Vivimos en una época tan oscura que nos resulta poco evidente la manera en que nuestra propia acción se convierte en el telar en que trenzamos nuestros propios males. Fieles a su espíritu reaccionario, las élites destruyen los ideales de la democracia. Sin embargo, estos también son abiertamente rechazados por una sociedad que piensa que la única solución a sus males inmediatos es un gobierno autoritario. La situación alcanza tales niveles que se puede hablar de un mal estructural en el sentido en que lo concibió Ignacio Ellacuría, el filósofo jesuita asesinado por el ejército salvadoreño en 1989.
La pregunta acerca del mal es una de aquellas cuestiones sobre las que se ha reflexionado con mayor intensidad a lo largo de la historia. En los inicios del cristianismo, surgió la pregunta acerca de las raíces del mal en un mundo creado por un Dios perfecto; desde antiguo, ya se anticipaba su origen en el albedrío humano. Por otro lado, se planteaban preguntas acerca de los desastres naturales que se interpretaban como castigos o señales divinas. Esta forma de pensar empezó a extinguirse con la terrible tragedia del terremoto y maremoto de Lisboa, el cual aconteció en el Día de Todos los Santos de 1751; este terrible acontecimiento demolió la tesis de Leibniz de que vivíamos en el mejor de los mundos posibles.
La perspectiva contemporánea acerca del mal se origina a partir de las reflexiones sobre las inhumanidades de la Segunda Guerra Mundial. Las raíces del inmenso genocidio contra los judíos y otras minorías fueron evidenciadas con las reflexiones de la pensadora judía-alemana Hannah Arendt. Esta autora fue comisionada por The New Yorker para cubrir el juicio de Adolf Eichmann, quien había organizado la logística del exterminio en los campos de concentración. A Arendt le impresionó la personalidad de este individuo, aparentemente inofensivo, quien había llevado cumplido, con la más siniestra mentalidad burocrática, las órdenes recibidas —aunque después se supo que su responsabilidad era mayor. Hannah Arendt se vio obligada a acuñar el concepto de “banalidad del mal”.
Eichmann, en efecto, era un ser irreflexivo que no cuestionaba su papel en la maquinaria nazi; se escudaba en el conocido pretexto de que solo se dedicaba a seguir órdenes —excusa que todavía escuchamos. Incluso se describió a sí mismo como un seguidor de Immanuel Kant. Desde entonces, ya con mayores investigaciones, se ha visto la relación entre la falta de reflexividad y los males sociales y políticos que oscurecen el mundo humano. Se ha puesto de relieve cómo “inocentes” ciudadanos pueden embarcarse en las acciones más deleznables. Son escalofriantes las acciones del Batallón de Policía de Reserva 101, compuesto de ciudadanos “normales” que, a pesar de no ser nazis militantes, llegaron a ejecutar a madres que abrazaban a sus hijos —mostradas en el documental Ordinary Men, que se encuentra en Netflix.
Es de lamentar entonces que el problema de Eichmann se haga presente en nuestra época. Las investigaciones acerca de las conductas “malvadas” han puesto de relieve el papel que desempeña la reflexión en la conducta humana. Las reflexiones introspectivas constituyen ese itinerario en la que, sin descartar nuestras debilidades, nos empeñamos en cuidar de nuestro propio ser. La reflexión, desde luego, no se presta a justificaciones facilonas, simplemente exige un escrutinio honesto de nuestras acciones.
Hace un tiempo, el intelectual norteamericano Thomas Chatterton Williams escribió un artículo en The Atlantic en el que narraba que Jim Bezos, dueño de Blue Origin, había interrumpido con la apertura de una botella de champaña la conmovida reflexión de William Shatner después de su retorno a la Tierra después de un viaje patrocinado por Blue Origin. No se ocultó a los ojos del público la actitud superficial del fundador de Amazon. Vale decir que esta es una experiencia recurrente entre los astronautas, quienes adquieren un sentido de la unidad y belleza de nuestro planeta al contemplarlo desde el espacio exterior. El autor del artículo repara en la superficialidad de Bezos, uno de los hombres más ricos del mundo, quien no daba valor a la introspección, una actividad vinculada de manera íntima a la reflexión sobre nosotros mismos. Conviene repetirlo: con sus distancias y diferenciaciones, esta fue precisamente la falta de Adolf Eichmann, el sangriento burócrata nazi.
Mi afirmación tiene como base el repetido desdén por la reflexión que, con las excepciones de rigor, manifiesta la tecno oligarquía. Williams aprovecha esta anécdota para referirse a la resistencia a valorar la introspección en otros empresarios aparte de Bezos. Menciona al aceleracionista tecnológico Marc Andreessen—creador del antiguo Netscape— quien se precia de no ejercitar la introspección. Williams escribe acerca de la negativa de Thiel hacia la acción. Para este individuo, denominado el “Caballero de la Ilustración Oscura”, por su actitud totalmente regresiva hacia los ideales de la modernidad, la introspección es un asunto de hippies. No podía faltar Elon Musk, quien habla de la introspección como “una receta para la miseria”.
¿Qué nos dice este fenómeno acerca del desenfreno del poder? ¿No vemos un nuevo episodio de la superficialidad de Eichmann? No está de más recordar que Peter Thiel es una persona con mucha influencia en la política norteamericana; de hecho, se encuentra detrás de la carrera de J. D. Vance —quien no se caracteriza por su actitud reflexiva, al igual que Donald Trump. Las insuficiencias morales de quienes recitan la infalibilidad del destino tecnológico de la humanidad no pueden desvincularse de ese ímpetu irracional de innovación que está poniendo en peligro la privacidad de la existencia humana.
A menudo se oye la observación sobre la transparencia del mal en nuestra época: es increíble el descaro, el desprecio por las formas, la insolencia del poder. Las reflexiones anteriores muestran que esta tendencia se precipita desde los niveles más altos del poder, especialmente desde un tecnofascismo que ha penetrado en las fibras más íntimas de nuestro ser.
Lamentablemente, nosotros participamos en nuestros males cuando nos resistimos a pensar y a reflexionar. La introspección y la autorreflexión son una marca de la racionalidad. Recuérdese el aforismo griego “Conócete a ti mismo” o la opinión de Sócrates según la cual la vida no examinada no merece ser vivida.
Debemos esforzarnos por fomentar la reflexión en la vida diaria. Existen varias estrategias para lograrlo, siempre que estemos dispuestos a actuar con inteligencia. Un primer paso es exigir al Estado que regule la tecnología, así como se regula el uso de armas de fuego o se establecen límites a ciertas sustancias. En nuestra casa, podemos recuperar la comunicación con nuestra familia para discutir la situación actual. Los maestros pueden exigir tareas que no puedan realizarse con inteligencia artificial. Podemos obligarnos a leer en lugar de embrutecernos viendo infinitos tiktoks. La responsabilidad comienza con nosotros mismos.
Tags: Adolf Eichmann democracia élites Ignacio Ellacuría Segunda Guerra Mundial








