política y ciudadana de colocarlo donde corresponde: en el centro de una “Visión de País”. Solo así será posible superar los comportamientos autodestructivos que abundan y empezar a avanzar en un mejor camino.
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