Para empezar, diremos que Guatemala es un paraje lleno de sorpresas y contradicciones. Políticos liberales, que en realidad son conservadores, paladines del libertarismo que adoran los monopolios, empresarios que aborrecen lo público, pero que se enriquecen a costa del Estado, religiosos cuya espiritualidad termina donde empiezan sus intereses institucionales y personales, machos alfa con historias de closet, pobres de derecha y ricos que aborrecen a estos, pero sabiendo que son su principal activo. “Guate” es un pedazo de cielo donde todos nos mentimos, pero si dejamos de hacerlo, resentimos la sinceridad.
En las entrevistas de trabajo, por ejemplo, el guatemalteco no fuma, no toma, ama el trabajo en equipo, es responsable, y solo confiesa tener algún defecto cuando habla de su naturaleza casi enfermiza por la “perfección”. Luego, a duras penas pasan dos meses para que ese empleado modelo (en la entrevista) muestre su verdadera esencia.
Ya en temas ciudadanos, un ejercicio que me permite comprobar la contradicción que le da sostenibilidad al sistema político-electoral, es el siguiente: Ya sea en clase, conferencias o talleres, suelo hacer estas dos preguntas sobre civismo y/o formación política:
- ¿Qué piensa de la política?
- ¿Qué piensa de los políticos?
Las respuestas, por lo general, son las mismas; las reacciones son bastante folklóricas e incluso escatológicas para referirse al oficio del politiquero y su conducta pública. Lo paradójico es que este rechazo no se refleja en la asistencia a las urnas, pues a pesar de las quejas, los lamentos y el asco del diente al labio, el guatemalteco promedio sigue creyendo en el sistema, y asiste a votar. Las redes sociales parecieran ser el canal de desahogo y catarsis que necesita y que luego produce un votante (que no ciudadano) dócil y conformista.
Mucho se ha dicho sobre el agotamiento del sistema, sobre la precariedad de la democracia, sobre la urgente necesidad de reformas de fondo y que –por fin–, ya tocamos fondo. Sin embargo, cada cuatro años, la masiva participación (o cuando menos, la que se necesita) vuelve a legitimar el supuesto sistema caduco.
…la gran mayoría de la población no se interesa por la política, primero, porque ha aprendido desde chico/a que es sucia y conviene mantenerse –convenientemente para el sistema– alejado/a. Así mismo, porque sus preocupaciones básicas e inmediatas están centradas en su próxima comida y la forma de sortear la precariedad y la muerte. El gran Luis Cardoza y Aragón solía decir que: “el futuro del guatemalteco, es el desayuno del día siguiente”.
José Alfredo Calderón E.
A pesar de los altos niveles de abstención, la cantidad de votantes alcanza para seguir en la ruleta electorera sin mayores sobresaltos. Las campañas anticipadas son cada vez más precoces y el 2025 lo demuestra. ¿Qué es lo que hace aceptable –o cuando menos digerible– una democracia tan imperfecta? ¿Cuáles son los factores críticos que podrían explicar este esperpento político-electoral?
En principio, la gran mayoría de la población no se interesa por la política in stricto sensu, primero, porque ha aprendido desde chico/a que es sucia y conviene mantenerse -convenientemente para el sistema- alejado/a. Así mismo, porque sus preocupaciones básicas e inmediatas están centradas en su próxima comida y la forma de sortear la precariedad y la muerte. El gran Luis Cardoza y Aragón solía decir que: «el futuro del guatemalteco es el desayuno del día siguiente».
Desde 1957, primer fraude electoral post revolución, los guatemaltecos esperan un milagro que nunca aparece. Después de los comicios cuatrienales, imagino la voz del sereno colonial[i] que sigue pregonando: “Las doce y todo sereno”.
*José Alfredo Calderón E. es historiador, analista político y profesor universitario.
[i] El sereno era una persona que por las noches abría a los vecinos los edificios de la calle haciendo las veces de “portero nocturno”, salvaguardando además la seguridad de los barrios evitando altercados, avisando a los bomberos en caso de incendio y controlando el alumbrado público. Con su pregón: “las doce y todo sereno”, anunciaba la hora y la tranquilidad en la noche.
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