Del Estado tóxico al mínimo de alta densidad

Hugo Maul R.

junio 9, 2025 - Actualizado junio 8, 2025
Hugo Maul R.

Guatemala nació con genes disfuncionales. No fue el resultado de un contrato racional entre ciudadanos libres, sino la prolongación de una monarquía patrimonialista que distribuyó tierras, cargos y privilegios como si el poder político fuera una herencia familiar. En lugar de un Estado republicano, la herencia decimonónica fue la de un aparato extractivo que se viste de legalidad mientras opera con las lógicas del virreinato: a mis amigos todo, a mis enemigos la ley. Este Estado tóxico, incapaz de garantizar derechos básicos ni de ofrecer bienes públicos con calidad, ha perfeccionado el arte de la simulación. En el papel se garantiza la propiedad, el debido proceso, la igualdad ante la ley y la libre empresa. En la práctica, el que no tiene acceso al poder está condenado a la incertidumbre jurídica, la tramitología inútil, el soborno rutinario y la discrecionalidad administrativa. Todo se puede conseguir, menos justicia sin conexiones.

No es casual que economías de este tipo, supuestamente abiertas, funcionen bajo un libreto de controles, permisos y arbitrariedades. El Estado no regula: interfiere. No protege derechos: los reparte como favores. No impulsa la competencia: la sofoca para preservar monopolios y clientelas. Mientras tanto, los ciudadanos se refugian en la informalidad, la evasión y la desconfianza. El problema no es que haya Estado, sino que el que hay está podrido. Hay instituciones enteras —con nombre de ministerio o de entidades autonómas— que fueron vaciadas desde dentro por quienes deberían haberlas fortalecido. Organismos que solo reparten contratos, sin capacidad técnica, sin brújula, sin independencia. Instituciones rodeadas de redentores externos que orbitan en torno a ellas predicando sofisticadas legislaciones de papel y fórmulas mágicas, pero adalides que guardan un silencio estratégico cuando se atropellan los principios más elementales de la república. No hay peor ceguera que la de los “redentores” que miran para otro lado cuando el orden institucional estorba a los intereses de sus aliados.

Pero frente al colapso institucional y al cinismo generalizado, existe un liberalismo que ofrece una salida. No como ideología de élites, sino como marco para construir un Estado mínimo, pero viable. Un Estado que renuncie a la omnipotencia, pero no a su deber. Un Estado liberal de alta densidad institucional: compacto, eficiente y transparente. Este modelo se basa en una idea simple: menos es más… si se hace bien. En lugar de multiplicar instituciones inservibles, se trata de tener pocas, pero altamente efectivas. El objetivo no es reducir el Estado al absurdo, sino limitarlo al núcleo de funciones que garantizan libertad, orden y prosperidad. Un Estado pequeño, pero denso: con tribunales que funcionan, maestros públicos que enseñan; policías que protegen; jueces que imparten justicia.

El camino no es volver al laissez-faire del siglo XIX, sino aprender del ordoliberalismo alemán: mercados libres en el marco de reglas claras, supervisión eficaz y competencia real. Donde el Estado no sea un botín, sino un árbitro. Y donde la eficiencia no dependa de héroes solitarios, sino de instituciones interconectadas, transparentes y evaluadas con rigor. Frente al Estado clientelar, el Estado mínimo viable. Frente al Leviatán corrupto, el árbitro liberal. Frente al populismo que promete todo, la institucionalidad que garantiza algo. Porque no hay democracia posible cuando obedecer la ley es de tontos y violarla es rentable. Guatemala no necesita más promesas. Necesita un nuevo contrato con sus ciudadanos: uno en donde el Estado no sea un obstáculo, sino una plataforma. Donde el que quiere producir, innovar o asociarse no tenga que pedir permiso ni pagar soborno. Donde la ley no sea una trampa, sino una garantía. Y donde el liberalismo no sea un lujo académico, sino una necesidad práctica para vivir con dignidad.

El reto no es crear un nuevo Leviatán, sino podar el actual sin dejarlo inútil. La clave está en un rediseño institucional que combine el irrestricto respeto a los derechos humanos fundamentales, la disciplina fiscal y la provisión eficaz de bienes públicos esenciales. No se trata de inventar la rueda, sino de aprender de países que han enfrentado sus propios infiernos autoritarios, burocráticos y clientelares y han salido adelante fortaleciendo las instituciones que sí importan. No se necesita más Estado, sino mejor Estado. Y ese mejor Estado no es más grande, sino más denso: más enfocado, más profesional, más limpio. Un Estado que no se interponga entre el ciudadano y su libertad, sino que la proteja con uñas y dientes.

Tags:

Todos los derechos reservados © eP Investiga 2024

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?