Entre varias tensiones que radican en la política migratoria contemporánea se encuentran las economías que dependen de la mano de obra migrante para sostener sectores productivos que, de otro modo, no serían rentables, pero que generan miedo cultural, al mismo tiempo que se construye al “ustedes” o “al otro”, a quien se le trata como una amenaza.
Los discursos y prácticas hostiles hacia los trabajadores migrantes están en estas políticas, donde la lógica económica los integra y la lógica política los excluye y estigmatiza. Esta lógica responde a distintos incentivos, que resultan utilitarios para el sistema productivo. Contradicción que no parece accidental, pero que pareciera funcionar a ciertos intereses políticos y económicos.
Resulta políticamente rentable culpar a los migrantes de problemas estructurales, mientras se aprovecha de su mano de obra vulnerable, a la que se le impone condiciones laborales de explotación, se les infringen sus derechos fundamentales y se les mantiene con miedo a ser deportados, normalizando así la explotación y haciéndola funcional.
La política basada en la identidad apela al miedo cultural y logra un impacto emocional en la sociedad, lo que termina beneficiando electoralmente a quienes promueven dichas políticas. De esta manera, las urnas terminan pesando más que los datos económicos. Pero esta desconexión entre política y economía funciona como un mecanismo del sistema; por ejemplo, los votantes perciben presión sobre temas de seguridad y de servicios públicos, pero la economía sigue dependiendo de la mano de obra explotable. Entonces, los migrantes son necesarios para la economía, pero al mismo tiempo son tratados como una amenaza.
La falsa conciencia, el racismo estructural y el miedo cultural permiten que estas contradicciones obtengan respaldo social. Paradójicamente, las políticas que perjudican a la sociedad son las mismas que reciben respaldo y se validan. Las redes sociales y los medios de comunicación también empujan a hacer más grande este conflicto, pues el miedo se comercializa y la normalidad cotidiana pasa desapercibida.
Las jerarquías históricas y el racismo suelen filtrarse de manera sutil en los discursos de “orden y legalidad” que criminalizan a los migrantes, aun necesitándolos para la economía. Un ejemplo de este modelo lo podemos ver en los mandatos de Donald Trump. En el primero, la migración irregular se vincula con el crimen, la competencia laboral y la amenaza a la seguridad, pero la economía no deja de depender de la mano de obra barata del migrante. En el segundo mandato, las políticas han sido más agresivas, con deportaciones masivas, congelamiento de visas y restricciones al asilo, pero la economía tampoco ha dejado de depender de la mano de obra explotable del migrante.
Han sido perjudiciales tanto la hostilidad política como los obstáculos legales, que no solo han afectado a los migrantes, sino también a la población en general. Hay plazas vacantes en varios sectores de la economía, sobre todo, en la agricultura, cuidados, servicios y construcción. Y los precios de los alimentos, como los de vivienda, cuidados y servicios, se han ido encareciendo. Como podemos ver, no se elimina la dependencia económica de la migración, y evidencia la contradicción funcional de que estas políticas no son accidentales.
Vale mencionar que históricamente, la ley migratoria ha operado como un mecanismo de racismo estructural. Algunas migraciones favorecían a las europeas y otras controlaban a las africanas, asiáticas y latinoamericanas. Logrando así legitimar la desigualdad y la vulnerabilidad, cuando el color de la piel, el acento o el apellido sirven de prueba de ilegalidad y justifican la estigmatización identitaria. De manera que algunos grupos migrantes son percibidos como una amenaza mientras que otros no lo son.
El racismo también actúa como mecanismo de cohesión política porque facilita que sectores perciban sus prejuicios como hechos objetivos; hay quienes culpan a los migrantes de robar trabajos que nadie más hace por salarios bajos y condiciones desfavorables. Incluso hay personas que son discriminadas, pero que apoyan las políticas restrictivas.
La política migratoria no es una cuestión de fronteras y trabajos, es un espejo de nuestros valores, decisiones, fortalezas e inseguridades, donde el conflicto simbólico se impone a los datos y a las necesidades económicas.
El “nosotros y ustedes” es una narrativa que construye jerarquías simbólicas que diferencian entre “nosotros”, a los ciudadanos privilegiados, cuya clase media está disminuyendo a la par que la pobreza aumenta, y “ustedes”, a los migrantes, cuya mano de obra es estructuralmente necesaria pero estigmatizada y excluida. Esta narrativa también estrecha cada vez más el sentido de pertenencia reduciendo el “nosotros” en un contexto de creciente desigualdad y desaparición de la clase media.
Combinar la falsa conciencia, el racismo estructural y el miedo cultural permite que políticas contradictorias obtengan respaldo social, lo que consolida la división simbólica entre “nosotros” y “ustedes”. Mientras la economía depende de la migración, la política les margina y favorece la cohesión social y el respaldo electoral.
Debemos reconocer que la hostilidad hacia los migrantes es funcional, pero no inevitable. Urge mostrar las causas reales de los problemas estructurales y desarticular estos discursos antinmigrantes. Hay que visibilizar la explotación laboral, separar la identidad de la política económica y redefinir un “nosotros” incluyente que vaya más allá de los límites simbólicos.
Cambiar el enfoque de la explotación como estructura, y la migración como problema, permitiría replantear la discusión en términos de interdependencia y justicia. Quienes sostienen sectores esenciales de la economía no son una amenaza, sino un sector clave en la sociedad, y hay que reconocerlo; esto abriría la posibilidad de reconstruir el sentido de inclusión social y política, que va más allá del miedo.
Es inmoral que el crecimiento económico se mantenga sobre el miedo a la deportación o que dependa de la mano de obra explotable. Si la división entre “nosotros y ustedes” es una construcción, esta puede transformarse. La pregunta central dejaría de ser ¿cuántos migrantes entran? y pasaría a ser ¿quién tiene derecho a formar parte del “nosotros”?
*Sylvia Castellanos-Flynn es Internacionalista de San Francisco State University
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